Entre líneas y planos

Capítulo 5

ALBA

No sé por qué estoy nerviosa.

Bueno.

Sí lo sé.

Pero prefiero no admitirlo.

Llevo cinco minutos sentada en la misma mesa de la cafetería de Isabel, con el portátil abierto delante y el cuaderno de Gael dentro de mi mochila.

No he escrito una sola palabra.

La pantalla sigue exactamente igual que cuando llegué.

Un documento en blanco. Un cursor parpadeando. Y yo mirando hacia la puerta cada treinta segundos.

-Vas a desgastar el cuello.

Levanto la cabeza.

Isabel está detrás de la barra.

-¿Qué?

-De tanto girarlo.

Miro hacia la puerta.

Después vuelvo a mirarla a ella.

-No estoy mirando la puerta.

-Claro.

-Estoy pensando.

-¿Mirando la puerta?

-Casualmente.

Isabel sonríe.

-Por supuesto.

Bajo la mirada hacia el portátil.

Intento concentrarme.

Escribo una frase. La leo. La borro. Escribo otra. La vuelvo a borrar.

Resoplo.

-Esto es ridículo.

-¿Qué?

-Nada.

-Llevas veinte minutos hablando sola.

-No estaba hablando sola.

-Has dicho "esto es ridículo" en voz alta.

-Bueno.

Isabel se encoge de hombros.

-Yo no he dicho nada.

Sonrío a pesar mío.

Vuelvo a mirar el reloj.

Son las cinco y diez.

Me ha dicho que suele venir por la tarde.

Eso no significa que vaya a venir hoy.

Puede tener clase. Puede estar trabajando. Puede haber cambiado de cafetería. Puede incluso haber decidido que no merece la pena buscarme.

Frunzo el ceño.

No.

Si tengo su cuaderno, querrá recuperarlo.

Claro que querrá.

Eso es todo.

Solo queremos recuperar nuestras cosas.

Nada más.

Me repito esa última frase.

Funciona durante aproximadamente tres segundos.

Hasta que la puerta de la cafetería se abre.

La pequeña campanilla suena.

Levanto la cabeza por pura costumbre.

Y me quedo quieta.

Es él.

Lo reconozco inmediatamente.

El mismo pelo castaño oscuro ligeramente despeinado. La misma mochila colgada de un hombro. Los mismos ojos.

Aunque ahora puedo verlos mejor.

Él también me ve.

Durante un instante ninguno de los dos se mueve.

Después, una pequeña sonrisa aparece en su rostro.

Empieza a caminar hacia mi mesa.

Mi corazón decide que este es un buen momento para hacer algo completamente innecesario.

Acelerar.

-Hola -dice.

-Hola.

Perfecto.

Una palabra.

He escrito diálogos románticos de cinco páginas y ahora solo puedo decir "hola".

Él se detiene frente a la mesa.

-Alba, ¿verdad?

Parpadeo.

-Sí.

Así que ha encontrado mi nombre.

Claro.

El cuaderno.

Debí imaginarlo.

-Gael.

Lo digo sin pensar.

Él sonríe un poco más.

-Sí.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio.

-Creo que tenemos algo que es nuestro -digo finalmente.

-Eso parece.

Me quito la mochila del hombro y saco su cuaderno.

Lo dejo sobre la mesa.

Él hace lo mismo.

Su cuaderno queda frente a mí.

El mío frente a él.

Por un segundo, ninguno de los dos lo recoge.

-¿Está bien? -pregunto.

-¿Qué?

-El tuyo.

Gael mira el cuaderno.

-Sí.

Después me mira.

-¿Y el tuyo?

-También.

-Bien.

Asiento.

-Bien.

Otra pausa.

Esto empieza a ser incómodo.

O quizá solo soy yo.

Gael parece mucho más tranquilo.

-Siento lo del otro día -dice.

-No pasa nada.

-Fue culpa mía.

-Yo tampoco estaba mirando por dónde iba.

-Estabas mirando el suelo.

Lo miro.

Él sonríe.

Tardo un segundo en entenderlo.

-Te acuerdas.

-Sí.

No sé por qué esa respuesta me hace sonreír.

-Entonces estamos empatados.

-Supongo.

Cojo mi cuaderno.

Por fin.

Lo abro casi por instinto. Las páginas siguen igual. Mis frases. Mis tachones. Mis historias. Todo está ahí.

Siento una pequeña sensación de alivio.

-¿Leíste mucho?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Gael levanta la mirada.

-Un poco.

Me quiero morir.

-¿Cuánto es un poco?

-No mucho.

-Eso no responde a mi pregunta.

Sonríe.

-Varias páginas.

Cierro los ojos un segundo.

-Genial.

-¿Por qué?

-Porque ahora sabes que escribo cosas horribles.

-No son horribles.

Lo miro.

No parece estar bromeando.

-¿No?

Niega con la cabeza.

-No.

Bajo la mirada.

No sé qué responder a eso.

-Tú dibujas muy bien.

Ahora es él quien parece no saber qué decir.

-Gracias.

-No entiendo nada de arquitectura.

-Yo tampoco entiendo mucho de romance.

Levanto la cabeza.

-Entonces estamos igual.

-Sí.

Sonreímos.

Y, por primera vez desde que chocamos, el silencio entre nosotros no resulta incómodo.

Miro el cuaderno que tengo delante.

-¿La cafetería la has dibujado tú?

Gael asiente.

-Sí.

-¿Vienes mucho?

-Bastante.

-Yo también.

-Ya me he dado cuenta.

Frunzo el ceño.

-¿Cómo?

-Porque estaba en tu cuaderno.

Abro la boca.

La cierro.

Tiene razón.

-Vale.

Gael se ríe suavemente. Y esa risa me sorprende. No porque sea especialmente llamativa. Sino porque no me esperaba que se riera así.

-Entonces... -digo- supongo que ya hemos solucionado el problema.

-Sí.

-Tú tienes tu cuaderno.

-Y tú el tuyo.

Asiento.

Debería terminar aquí.

Es lo lógico.

Podemos despedirnos.

Cada uno puede volver a su vida.

El accidente habrá quedado atrás.

Pero ninguno de los dos se mueve.

Gael mira hacia la silla vacía que hay frente a mí.

Después me mira.

-¿Puedo?

Señala la silla.



#4532 en Novela romántica

En el texto hay: confusion, amor, amistad

Editado: 12.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.