Hoy amanecí bien.
Eso fue lo peor.
Pensé que había vencido al monstruo. Pensé que con escribir bastaba. Que si me concentraba lo suficiente, si lavaba las manos solo tres veces y no cinco, si lograba salir sin revisar la estufa cuatro veces, entonces estaría bien.
Pero no.
Hoy amanecí bien. Y luego... dejé de estarlo.
No sé en qué momento exacto ocurrió. Solo sé que estaba en clase, anotando con precisión, marcando mis letras con la presión exacta que siempre uso. Y de pronto... todo se sintió mal.
Demasiado aire.
Demasiada luz.
Demasiadas personas.
Demasiado yo.
Me temblaban los dedos. El corazón latía tan rápido que pensé que iba a romperme por dentro. Nadie lo notó. Nadie ve estas cosas. Es invisible, como si estuvieras gritando bajo el agua.
Pedí permiso y salí al pasillo. Caminé rápido, con la cabeza agachada. Fui directo al baño y me encerré. Lavé mis manos. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Siete.
Y aún así no se sentían limpias.
Me senté en el suelo, contra la puerta. Abracé mis piernas y cerré los ojos.
Respirar. Contar.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.
Repetir.
Repetir.
Repetir.
No lloré. No al principio. Me obligué a mantenerme en silencio. A ser fuerte. A no hacer ruido.
Pero entonces pensé en Damián.
Pensé en lo fácil que le resulta alejarse. En cómo me dice “un amor” como si eso fuera suficiente. Como si yo fuera una bonita forma de pasar el rato. Una nota adhesiva emocional: útil, pero desechable.
Y ahí sí lloré.
Lloré por todo lo que no digo.
Por todo lo que oculto detrás de mis rutinas.
Por todas las veces que pensé que estaba exagerando.
Por todas las veces que quise decirle “quédate”, pero en lugar de eso solo asentí con la cabeza.
“No estoy bien. No estoy bien. No estoy bien.”
Repetí eso en mi mente hasta que ya no dolía tanto. Hasta que se volvió un eco. Hasta que me anestesié.
Saqué mi cuaderno del bolso con manos temblorosas.
Escribí sin pensar. Solo dejé que saliera.
"No quiero que me arreglen. Solo quiero que alguien se siente a mi lado mientras intento no desmoronarme. No necesito que me rescaten. Solo quiero que alguien me diga que no estoy sola."
Cerré el cuaderno. Me limpié el rostro con la manga. Me puse de pie.
Revisé el espejo. No parecía tan mal. Mis ojos estaban hinchados, sí, pero podía fingir. Soy buena fingiendo.
Salí del baño con paso lento.
Y entonces... lo vi.
Damián.
Parado junto a su casillero. Con esa sonrisa ladeada que siempre usa. Como si nada. Como si yo no me estuviera rompiendo por dentro.
No me vio. Aún no.
Y yo no pude evitar preguntarme: ¿qué pasaría si se diera cuenta?
¿Si notara que me estoy cayendo a pedazos?
O peor… ¿y si no le importara?