Entre lo que fui y lo que elegí

Entrenamiento

El refugio cambió.
Ya no era un lugar para esconderse.
Era un campo de entrenamiento.
Lucero se paró frente a los mellizos.
Ya no como madre.
Sino como lo que siempre fue entrenada para ser.
—Desde hoy… nada será normal.
Los niños la miraron en silencio.
Darius, apoyado en la pared, no dijo nada… pero cada fibra de su cuerpo estaba en tensión.
No le gustaba esto.
Pero entendía algo…
Si no aprendían a controlar sus habilidades… alguien más lo haría por ellos.
Y ese alguien…
Era Rose.
—Primero, reglas —dijo Lucero, firme—.
Uno: nunca pierden el control.
Dos: si sienten miedo, me lo dicen.
Tres… confían en mí.
La niña dudó.
El niño apretó los puños.
—¿Y si no podemos?
Lucero se acercó.
Se agachó frente a ellos.
—Entonces aprendemos hasta que sí puedan.
Día 1
Lucero llevó al niño al centro de la habitación.
—Lo que tienes no es rabia… es energía.
El niño respiraba rápido.
—Pero duele…
—Porque lo estás conteniendo mal.
Lucero puso una mano en su pecho.
—No lo empujes. Dirígelo.
Él cerró los ojos.
Intentó.
Nada.
Intentó otra vez.
La mesa frente a él vibró… y explotó en pedazos.
Darius dio un paso adelante.
—¡Es suficiente!
—No —dijo Lucero sin mirarlo—. Apenas empieza.
El niño cayó de rodillas.
—No puedo…
Lucero se inclinó frente a él.
—Sí puedes. Solo te enseñaron a romper… no a controlar.
Pausa.
Más suave:
—Yo te voy a enseñar diferente.
Mientras tanto…
La niña.
Sentada sola.
En silencio.
—¿Qué ves? —preguntó Lucero, acercándose.
La niña no respondió de inmediato.
—Muchas cosas…
—Concéntrate en una.
La niña cerró los ojos.
Respiró lento.
—Hay… caminos.
Lucero frunció el ceño.
—¿Caminos?
—Sí… como si todo tuviera opciones.
Darius intervino.
—¿Está viendo el futuro?
Lucero negó lentamente.
—No exactamente…
Miró a su hija con intensidad.
—Está viendo posibilidades.
La niña abrió los ojos.
—Puedo saber por dónde vendrán.
Silencio.
Eso… lo cambiaba todo.
Día 3
El entrenamiento se volvió más duro.
Más real.
Más peligroso.
Lucero atacaba al niño.
Sin contenerse del todo.
—¡Muévete!
Él levantó la mano instintivamente.
Una onda invisible detuvo el golpe.
Por primera vez…
No destruyó.
Contuvo.
—Eso es —dijo Lucero, casi en susurro.
Orgullo.
Real.
Darius observaba.
En silencio.
Pero algo dentro de él se rompía.
Porque ya no eran solo niños.
Con la niña…
Lucero colocó varios objetos sobre la mesa.
—Dime cuál va a caer primero.
La niña los miró.
Parpadeó.
—Ninguno.
Pausa.
Tomó uno con la mano… y lo empujó.
—Porque yo decido.
Lucero sonrió levemente.
—No solo ves posibilidades…
—Las cambias —completó Darius.
Ambos se miraron.
Y entendieron lo mismo.
Esto era más grande de lo que pensaban.
Noche
Los mellizos dormían.
Agotados.
Darius se acercó a Lucero.
—Esto los está cambiando.
—No —respondió ella—. Esto los está revelando.
Silencio.
—¿Y si se vuelven como nosotros?
Lucero lo miró.
Directo.
—Entonces nos aseguramos de que sean mejores.
Antes de que Darius pudiera responder…
La niña habló dormida.
—Ya vienen…
Ambos se tensaron.
—¿Quiénes? —susurró Lucero.
La niña frunció el ceño.
—Demasiados…
Los ojos de Lucero se endurecieron.
Instinto puro.
—Darius…
—Sí… ya lo sé.
A lo lejos…
Se escuchó un sonido.
Motores.
Puertas.
Pasos.
Lucero respiró hondo.
Y por primera vez…
Sonrió.
Pero no era una sonrisa cálida.
Era peligrosa.
—Perfecto —dijo—.
Es hora de ver cuánto aprendieron.




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