El gimnasio estaba lleno. Las gradas vibraban con los gritos de los estudiantes, los colores de las pancartas y el eco de los aplausos. Era el torneo final, el último partido importante antes de terminar la preparatoria.
Damon estaba en la cancha, respirando profundo. Sentía la presión, pero también algo más fuerte: las ganas de ganar por ella.
Buscó a Hanani entre la multitud... y la encontró.
Ella estaba de pie, apretando las manos, nerviosa pero orgullosa. Cuando sus miradas se cruzaron, Hanani levantó el pulgar y sonrió.
—Hazlo como siempre —murmuró—. Confío en ti.
Eso fue suficiente.
El silbato sonó.
El partido comenzó intenso. El equipo contrario no daba tregua. Damon corría, saltaba, recibía golpes, pero no se detenía. Cada punto era una batalla.
—¡Vamos, Damon! —gritó Rut desde las gradas.
—¡No te rindas! —añadió Lukas.
Hanani apenas podía respirar. Cada caída le dolía como si fuera propia.
En un momento, Damon recibió un golpe fuerte y cayó al suelo. El gimnasio se quedó en silencio.
—¡Damon! —gritó Hanani.
Él apretó los dientes y se levantó.
—No me voy a rendir —dijo con voz firme.
El partido llegó al punto final. Todo dependía de ese último movimiento.
Damon recordó cada momento con Hanani: sus risas, sus miedos, sus sueños compartidos.
Saltó.
Golpeó el balón con todas sus fuerzas.
Punto final.
El gimnasio explotó.
—¡GANARON!
—¡CAMPEONES!
Hanani no lo pensó. Bajó corriendo y lo abrazó con fuerza.
—Estoy tan orgullosa de ti —dijo entre lágrimas.
Damon la sostuvo fuerte.
—Gané porque estabas ahí.
Desde lejos, Rosa observaba en silencio. Por primera vez, no había enojo... solo aceptación.
—Ella lo hace feliz —susurró—. Eso es lo que importa.