El silencio en el nuevo escondite era insoportable.
Los mellizos dormían, agotados.
Darius vigilaba la puerta.
Y Lucero… no podía dejar de pensar.
Porque algo no encajaba.
Rose no había intentado matarla.
Había tenido la oportunidad.
Varias veces.
Y no lo hizo.
Eso solo significaba una cosa.
—No quiere eliminarme… —susurró Lucero.
Darius giró levemente la cabeza.
—Entonces, ¿qué quiere?
Lucero lo miró.
Y por primera vez… hubo miedo real en sus ojos.
—Terminar lo que empezó.
Horas después…
La respuesta llegó sola.
Un sobre negro, deslizado por debajo de la puerta.
Sin ruido.
Sin rastro.
Darius lo recogió, revisándolo.
—Sin remitente.
Lucero ya sabía.
—Es de ella.
Lo abrió.
Dentro…
Fotos.
Muchas.
Demasiadas.
Lucero de niña.
Lucero entrenando.
Lucero… matando.
Pero no eran fotos antiguas.
Eran recientes.
Algunas… de hacía días.
El aire se volvió frío.
—Nos ha estado observando todo este tiempo… —murmuró Darius.
Lucero negó lentamente.
—No… esto es más que vigilancia.
Sacó la última hoja.
Y ahí estaba.
El verdadero horror.
Un documento.
Un proyecto.
Nombre en clave:
“Proyecto Elysium”
Debajo…
Tres nombres.
Lucero.
Y los mellizos.
El corazón de Lucero dejó de latir por un segundo.
—No… —susurró.
Darius le arrebató el documento.
Leyó rápido.
Su expresión cambió.
De tensión…
A furia pura.
—¿Qué es esto?
Lucero apenas podía hablar.
—Es… la evolución.
Flashback.
Voz de Rose.
Fría.
Perfecta.
—Los humanos son débiles, Lucero. Emocionales. Predecibles.
Pero tú… tú eres diferente.
Tú eres lo que viene después.
Presente.
Lucero levantó la mirada.
—Yo nunca fui el objetivo final.
Silencio.
Pesado.
Irreversible.
—Fui… la prueba.
Darius apretó los dientes.
—¿Prueba de qué?
Lucero lo miró.
Y dijo la verdad que lo cambiaría todo:
—De que se puede crear a alguien perfecto… sin romperlo por completo.
Darius miró hacia la habitación donde dormían los niños.
Lentamente.
Con miedo.
—No…
Lucero asintió.
—Ellos son la versión final.
El documento lo confirmaba todo.
Los mellizos no eran solo hijos de Lucero y Darius.
Eran compatibles.
Genéticamente únicos.
El resultado de años de manipulación indirecta.
Rose había planeado todo.
El secuestro.
El entrenamiento.
El matrimonio.
Incluso… el amor.
—Nos usó… —susurró Darius.
Lucero apretó los puños.
—No.
Pausa.
Sus ojos se endurecieron.
—Intentó usarnos.
En la última hoja…
Había un mensaje escrito a mano.
Elegante.
Preciso.
Inconfundible.
"No quiero destruirlos, Lucero."
"Quiero perfeccionarlos."
"Entrégame a los niños… y te dejaré vivir tu mentira."
Silencio absoluto.
El tipo de silencio que precede a la guerra.
Darius habló primero.
—Ni siquiera lo consideres.
Lucero no respondió.
Solo caminó hacia la habitación.
Miró a sus hijos.
Dormidos.
En paz.
Inocentes.
Por ahora.
Una lágrima cayó… pero su expresión cambió.
Se volvió fría.
Peligrosa.
Decidida.
Regresó con Darius.
—Ella cree que sigo siendo su creación.
Lo miró directo.
—Va a aprender que se equivocó.
Darius sostuvo su mirada.
—¿Qué estás pensando?
Lucero tomó el documento.
Lo rompió en dos.
Luego en cuatro.
—Que esta vez… no voy a huir.
Pausa.
Su voz bajó.
Oscura.
—Voy a ir por ella.
En algún lugar de Madrid…
Rose observaba una pantalla.
Sonrió.
Lenta.
Satisfecha.
—Eso esperaba, mi querida Lucero…
Sus ojos brillaron.
—Porque la última fase…
Requiere que vengas por tu propia voluntad.