GAEL
Llego a la facultad diez minutos antes de que empiece la clase.
No porque sea especialmente puntual.
Simplemente prefiero llegar antes a tener que entrar corriendo.
Subo las escaleras hasta el aula de proyectos con la mochila colgada de un hombro y entro.
Ya hay varios compañeros dentro.
Algunos están hablando. Otros tienen los ordenadores abiertos. Un par de personas están terminando de preparar sus materiales.
Yo dejo la mochila junto a mi mesa y saco el cuaderno de bocetos.
Todavía tengo tiempo.
Así que dibujo.
Una línea. Después otra. Un rectángulo. Una ventana.
No estoy pensando en nada concreto.
Creo.
-¿Otra vez dibujando antes de clase?
Levanto la mirada.
Leo está dejando su mochila en la mesa de al lado.
-Sí.
-Un día vas a llegar y vas a tener que dibujar hasta tu propia silla.
-Probablemente.
Se ríe y se sienta.
-¿Has terminado el proyecto anterior?
-Casi.
-Eso significa que no.
-Significa que casi.
-Vale.
Abro el estuche.
Antes de que pueda decir nada más, el profesor entra en el aula.
Las conversaciones disminuyen poco a poco.
-Buenos días.
Todos respondemos.
El profesor deja varios papeles sobre la mesa.
-Hoy vamos a empezar un proyecto nuevo.
Se escuchan algunos suspiros.
-Todavía no os he dicho de qué trata.
-Por eso mismo -murmura Leo a mi lado.
El profesor nos mira.
-Quiero que diseñéis un espacio pequeño destinado a que las personas quieran quedarse.
Dejo de mover el portaminas.
-No quiero un edificio enorme -continúa-. No quiero algo espectacular por fuera. Quiero que penséis en las personas que van a utilizarlo.
Empieza a escribir algunas palabras en la pizarra.
Luz.
Distribución.
Comodidad.
Circulación.
-Puede ser una biblioteca, una cafetería, una sala de lectura, un pequeño centro cultural... Lo que queráis.
Miro la pizarra.
Un espacio donde la gente quiera quedarse.
No sé por qué, pero la frase me resulta familiar.
-Tenéis dos semanas para presentar el proyecto.
Algunos empiezan a protestar.
Yo bajo la mirada hacia mi cuaderno.
Espacio pequeño. Luz natural. Ventanas grandes. Un lugar tranquilo.
Cojo el portaminas.
Empiezo a dibujar.
&&&
La clase termina casi dos horas después.
Durante todo ese tiempo he llenado varias páginas.
No he hecho un diseño definitivo.
Solo ideas.
Una habitación alargada. Una ventana enorme ocupando casi toda una pared. Mesas cerca de la luz. Estanterías. Plantas. Un pequeño espacio separado del resto. Y una cafetería.
Me quedo mirando el dibujo.
No sé por qué he acabado ahí.
-¿Ya tienes algo?
Leo se inclina sobre mi mesa.
Cierro un poco el cuaderno.
-Más o menos.
-¿Puedo verlo?
Se lo enseño.
Lo mira durante unos segundos.
-¿Esto es una cafetería?
-Sí.
-¿Desde cuándo haces cafeterías?
-Desde hoy.
-¿Y por qué?
-Es el proyecto.
-Ya.
Me devuelve el cuaderno.
-Es curioso.
-¿Qué?
-Que normalmente tardas horas en decidir qué quieres hacer.
-Estoy probando cosas.
-Claro.
Guardo el portaminas.
-¿Qué?
Leo sonríe.
-Nada.
-No me gusta cuando dices eso.
-Pues vas a tener que acostumbrarte.
&&&
Después de clase me quedo un rato en el aula.
La mayoría ya se ha ido.
Yo sigo sentado frente al dibujo.
Hay algo que no termina de encajar.
Cojo la goma.
Borro una de las mesas.
La vuelvo a dibujar.
Más cerca de la ventana.
Después añado una segunda.
Una estantería al fondo.
Una lámpara.
Un par de plantas.
Me detengo.
No sé por qué estoy pensando en todos esos detalles.
El profesor ha dicho que debemos diseñar un espacio en el que las personas quieran quedarse.
Y yo estoy intentando imaginar qué necesitaría alguien para sentirse cómodo.
Luz. Silencio. Espacio. Una mesa grande. Un lugar donde poder escribir.
Mi mano se detiene.
Escribir.
Miro el dibujo.
Y, sin querer, pienso en Alba.
En su portátil abierto. En el cuaderno sobre la mesa. En los auriculares alrededor de su cuello. En cómo fruncía el ceño cuando hablaba de sus historias. En la forma en la que me dijo que quería publicar un libro.
Bajo la mirada.
No.
No estoy diseñando esto para ella.
Es solo un ejercicio.
Nada más.
Vuelvo a coger el portaminas.
Dibujo una pequeña estantería junto a la ventana.
&&&
-¿Sigues aquí?
Levanto la cabeza.
Nico está apoyado en el marco de la puerta.
-Sí.
-¿Cuánto llevas?
Miro el reloj.
-No sé.
-Eso significa demasiado.
Guardo el portaminas.
-Ya termino.
Nico entra y mira por encima de mi hombro.
Se queda callado.
-¿Qué?
-Nada.
-Otra vez.
-Es que...
Señala el dibujo.
-¿No es la cafetería?
Miro el plano.
-Es un espacio para el proyecto.
-No he preguntado eso.
-Entonces, ¿qué preguntas?
-¿Por qué se parece tanto a la cafetería de Isabel?
No respondo.
Nico sonríe.
-Ah.
-No empieces.
-No he dicho nada.
-Pero lo estás pensando.
-Sí.
Cierro el cuaderno.
-Es una cafetería que conozco.
-Claro.
-Y funciona.
-Claro.
-Tiene buena luz.
-Claro.
Lo miro.
-¿Puedes dejar de decir "claro"?
-No.
Suspiro.
Nico se sienta en una de las mesas.
-¿Has hablado con ella?
-No.
-¿La has visto?
-No.
-¿Piensas volver a verla?
Me encojo de hombros.
-No lo sé.
Nico me observa durante unos segundos.