Entre los árboles

Nada será igual

El fuego crepita bajo el cielo ennegrecido, escupiendo chispas al aire helado. El conejo, despellejado y abierto en canal, gira lentamente sobre la llama, su grasa chisporroteando en la madera seca. Loki y Jack están echados cerca, con los hocicos bajos, atentos al aroma que flota en la noche. Extiendo las manos hacia el calor, pero el frío sigue ahí, aferrado a mis huesos como una enfermedad.

El invierno no mata de golpe, no. Es paciente. Se instala en la piel, en los pulmones, en la mente. Afloja los músculos, embota los sentidos. Y cuando por fin bajas la guardia, te apaga como si nunca hubieras existido.

Mientras espero que el fuego termine de cocinar al pobre conejo que habíamos logrado atrapar, no puedo evitar pensar en lo que casi fue. En realidad, habíamos seguido la pista de un alce—huellas frescas, estiércol reciente, el olor tenue de su paso todavía flotando entre los árboles. Pero en algún momento, la pista se desvaneció como humo en el aire. La nieve había vuelto a caer, ligera pero constante, y con ella se borraron las señales que nos guiaban. No tuve más opción que cancelar la caza. Ya era tarde, y la noche en este bosque no perdonaba errores.

Debí haber salido más temprano. Pero pasé la mañana cortando leña, intentando avanzar con una tarea que parece no tener fin. El frío no da tregua, y la chimenea necesita alimento constante si quiero conservar los dedos. Aun así, los perros estaban inquietos. Quería dejar la caza para mañana, pero ellos no me lo permitieron. Y tienen razón. No puedo dejar que su instinto se oxide.

Como si supieran que pienso en ellos, Loki y Jack me observan desde la otra orilla del fuego. Sus ojos brillan con los reflejos de las llamas. Son tan distintos, y sin embargo inseparables. Chasqueo la lengua y los llamo. Loki viene de inmediato, saltando con ese entusiasmo juvenil que lo hace parecer eternamente cachorro. Jack, en cambio, se toma su tiempo. Camina con precisión, como si cada paso tuviera un propósito medido, sin prisa, sin gasto.

Me río en voz baja y rasco la oreja de Loki. El muchacho se relaja al instante, hundiendo el hocico en mi abrigo, buscando mi olor. Jack se sienta a mi lado con un suspiro grave, casi humano.

—Día cansado, ¿eh, viejito? —murmuro, mientras le acaricio la espalda.

Él cierra los ojos, sereno. Y por un momento, todo parece en paz. Pero el bosque guarda sus propios tiempos. Y su propio silencio.

Un aroma tibio y denso flota hasta nosotros, arrastrado por el viento helado. Loki se agita y Jack levanta la cabeza, atento. Nos acercamos un poco más al fuego y retiro al conejo del palo chamuscado donde lo había sujetado. Su piel abierta cruje al contacto con el cuchillo; la grasa ha dejado una capa brillante sobre la carne tostada.

La comida no era para mí. En previsión, me había traído unas barritas de cereal, esas que saben a cartón pero llenan lo justo. Aunque lo quisiera, ese conejo no alcanzaría para los tres.

Encuentro una piedra lisa cerca del fuego y uso el cuchillo para partir al animal en dos. Loki ya andaba rondando, intentando meter el hocico donde no debía. Me río mientras le lanzo su parte; la atrapa en el aire con una precisión que me sorprende cada vez.

—Jack —digo, con voz baja pero firme. Él alza la vista, tranquilo como siempre. Señalo con la mano el trozo restante. Se acerca sin apuro, olisquea apenas y con dos mordiscos acaba con lo que queda.

—Ya sé que esto no los va a llenar —comento en voz alta, más para mí que para ellos, mientras empiezo a guardar mis cosas para la vuelta. Cuando lleguemos a casa, les tocará una segunda ración. Vaya si comían.

Las llamas se apagan despacio, convertidas en brasas que respiran con luz tenue. Y por primera vez en la noche, noto que el bosque ha dejado de crujir.

Siempre me ha incomodado el silencio del bosque. No me refiero al silencio común, ese que se disfraza con cantos de aves, ramas agitadas por el viento o el lejano crujir de algún animal moviéndose entre la maleza. Hay varios tipos de silencios allá afuera, cada uno con su peso, su forma.

Pero hay uno en particular que me resulta insoportable. Es ese silencio absoluto, total. Como si de pronto todo el sonido del mundo se apagara de golpe, como si la tierra contuviera el aliento. Y entonces solo quedáramos nosotros: yo, mis perros… y mis propios pensamientos. Y quizás, eso último es lo peor.

Me ajusto el abrigo y aseguro las correas de la mochila. El aire ahora está más frío, más quieto, como si algo invisible hubiera echado raíces entre los árboles. Busco con la mirada mi escopeta y la encuentro apoyada contra un tronco viejo, cubierta de escarcha.

Mi viejo me mataría si me viera dejando el arma tan lejos. Me lo repetiría una y otra vez: "Nunca te separes de tu escopeta. Nunca." Especialmente sabiendo que fue suya. Pero, aunque la lleve conmigo, nunca me sentí del todo cómodo con ella. Hay algo en las cosas hechas para matar que siempre me pareció... deshonesto. Como si el arma pudiera volverse contra su dueño en cualquier momento. Como si supiera lo que es.

La tomo y le paso un trapo rápido por el cañón. Después chasqueo la lengua y los llamo. Loki corre a colocarse detrás de mí; Jack, como siempre, toma la delantera. Así marchamos, como tantas veces antes: Jack abriendo paso con su olfato certero y su oído fino; yo en el centro, atento a los movimientos, a las sombras que no deberían moverse; y Loki cerrando la marcha, aún joven pero valiente, su respiración corta como una llama bajo control.

Les doy la orden a Jack y empezamos a caminar. Lo hacemos despacio, sin apuro, pero con paso firme. La nieve había empezado a caer hacía ya un rato, aunque apenas si se notaba. No era como las tormentas de la semana pasada, esas que en menos de media hora cubrían el mundo entero con un manto blanco y espeso. Esta era diferente. Silenciosa, flotante. Casi fantasmal.

Lo que no dejaba de sorprenderme era el silencio. Un silencio espeso, estancado, como si el bosque estuviera conteniendo el aliento. Solo se oían nuestros pasos hundiéndose en la nieve fresca, y el ritmo constante de las respiraciones de los perros. Ni un crujido, ni un graznido lejano, ni siquiera el sonido del viento en las ramas. Me contenía de hablarles, incluso de dar nuevas órdenes. Sentía que cualquier sonido de más podía traer... algo. Algo que hasta ese momento dormía.



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En el texto hay: perros, suspenso, terror

Editado: 23.02.2026

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