La puerta se cerró detrás de ellos.
Fuerte.
Seca.
Como todo lo que no se habían dicho.
El silencio era insoportable.
Dos años.
Dos años de distancia, de dudas, de ausencia…
y ahora estaban frente a frente.
—No debiste venir —dijo Lucero, sin mirarlo.
Darius soltó una risa baja.
—Y aun así… aquí estoy.
Ella giró.
Sus miradas chocaron.
Y todo volvió.
El pasado.
El dolor.
El amor.
—Te fuiste —dijo él, más bajo esta vez.
—Tenía que hacerlo.
—No —dio un paso hacia ella—. Elegiste hacerlo.
Lucero sintió el golpe de esas palabras.
Pero no retrocedió.
Nunca lo hacía.
—Si me hubiera quedado… —susurró— te habría destruido.
Darius la miró fijo.
Intenso.
Dolido.
—Y aun así habría sido mi elección.
Silencio.
Cercanía.
Demasiada.
—No entiendes… —empezó ella.
—Entonces haz que entienda —la interrumpió.
Un paso más.
Ahora no había espacio.
Lucero podía sentir su respiración.
Su presencia.
Ese mismo magnetismo que nunca pudo ignorar.
—Sigues siendo un problema —murmuró ella.
—Y tú sigues sin saber alejarte de mí.
Eso fue suficiente.
Lucero lo empujó contra la pared.
Pero no para alejarlo.
Para quedarse.
El choque fue inevitable.
Intenso.
Contenido durante demasiado tiempo.
No era ternura.
No era calma.
Era necesidad.
Rabia.
Recuerdos que nunca se apagaron.
Las manos de Darius la sostuvieron con fuerza.
Como si temiera que volviera a desaparecer.
—No vuelvas a irte… —susurró contra su piel.
Y por primera vez…
Lucero dudó.
Porque ahí, en ese momento…
no había pasado.
No había mentiras.
No había guerra.
Solo ellos.
Y todo lo que nunca terminó.