Entre líneas y planos

Capítulo 1

ALBA

Hay personas que creen que escribir sobre el amor significa entenderlo.

Yo no.

Si fuera así de sencillo, probablemente ya habría descubierto cómo funciona.

Pero llevo tres años escribiendo historias románticas y sigo sin tener ni idea de qué hacer cuando alguien me gusta.

Aunque, siendo sincera, eso último no ha ocurrido nunca.

O eso me digo.

—¿Vas a seguir mirando esa página o piensas escribir algo?

Levanto la cabeza.

Martina está sentada frente a mí, con los brazos cruzados sobre la mesa y una expresión de absoluta paciencia.

Una paciencia que, en su caso, suele durar aproximadamente treinta segundos.

—Estoy pensando.

—Llevas pensando diez minutos.

Miro la pantalla de mi portátil.

Tiene razón.

El cursor parpadea al final de una frase que llevo intentando terminar desde hace demasiado tiempo.

Bajo la mirada hacia mi cuaderno, abierto junto al ordenador.

En la página hay varias frases tachadas, dos flechas que apuntan a ninguna parte y una lista de posibles nombres para el protagonista de mi novela.

—No me sale —murmuro.

Martina se inclina para mirar.

—¿El nombre?

—El diálogo.

—Ah.

Se queda pensativa durante unos segundos.

—Pues que diga algo romántico.

La miro.

—Gracias, Martina. Tu aportación ha cambiado mi carrera literaria.

—Para eso están las amigas.

Sonrío.

Estamos en la cafetería de Isabel, como casi todos los jueves.

Es uno de mis sitios favoritos de la universidad.

No porque el café sea especialmente bueno —aunque tampoco está mal—, sino porque siempre hay ruido suficiente para que pueda concentrarme sin sentir que estoy encerrada en una biblioteca.

Mesas ocupadas. Tazas chocando. Alguna conversación perdida al fondo. La máquina de café trabajando constantemente. Y música suave.

Me pongo uno de los auriculares.

Martina me mira.

—¿Otra vez?

—Me ayuda a concentrarme.

—Te ayuda a ignorarme.

—También.

Ella pone los ojos en blanco.

Vuelvo al portátil.

La frase sigue ahí.

Él la miró como si fuera la única persona en aquella habitación.

La leo. Después vuelvo a leerla. Es bonita. Demasiado bonita.

La selecciono y la borro.

—¿Qué haces?

—Era demasiado cursi.

Martina abre mucho los ojos.

—Alba.

—¿Qué?

—Escribes romance.

—Ya.

—Tu protagonista acaba de enamorarse de alguien.

—Sí.

—Y has borrado una frase porque era demasiado romántica.

—Era mala.

—Era romántica.

—Precisamente.

Martina se queda mirándome.

Yo intento no reírme.

No lo consigo.

—Eres un caso perdido.

—Eso dice la gente que no entiende mi proceso creativo.

—Tu proceso creativo consiste en escribir una escena preciosa y borrarla porque te da vergüenza admitir que te gusta.

—No es verdad.

—Ayer escribiste durante cuarenta minutos una escena en la que dos personas se daban la mano.

—Era importante para la trama.

—Se daban la mano.

—Era una metáfora.

—Alba.

—Martina.

Nos quedamos mirándonos.

Finalmente, ella sonríe.

—Algún día vas a tener que enamorarte de verdad.

Aparto la mirada.

—Paso.

—¿Por qué?

—Porque parece complicado.

—El amor no tiene por qué ser complicado.

La miro.

—Eso lo dices porque nunca has tenido que escribir sobre él.

Martina suelta una carcajada.

—Tú eres la que escribe sobre él.

—Exactamente.

Cierro el portátil.

He decidido que hoy no voy a conseguir terminar esa escena.

Y, probablemente, tampoco mañana.

Recojo mis cosas y guardo el cuaderno en la tote bag.

Es el mismo portátil de siempre. Tapa azul oscura, esquinas ligeramente dobladas y varias pegatinas que empiezan a despegarse.

No es bonito. Ni especialmente nuevo. Pero lleva conmigo casi dos años. Dentro está prácticamente todo.

Ideas. Fragmentos. Diálogos. Escenas que probablemente nunca utilizaré. Nombres de personajes. Frases que se me ocurren en mitad de una clase.

Y, sobre todo, historias.

Historias que todavía no me atrevo a llamar novelas.

Aunque Martina insiste en que debería.

—Algún día vas a publicarlo —dice mientras salimos de la cafetería.

—Algún día.

—No. Tú.

—¿Qué?

—Tú vas a publicar un libro.

Sonrío.

—Ojalá.

—No es un ojalá.

Me ajusto la correa de la bolsa sobre el hombro.

—Vale, mamá.

—No me compares con tu madre. Ella te dice que todo lo haces bien.

—Porque me quiere.

—Yo también.

—Pero tú me dices que mi protagonista es insoportable.

—Porque lo es.

Me río.

Nos despedimos en la entrada de la facultad porque tenemos clases diferentes.

Me pongo los auriculares y empiezo a caminar.

El cielo está gris, aunque no parece que vaya a llover.

Voy pensando en la escena que no he conseguido escribir cuando alguien aparece delante de mí.

Demasiado rápido.

No tengo tiempo de apartarme.

Pum.

Choco contra alguien.

Mi bolso se desliza de mi hombro.

Algo cae al suelo.

—¡Perdón!

—Lo siento.

Los dos hablamos a la vez.

Levanto la mirada.

Es un chico. Alto. Bastante alto. Lleva el pelo castaño oscuro ligeramente despeinado y una mochila colgada de un hombro.

Tiene unos ojos bonitos de color marrón oscuro, que durante un segundo se encuentran con los míos.

—¿Estás bien? —pregunta.

Asiento rápidamente.

—Sí. ¿Y tú?

—Sí.

Nos agachamos al mismo tiempo para recoger las cosas.

—Perdona, iba mirando el móvil.

—Yo iba mirando el suelo.

Levanto una ceja.

—Eso no parece mucho mejor.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.



#4913 en Novela romántica

En el texto hay: confusion, amor, amistad

Editado: 25.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.