Entre lo que fui y lo que elegí

Lucero contra rosé

El lugar no era casualidad.
Un edificio antiguo en las afueras de Madrid.
Vacío.
Silencioso.
Perfecto para una guerra.
Lucero entró sola.
Darius quiso detenerla.
—No vas a ir sin mí.
Ella lo miró.
Esta vez… sin dureza.
—Si esto sale mal, ellos te necesitan.
Silencio.
Darius apretó los puños.
—Y yo te necesito a ti.
Por un segundo…
Lucero dudó.
Pero negó.
—Entonces confía en que volveré.
Y se fue.
El eco de sus pasos resonaba en el interior.
Lento.
Controlado.
Cada movimiento calculado.
Cada respiración medida.
—Siempre tan elegante… —dijo una voz desde la oscuridad.
Lucero no se detuvo.
—Siempre tan predecible.
Las luces se encendieron.
Y ahí estaba.
La señora Rose.
Impecable.
Intacta.
Como si nunca hubiera muerto.
Silencio.
Dos mundos frente a frente.
Creadora… y creación.
—Te ves bien —dijo Rose, observándola—. Más fuerte.
Lucero ladeó la cabeza.
—Más libre.
Rose sonrió.
—Eso aún está por verse.
Un segundo.
Nada más.
Y atacaron.
Rose fue más rápida de lo esperado.
No era solo mente.
También era cuerpo.
Entrenado.
Letal.
Lucero bloqueó, giró, contraatacó.
Golpes precisos.
Sin desperdicio.
Pero Rose… anticipaba.
Como si ya supiera.
—Te enseñé demasiado bien —murmuró Rose, esquivando—. Cada movimiento… cada reacción.
Lucero retrocedió apenas.
Analizando.
—No.
Pausa.
Su mirada cambió.
—Me enseñaste a obedecer.
Silencio.
Lucero atacó de nuevo.
Pero esta vez…
No siguió ningún patrón.
Errática.
Impredecible.
Instintiva.
Rose dudó.
Por primera vez.
—Interesante…
El combate se volvió brutal.
Cercano.
Violento.
Sin espacio para errores.
—Podrías haber sido perfecta —dijo Rose entre golpes—. Pero elegiste debilidad.
Lucero bloqueó, giró y la empujó contra una columna.
—Elegí sentir.
Rose sonrió.
Y entonces…
aplaudió.
El suelo vibró.
Pantallas se encendieron alrededor.
Imágenes.
Datos.
Los mellizos.
Lucero se congeló.
Un segundo fatal.
Rose aprovechó.
Golpe directo.
Lucero cayó.
El aire desapareció de sus pulmones.
—Ahí está… —susurró Rose, acercándose—. La única grieta en tu perfección.
Se agachó frente a ella.
—Ellos.
Lucero intentó levantarse.
Pero Rose la sujetó.
Firme.
Dominante.
—No entiendes, Lucero… —su voz bajó—. No quiero quitártelos.
Pausa.
Sonrió.
—Quiero completarlos.
Silencio.
Pesado.
—Ellos son el siguiente paso.
—No —gruñó Lucero—. Son mis hijos.
Rose ladeó la cabeza.
—Ambas cosas pueden ser verdad.
Y entonces…
algo cambió.
Lucero dejó de resistirse.
Dejó de luchar.
Por un segundo…
se quedó quieta.
Rose frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Lucero levantó la mirada.
Y sonrió.
—Ganar.
En ese instante…
Las luces fallaron.
Las pantallas se apagaron.
El sistema cayó.
Y una voz resonó por los altavoces.
—Ahora.
Darius.
Rose giró apenas—
Demasiado tarde.
Lucero la golpeó.
Fuerte.
Directo.
Sin contenerse.
Rose retrocedió.
Sangre.
Por primera vez.
—Nunca vine sola —dijo Lucero, levantándose.
Puertas explotaron.
Darius entró.
Con los mellizos detrás.
El niño levantó la mano.
Energía contenida.
Lista.
La niña habló.
—Ahora… izquierda.
Lucero se movió.
Justo a tiempo.
Rose esquivó… pero no completamente.
El ataque del niño la lanzó contra la pared.
Silencio.
Rose se levantó lentamente.
Sonriendo.
Incluso ahora.
—Perfectos… —susurró—. Exactamente como lo planeé.
Lucero se puso frente a sus hijos.
Darius a su lado.
Familia.
Unida.
Lista.
—No —dijo Lucero, firme—. Exactamente como nosotros elegimos.
Rose los observó.
Y por primera vez…
no había control total en su mirada.
Solo algo más.
Interés.
—Entonces demuéstrenlo —dijo.
El aire se volvió eléctrico.
Y esta vez…

No era un enfrentamiento.

Era el inicio de la guerra final.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.