GAEL
No suelo olvidar mis cosas.
Mi padre diría que eso es porque soy demasiado organizado. Nico diría que es porque soy aburrido.
Probablemente los dos tengan razón.
-Te estoy hablando.
Levanto la mirada.
Nico está sentado frente a mí, con una mano alrededor de su café y la otra haciendo gestos en el aire mientras habla.
-¿Qué?
-Eso. Exactamente eso.
-¿Qué cosa?
-Que llevas cinco minutos mirando por la ventana sin escucharme.
Vuelvo la vista hacia la mesa.
-Te estaba escuchando.
-No.
-Sí.
-¿Qué he dicho?
Lo pienso durante unos segundos.
Nico sonríe.
-Eso pensaba.
Cojo mi café y doy un sorbo. Está demasiado caliente. Lo dejo otra vez sobre la mesa.
-Estaba pensando en el proyecto.
-Llevas pensando en ese proyecto desde hace tres semanas.
-Porque todavía no está bien.
-Está bien.
-No.
-Gael.
-Nico.
Me mira durante unos segundos.
-Algún día voy a conseguir convencerte de que no todo tiene que ser perfecto.
-Ese día no va a llegar.
-Lo sabía.
Sonríe y vuelve a su café.
Estamos en una cafetería cerca de la facultad.
No es la de Isabel.
Aquí suelo venir cuando necesito trabajar en algo relacionado con la universidad porque está más cerca y casi nunca hay demasiada gente.
Tengo los planos extendidos sobre la mesa.
Un edificio residencial. Tres plantas. Un patio interior. Demasiado espacio perdido en el lateral. Llevo dos días intentando encontrar una solución.
Cojo el portaminas.
Dibujo una línea.
La borro.
Vuelvo a dibujarla.
Nico me observa.
-Vas a romper el papel.
-No.
-Llevas haciendo eso diez minutos.
No respondo.
Sigo dibujando.
Hay cosas que son más fáciles cuando tengo un lápiz en la mano.
No sé exactamente por qué.
Supongo que llevo demasiado tiempo acostumbrado.
Cuando no sé qué decir, dibujo.
Cuando estoy nervioso, dibujo.
Cuando algo me preocupa, dibujo.
Cuando algo me gusta...también.
Mi madre siempre dice que se me nota todo en los dibujos.
Nunca he sabido si eso es bueno o malo.
Miro el reloj.
Tengo clase en menos de media hora.
Recojo los planos y los guardo en la mochila.
-¿Nos vamos?
Nico asiente.
-Por fin.
Salimos de la cafetería.
El cielo está gris y hace bastante frío.
Me ajusto la mochila sobre un hombro.
Camino mirando al frente. Bueno. Casi siempre miro al frente. Hoy no.
Estoy revisando mentalmente el proyecto cuando alguien aparece delante de mí.
Demasiado rápido.
No tengo tiempo de apartarme.
Pum.
Chocamos.
-¡Perdón!
-Lo siento.
Los dos hablamos al mismo tiempo.
La chica levanta la cabeza.
Durante un segundo nos quedamos mirándonos.
Tiene los ojos de un color avellana difícil de definir. No sé si son más marrones o más claros. Depende de la luz.
Y lleva el pelo castaño oscuro, ligeramente ondulado.
Parece sorprendida.
Yo también.
-¿Estás bien? -pregunto.
Asiente.
-Sí. ¿Y tú?
-Sí.
Nos agachamos para recoger las cosas.
Veo un portátil. Un estuche. Unos auriculares. Un cuaderno.
Lo cojo y se lo tiendo.
-Esto es tuyo.
-Gracias.
Ella recoge otro cuaderno.
El mío.
No me doy cuenta.
-Perdona, iba mirando el móvil -digo.
-Yo iba mirando el suelo.
La miro.
-Eso no parece mucho mejor.
Una sonrisa pequeña aparece en su cara.
-No.
No sé qué más decir.
-Bueno...adiós -dice ella.
-Adiós.
Cada uno continúa en una dirección diferente.
Nico me alcanza unos segundos después.
-¿Todo bien?
-Sí.
-¿Seguro?
-Sí.
-Has chocado contra una chica.
-Ya me he dado cuenta.
-Solo digo que normalmente eres tú el que esquiva a la gente.
-No estaba mirando.
-Eso también es nuevo.
No respondo.
Seguimos caminando.
Y durante los siguientes minutos, el choque desaparece de mi cabeza.
Hasta que llego a la facultad.
&&&
La clase termina más tarde de lo previsto.
Cuando salgo del aula, me ajusto la mochila sobre un hombro y empiezo a caminar por el pasillo junto a Nico.
-¿Vas a terminar hoy el proyecto? -pregunta.
-Si dejo de cambiarlo cada cinco minutos.
-Entonces no.
-Probablemente no.
Nico se ríe.
Metemos por el pasillo que lleva hacia la salida.
Mientras caminamos, meto una mano en la mochila.
Quiero sacar mi cuaderno. Lo hago casi por costumbre. Lo dejo sobre la mesa del pasillo.
Nico sigue hablando.
Yo abro la tapa.
Y me quedo quieto.
No reconozco la página.
Frunzo el ceño.
Paso una. Después otra. No hay planos. No hay medidas. No hay anotaciones sobre estructuras. Solo palabras. Muchas palabras.
Parpadeo.
Vuelvo a mirar la portada.
No es mi cuaderno.
-¿Qué pasa? -pregunta Nico.
No respondo.
Paso otra página.
Hay una escena escrita a mano. Dos personas hablando. Una conversación romántica. Después otra página. Frases tachadas. Flechas. Nombres. Ideas.
-¿Gael?
Levanto la mirada.
-Este no es mi cuaderno.
Nico tarda un segundo en entenderlo.
-¿Qué?
-No es el mío.
-¿Entonces de quién es?
Miro la portada.
No hay nombre.
Solo unas pequeñas manchas de tinta en una esquina.
Y entonces recuerdo el choque.
La chica.
El cuaderno que recogí del suelo.
El suyo.
Mierda.
-La chica.
-¿Qué chica?
-La de esta mañana.
Nico frunce el ceño.
-¿La del choque?
Asiento.
-Cogí su cuaderno.
-Y ella cogió el tuyo.
Miro otra vez las páginas.