El vaso se rompió contra la pared.
El sonido seco del cristal quebrándose fue lo único que rompió el silencio de la habitación.
Libros en el suelo. Ropa tirada. Fragmentos de vidrio brillando sobre la madera.
Meghan respiraba con dificultad mientras observaba el desastre que acababa de provocar.
La luz del exterior apenas lograba filtrarse entre las cortinas cerradas que cubrían completamente la enorme ventana.
-¿Por qué no soy capaz de hacer nada?... ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo se me ocurrió venir?... ¿Por qué justo en este momento estoy siendo tan inútil?
Sus pensamientos se convertían en un lamento agudo y desesperado.
-No... ¡no! ¿Qué debo hacer?
Susurraba entre sollozos mientras continuaba destrozando el lugar, arrojando todo lo que encontraba a su paso.
De pronto, su puerta fue golpeada de forma insistente.
-¡Meghan! ¿Meghan, estás ahí? -la voz del otro lado la llamaba con preocupación.
Ella no respondió. Se dejó caer en una esquina y abrazó sus rodillas con fuerza, como si intentara mantenerse entera.
-No sé qué hacer... No sé qué... está pasando...
Su visión comenzó a nublarse; parecía estar cayendo en un sueño producto de su angustia.
Por un instante tuvo la extraña sensación de que alguien más estaba allí... observando a través de sus propios ojos.
Solo podía escuchar esa voz que la llamaba del otro lado de la puerta.
El olor a barro húmedo empezó a filtrarse en su conciencia.
-¡Meg... Meg... Meghan!
Un sacudón brusco la arrancó del abismo.
-¿Qué... qué pasa? -respondió, saliendo del trance en el que se encontraba.
-Meg, tu arcilla tiene demasiada agua.
La realidad volvió de golpe.
El aula.
Las voces de sus compañeros.
La humedad de sus manos llenas de arcilla.
-¡Carajo! -expresó al notar cómo la mezcla comenzaba a desbordarse del contenedor, completamente arruinada.
-¿Estás bien? Todo el día has estado dispersa -preguntó con preocupación una joven delgada de cabello azul y ojos color mostaza.
-Lo siento, Lily... He estado muy distraída, no sé qué me pasa -respondió Meghan, forzando una sonrisa mientras limpiaba su desastre.
-Es por Demien... ¿verdad? -la interrogó casi susurrando mientras ayudaba a su amiga a limpiar la arcilla estropeada.
-¿Qué? No, no, para nada... Él no tiene nada que ver.
-¿Segura, Meg?... Desde que vives con él... ¿Crees que no he visto los moretones?
La mirada de Lily y su tono de voz se volvieron serios y tristes.
-Como podrás darte cuenta, la torpeza es una de mis virtudes, y no te será difícil adivinar que mis moretones son producto de algunos accidentes debido a mi distracción
Meghan se rascaba la cabeza, simulando vergüenza y tratando de tranquilizar a su amiga.
-Meg... Eso no parece un accidente... -
Susurró Lily.
Meghan no apartaba la mirada de la arcilla, tratando de enmendar el desastre.
-¿Qué harás después de la clase? -preguntó Lily, cambiando el tema para evitar incomodar.
-Ah... justamente... Esperaré por Demien -respondió Meghan con una sonrisa nerviosa.
Lily hizo una mueca más de preocupación que de disgusto, pero antes de poder decir algo, la maestra la interrumpió.
-Bueno, chicos, la clase ha terminado. Mañana seguiremos con el proceso de mezcla; por ahora, descansen -sentenció, dando por terminada la sesión.
-Nos vemos, Lily. Que descanses. Hablamos mañana, ¿sí?
Meghan se levantó con prisas y salió del salón.
Mientras abandonaba el aula apresurada, en otro pasillo del edificio alguien enfrentaba un problema completamente distinto.
-Mikel, Mikel... ¿cómo pudiste olvidar la reunión del consejo? -se decía a sí mismo un chico alto, delgado y de piel bronceada mientras se golpeaba repetidamente la frente y desordenaba su negro cabello de forma desesperada.
Caminaba perdido en sus pensamientos.
-¿Debería inventar alguna excusa o simplemente decir que lo olvidé? ¡No! Jamás me perdonarían si dijera que lo olvidé -se escapó de sus labios casi con temor.
-Quizá debería...
Antes de terminar su idea, las voces de una brusca discusión lo interrumpieron.
-Te dije que me esperaras afuera.
La voz del chico no era un grito. Era peor.
Era baja, tensa.
-Perdóname, Demien... Yo solo... Pensé que sería mejor verte aquí y...
La chica de tez clara, facciones finas y semblante frágil se disculpaba, visiblemente aterrada.
-Ese es el problema, Meghan -dijo en voz baja-. Siempre crees que puedes pensar por ti misma.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca. No con fuerza suficiente para dejar marca inmediata... pero sí para que doliera.
-Perdóname -susurró ella.
-Siempre lo sientes -sonrió sin humor-. Pero nunca aprendes.
La empujó contra la pared. No fue violento al inicio. Fue controlado. Calculado.
Meghan apoyó las manos en su pecho, no para golpearlo... sino para crear distancia.
-Demien... me estás lastimando.
-¿Ah, sí? -sus ojos se endurecieron-. Entonces deja de hacerme quedar como un idiota.
-Disculpen.
La palabra no fue fuerte, pero sí firme.
Demien giró el rostro con molestia.
-¿Y tú qué quieres?
-Bueno... las cosas no se ven muy bien por aquí y pensé que quizá deberían tranquilizarse -respondió Mikel con serenidad.
-No te metas.
Demien soltó a Meghan de golpe y avanzó un paso hacia él.
-No me estoy metiendo. Estoy caminando por un pasillo. Tú estás gritando.
Demien lanzó el primer golpe.
Mikel lo vio venir. Apenas logró desviar el puño, que rozó su mandíbula. El impacto le movió la cabeza.
Demien sonrió e intentó golpearlo otra vez, pero esta vez Mikel respondió.
Un empujón seco al pecho lo hizo perder el equilibrio.
Su cabeza golpeó contra los casilleros con un sonido metálico que resonó en todo el pasillo.