—Ven, te dije que confiaras —dijo Reik mientras salíamos del edificio de clases, sus dedos entrelazados con los míos.
—No me dijiste que caminaríamos hasta el fin del mundo —respondí, rodando los ojos—. Además, ¿por qué me haces salir con esta faldita si íbamos a "hacer ejercicio"?
—¿Quién dijo que caminar era ejercicio? —rió.
Cuando llegamos al estacionamiento de la universidad, me detuve en seco.
—Espera... ¿desde cuándo tienes carro?
Reik sonrió, orgulloso, como si él mismo lo hubiera construido.
—Desde que mi papá decidió que no podía seguir llevando a mi chica caminando a todos lados.
—Un padre sabio —dije, cruzándome de brazos, sonriendo con ternura—. ¿Te das cuenta de que tu papá me ama más que tú?
—Es que tú eres irresistible. Hasta él se dio cuenta.
Subí al auto y lo miré con una sonrisa de esas que derriten hasta al más serio.
—¿A dónde vamos?
—Sorpresa.
Una hora más tarde...
Bajé del auto y lo primero que vi fue un lago de aguas cristalinas, rodeado de árboles, con una cascada cayendo al fondo, como sacado de un fondo de pantalla.
Y frente a nosotros, una cabañita de madera, rústica, acogedora... perfecta.
—¿QUÉ ES ESTO? —grité, emocionada—. ¿Esto es real?
—Más real que tus gritos —rió Reik, bajando del carro con una mochila—. Mi papá entrenó a un tipo que tiene esta propiedad. Nos la prestó por el fin de semana. Dijo:
"Llévatela antes de que se dé cuenta de que eres un tonto con suerte".
Solté una carcajada.
—Me encanta ese señor. ¿Lo puedo adoptar?
—Ya es tu suegro, ¿qué más quieres?
—¡REEEIK! —le lancé una botella vacía.
—¡Tú empezaste!
Más tarde, ya en la cabaña, entre risas, algodón de azúcar traído de contrabando y un maratón de películas románticas que él fingía odiar pero veía completas... nos sentamos frente al lago, con los pies descalzos en el agua, las manos unidas y el cielo reflejándose frente a nosotros.
—¿Sabes qué? —susurré, apoyando la cabeza en su hombro—. Me enamoré del chico de los lentes sin darme cuenta.
—Y yo... —respondió— me enamoré de la chica que hablaba demasiado cuando se ponía nerviosa, que no sabía mentir, y que un día me pidió que la enseñara a besar.
—¡Y que luego te hizo sufrir como maestro de gimnasio! —agregué, riendo.
—Mis moretones emocionales lo recuerdan.
Ambos reímos.
Reik me tomó por la cintura y caímos al lago riendo.
Enredé mis piernas en su cintura, empapada, feliz.
Y lo entendí.
Porque ahí estábamos.
Felices.
Juntos.
Cada pequeño peldaño lo habíamos subido así:
con miedo,
con dudas,
pero sin soltarnos.
Cada pelea.
Cada decisión difícil.
Cada dolor.
—Te amo —le dije cuando nos detuvimos.
—Te amo —respondió.
Nos fundimos en un beso.
Y mientras lo besaba, todas las imágenes pasaron por mi mente:
la primera vez que lo vi,
la primera vez que lo besé,
nuestra primera cita,
las noches de películas,
el día que me regaló a Fifi.
Todo.
Me separé apenas, todavía temblando.
Porque la vida no siempre es dulce.
Pero a veces, si tienes suerte, sabe a algodón de azúcar.
Y supe que esta historia siempre fue eso:
entre lentes y algodón de azúcar... aprendimos a vivir.
FIN
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Editado: 02.02.2026