Entre líneas rotas

1.Cambio de vida

El césped inglés siempre está perfecto.

Demasiado perfecto.

Verde irreal, húmedo, calmado.

Yo no.

La pelota rueda frente a mí y la pateo sin pensar, con fuerza, con rabia, con precisión quirúrgica. El sonido seco del impacto rebota en el aire frío de la mañana.

huele a lluvia vieja, a esfuerzo caro, a éxito importado como yo.

—Otra vez —dice el entrenador desde la banda.

No me mira, no hace falta , sabe que lo voy a hacer mejor que la anterior siempre es igual.

Corro.

Arranco.

Acelero.

Mi cuerpo responde como una máquina bien programada, pulmones abiertos, músculos tensos, cabeza fría, nada de dudas ni errores.

Soy el mejor.

Siempre lo fui.

Siempre lo seré.

O eso me repito mientras entreno ocho horas seguidas sin quejarme, mientras otros se detienen a tomar agua, mientras yo sigo como si el cansancio fuera una excusa para los mediocres por qué la verdad si lo es.

La prensa dice que soy un niño arrogante.

Mi madre dice que soy disciplinado.

Mi padre dice que soy una inversión que salió perfecta.

Yo digo que simplemente aprendí rápido.

El balón vuelve a mis pies. Hago un amague brutal, dejo atrás a dos chicos más grandes que yo y escucho un fuck ahogado detrás.

Sonrío.

—Demon —murmura uno de ellos.

No me giro.

No corrijo.

No me importa.

El demonio corre más rápido.

Pero entonces…

pasa.

Siempre pasa.

Un segundo.

Un maldito segundo entre un sprint y otro.

El silbato suena y, mientras camino hacia la línea para tomar agua, el recuerdo se me cuela en la mente como una grieta.

No lo llamé.

Nunca lo hago.

Pero aparece igual.

Una casa que no era grande, una voz que no gritaba, una risa desafinada.

—Caio, ¿pan con mantequilla o mermelada?

Aprieto la botella con fuerza. El plástico cruje.

No.

Eso ya no importa.

—¿Estás bien? —pregunta el preparador físico.

Lo miro como si hubiera dicho una estupidez.

—Siempre.

Vuelvo a la cancha antes de que pueda responder.

Corro otra vez.

Pateo.

Grito.

El entrenador asiente satisfecho.

Eso es lo que importa.

No una niña con crayones en la mano.

No una cama compartida por miedo.

No un no pasa nada dicho como si fuera magia.

Magia no existe.

Disciplina sí.

Mientras entreno, el recuerdo se vuelve más nítido, traicionero.

Un timbrazo.

Uno solo.

El tipo de sonido que no debería importar tanto pero que lo cambia todo.

Yo era pequeño.

Demasiado pequeño para entender trabajo, intentos de adopción o palabras como temporal.

—¡Yo abro! —me escucho decir en mi cabeza.

Cierro los ojos un segundo mientras corro.

Veo a mi madre. Perfecta como siempre.

A mi padre. Impecable como el ejecutivo que es.

Recuerdo cómo sonreí.

Cómo corrí hacia ellos como un idiota feliz.

—¡MAMÁ! ¡PAPÁ!

El recuerdo me quema el pecho.

—Concéntrate —me digo en voz baja.

Pateo el balón con más fuerza de la necesaria es un Gol, perfecto.

El entrenador aplaude.

—That’s it.

Eso es.

Eso soy.

No el niño que gritó no llorando en el suelo.

No el que se aferró a una niña diciendo no me dejes.

Soy el que aprendió que nadie se queda.

Mientras estiro al final del entrenamiento, con el cuerpo temblando por el agotamiento, el flashback vuelve, insistente.

Una voz hablándome suave la voz de mi madre.

—Los niños olvidan, amor.

Mis dedos se clavan en el césped.

Mentira.

Los niños no olvidan.

Los niños se adaptan.

Se rompen primero.

Luego se reconstruyen mal o bien.

Yo me reconstruí para ganar.

Me levanto y camino hacia los vestidores.

Mañana me voy a São Paulo.

Mientras me quito las vendas de las manos, otra imagen me traiciona:

Una niña dibujando dos figuras.

Una más grande.

Una más pequeña.

—Ese eres tú —decía—. Y esta soy yo.

Aprieto los puños.

Eso no existe.

Nunca existió.

El auto avanza por calles demasiado ordenadas.

Inglaterra siempre parece contenida, como si nadie se permitiera sentir demasiado fuerte. Me gusta eso el silencio no hace preguntas nisiquiera habla, el silencio es bonito.

Voy en el asiento trasero, audífonos colgados del cuello, sudor seco todavía pegado a la piel, el cuerpo agotado y la cabeza llena.

Mis padres hablan adelante.

—Será bueno para ti —dice mi madre, Helena, con ese tono que usa cuando ya decidió algo hace semanas—. Estudiar tu último año presencial. Tener una graduación como corresponde.

Graduación.

La palabra me suena extraña.

—Verte con toga, subiendo al escenario… —continúa—. Es una imagen hermosa.

Hermosa.

—Y en São Paulo —agrega mi padre—. Ese colegio es excelente, el mejor... Ahí estudiamos nosotros.

Asiento sin mirarlos siempre asiento.

—Ahí conocí a tu madre —dice él, casi nostálgico—. Fue una etapa importante.

Importante para ellos.

Todo siempre lo fue.

Miro por la ventana. Las luces pasan rápidas mi reflejo me devuelve una cara que la gente reconoce, admira, teme. El demonio. El prodigio. El futuro.

Pero el recuerdo no pide permiso.

Alice.

El nombre aparece claro, nítido, como si alguien lo hubiera dicho en voz alta.

No la niña.

No esa etapa.

Alice Monteiro.

Cierro los ojos un segundo.

La veo sentada en el suelo, piernas cruzadas, la lengua afuera de concentración mientras dibuja.

—No te muevas —decía—. Si no, te sale chueco.

—No soy un dibujo —le respondía.

—Sí eres —contestaba muy segura—. Eres mi dibujo favorito.

Trago saliva.




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