ALBA
No suelo obsesionarme con desconocidos.
De hecho, nunca lo he hecho.
Pero hay una primera vez para todo.
Y, al parecer, la mía empieza con un cuaderno lleno de planos.
Llevo casi diez minutos mirando el mismo dibujo. Es un edificio. No sé exactamente qué tipo de edificio.
Tiene tres plantas, ventanales enormes y una especie de patio interior que parece estar lleno de árboles.
En una esquina hay varias anotaciones escritas a lápiz.
No entiendo la mitad.
Algo sobre la distribución del espacio.
Una flecha. Una medida. Otra flecha. Y una palabra que no consigo descifrar.
Paso el dedo por encima del papel sin tocarlo realmente.
Es extraño.
No debería estar leyendo esto.
No es mío.
Debería cerrarlo, guardarlo en la mochila y olvidarme hasta encontrar al chico.
Pero no puedo.
Porque ahora sé que ese cuaderno dice cosas sobre él.
No con palabras.
Pero las dice.
Paso otra página.
Hay un dibujo de una cafetería.
La reconozco.
Tardo unos segundos en darme cuenta de que es la cafetería de Isabel.
La misma en la que estoy sentada.
Levanto la cabeza.
Miro alrededor.
Las mesas. La barra. La ventana. La planta que hay junto a la puerta.
Vuelvo al dibujo.
Es la misma.
Solo que desde otro ángulo.
Me quedo observándolo.
¿Habrá estado aquí?
Por supuesto que ha estado aquí.
Eso explicaría el dibujo.
Pero...
¿Cuántas veces?
¿Vendrá a menudo?
¿Estudiará cerca?
¿Estudiará Arquitectura?
Probablemente.
No sé por qué me hago tantas preguntas.
Cierro el cuaderno.
Definitivamente estoy empezando a obsesionarme.
-Eso tiene pinta de ser grave.
Levanto la cabeza.
Isabel está detrás de la barra, limpiando una taza.
-¿Qué?
-Llevas un rato mirando ese cuaderno como si esperases que te respondiera.
Miro el cuaderno.
-Claro que no.
-Sí.
-No.
Isabel sonríe.
-Alba.
-¿Sí?
-Te conozco desde hace casi dos años.
Eso es verdad.
Isabel sabe mi nombre porque prácticamente todos los jueves termino sentándome en la misma mesa.
También sabe qué café pido.
Sabe que siempre llevo auriculares.
Y sabe que, cuando estoy escribiendo, puedo pasarme horas sin levantar la cabeza.
-¿Qué ha pasado?
-Nada.
-Eso dicen siempre las personas a las que les ha pasado algo.
Suelto una pequeña risa.
-He tenido un accidente.
-¿Te has hecho daño?
-No.
-Entonces no ha sido tan grave.
-No me he hecho daño yo.
Isabel deja la taza sobre la barra.
-¿Alguien más?
Asiento.
-Un chico.
Sus cejas se levantan.
-Ah.
-No pongas esa cara.
-¿Qué cara?
-Esa.
-Solo he dicho "ah".
-Exactamente.
Isabel sonríe.
-Sigue.
-Chocamos.
-Vale.
-Se nos cayeron algunas cosas.
-Ajá.
-Y nos fuimos.
-¿Y?
Miro el cuaderno.
-Nos llevamos las cosas equivocadas.
Isabel tarda un segundo.
Después sonríe.
-No puede ser.
-Sí puede ser.
-¿Me estás diciendo que tienes algo suyo?
-Sí.
Levanto el cuaderno.
-Y él tiene el mío.
Isabel apoya las manos sobre la barra.
-Eso sí que no me lo esperaba.
-Yo tampoco.
-¿Y quién es?
-No lo sé.
-¿Ni siquiera su nombre?
Niego con la cabeza.
-Nos chocamos. Nos disculpamos. Nos despedimos. Fin.
-Hasta que descubriste los cuadernos.
-Exacto.
Isabel mira el que tengo delante.
-¿Qué hace?
-Dibuja.
-¿Arquitectura?
Abro mucho los ojos.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque conozco a casi todos los estudiantes que vienen por aquí.
-¿Conoces al chico?
Isabel sonríe.
-Depende.
-¿De qué?
-De cómo lo describas.
Pienso durante unos segundos.
-Es alto.
-Eso reduce la lista a unos doscientos.
-Tiene el pelo castaño oscuro.
-Cien.
-Ojos...
Me detengo.
No sé cómo describirlos.
-¿Marrones? ¿Castaño oscuro? ¿Almendrados?
Isabel ladea la cabeza.
-¿Y qué hace aquí?
Miro el dibujo.
-Dibuja edificios.
Isabel se queda quieta.
-Ah.
-¿Lo conoces?
-Creo que sé de quién hablas.
Siento algo extraño en el estómago.
No debería emocionarme tanto por una información tan pequeña.
-¿Quién es?
-Gael.
El nombre se queda flotando entre nosotras.
Gael.
Lo repito mentalmente.
No sé por qué.
Solo una vez.
Gael.
-¿Estudia aquí?
-Sip, arquitectura.
Claro.
Tenía sentido.
-¿Viene mucho?
Isabel sonríe.
-Bastante.
-¿Cuánto es bastante?
-Los martes y jueves suele venir por la tarde. Algunos viernes también.
Miro el reloj.
Es jueves.
Vuelvo a mirarla.
-¿Hoy?
-Probablemente.
Mi corazón da un pequeño salto.
-¿A qué hora?
Isabel levanta una ceja.
-¿Piensas esperarle?
-No.
La respuesta sale demasiado rápido.
Ella sonríe.
-Claro.
-Solo quiero devolverle el cuaderno.
-Por supuesto.
-Y recuperar el mío.
-Por supuesto.
La miro.
-Deja de decirlo así.
-¿Así cómo?
-Como si estuviera pasando algo.
Isabel se encoge de hombros.
-Yo no he dicho nada.
-Pero lo estás pensando.
-Puede.
Cojo el cuaderno y lo guardo en la mochila.
-Bueno.
-¿Bueno qué?
-Voy a quedarme.
Isabel sonríe.
-Eso pensaba.
Vuelvo a sentarme.
Abro el portátil.
Intento escribir.
No puedo.
Miro la pantalla.
Escribo una frase. La borro. Escribo otra. La vuelvo a borrar.
Miro hacia la puerta. Nada.
Cinco minutos. Nada. Diez. Nada.