Entre lo que fui y lo que elegí

Despertar 2

El amanecer entraba débil por la ventana rota.
La habitación seguía en ruinas.
Silencio.
Pero no era paz.
Era tensión contenida.
El niño dormía, agotado tras lo ocurrido.
Lucero no se había separado de él ni un segundo.
Darius, en cambio, no podía dejar de mirar a su hija.
Sentada en una esquina.
Callada.
Demasiado callada.
—Ven aquí —le dijo él, suave.
Ella no respondió.
Solo miraba algo fijo…
El vacío.
Lucero levantó la mirada.
Algo no estaba bien.
—¿Qué ves? —preguntó con cuidado.
La niña parpadeó lentamente.
—No sé…
Pausa.
—Pero… no es de aquí.
El aire se volvió frío.
Darius frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
La niña giró la cabeza.
Muy despacio.
Sus ojos… no estaban asustados.
Estaban… concentrados.
—Hay una señora…
Lucero se tensó.
—¿Dónde?
La niña levantó la mano…
Y señaló la nada.
Justo en medio de la habitación.
Silencio.
Pesado.
—Dice que estás tardando —susurró la niña.
El corazón de Lucero se detuvo.
—¿Qué más dice?
La niña inclinó la cabeza, como escuchando.
—Que siempre fuiste la más difícil de controlar…
Pausa.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
Pero no era suya.
—Pero también… su favorita.
—¡Basta! —gruñó Darius, acercándose—. No hay nadie ahí.
Pero en el fondo…
Ni él mismo lo creía.
Lucero se puso de pie lentamente.
Cada músculo en alerta.
—No está aquí físicamente… —murmuró—. Pero está conectada.
Miró a su hija.
Y entendió.
—No es fuerza…
Pausa.
—Es percepción.
La niña no movía los ojos.
Seguía mirando ese punto invisible.
—Dice que yo soy mejor…
Lucero sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Mejor en qué?
La niña sonrió un poco más.
—En ver lo que otros no pueden.
Y entonces…
Las luces parpadearon.
Pero no como antes.
No era energía descontrolada.
Era… interferencia.
Darius retrocedió un paso.
—Esto no me gusta…
Lucero tampoco.
Porque esto…
Era más peligroso que la fuerza.
—¿Qué más ves? —preguntó Lucero, firme.
La niña parpadeó otra vez.
Y por un segundo…
Pareció volver.
—Mamá… tengo miedo…
Lucero se acercó rápido.
Pero antes de que pudiera tocarla—
La niña habló otra vez.
Con esa voz ajena.
—Vendrán por nosotros.
Pausa.
Sus ojos se clavaron en los de Lucero.
—Y esta vez… no van a fallar.
Silencio absoluto.
La niña cayó hacia adelante.
Darius la sostuvo.
—¡Hey, hey! Tranquila…
Pero ella ya estaba inconsciente.
Respirando.
Viva.
Pero desconectada.
Lucero se quedó inmóvil.
Procesando.
Uniendo piezas.
Demasiado rápido.
Demasiado claro.
—Ella puede verla… —susurró.
Darius la miró.
—¿A Rose?
Lucero negó lentamente.
—No solo a ella.
Pausa.
Sus ojos se oscurecieron.
—Puede ver más allá.
Eso era peor.
Mucho peor.
Porque si el niño era poder…
La niña era control.
Percepción.
Acceso.
Y juntos…
Eran exactamente lo que Rose quería crear.
Darius apretó a su hija contra su pecho.
Como si pudiera protegerla de eso.
De todo.
—No voy a dejar que los toque.
Lucero lo miró.
Y por primera vez desde que todo empezó…
No había duda en su voz.
—No lo hará.
Pausa.
Se acercó.
Sus ojos ardían.
—Porque vamos a ir por ella primero.
En algún lugar…
Rose cerró los ojos lentamente.
Como si sintiera todo.
Sonrió.
—Despierta, pequeña… —susurró—. El juego apenas comienza.




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