-Adelante, pasa, no te preocupes por el lodo; de todas formas yo iba a ensuciar igual-.
La casa era pequeña, sencilla, pero acogedora.
Meghan dio un vistazo rápido. Solo un sillón, una pequeña mesa y una cocina, todo junto en el primer piso.
-Deberías darte una ducha con agua caliente; podrías resfriarte. También debes cambiarte de ropa. Solo tengo ropa mía, pero espero que te sirva mientras la tuya se seca. La pondré en el baño antes de que entres-.
Meghan asintió con la cabeza sin procesar del todo qué era lo que ocurría.
Observó a Mikel subir al segundo piso.
Intentó reconstruir cómo había llegado hasta ahí.
No lo sabía.
Solo tenía una certeza:
nada de esto iba a terminar bien.
-Listo, ya puse la ropa en el baño, deberías darte prisa. ¿Quieres comer algo?
Amm... Solo tengo... pan, queso... oh, sí, chocolate. ¿Qué te parece un sándwich de queso y chocolate caliente?
No es la gran cosa, pero de momento podría funcionar-.
Meghan no sabía cómo responder a la hospitalidad de Mikel; se limitaba a hacer señas de aprobación.
Mientras tallaba su cabello, revivió las escenas del día.
Todo parecía irreal.
Más que un recuerdo...
una pesadilla.
Después de bañarse y vestirse, se miró en un espejo que estaba justo al salir del baño.
Se veía considerablemente más pequeña en la ropa de Mikel, y definitivamente el gusto por la ropa y las habilidades para combinarla no eran una de sus virtudes.
Al bajar, reconoció el delicioso y tranquilizante olor del chocolate caliente.
Mikel se encontraba sentado en la mesa esperándola. Un plato con dos sándwiches y una taza de chocolate esperaban también frente a él.
-Ven, siéntate. Espero que estés más cómoda y tranquila. Es momento de que comas algo; ayudará a que te relajes-.
-¿Por qué haces todo esto?- respondió Meghan con una voz apenas audible.
-¿Perdón?- preguntó Mikel.
-Sí, ¿por qué te preocupas por mí? Ni siquiera nos conocemos- insistió mientras daba una mordida al sándwich.
-Bueno... Yo te conozco. Sé que tu nombre es Meghan, que asistes a la Academia de Artesanos y que vives a algunas calles de aquí.
Me presento: mi nombre es Mikel. Soy historiador y de momento vivo en este lugar que ves.
Habiéndonos presentado ya, creo que ahora la única que no se conoce eres tú misma- respondió Mikel con un tono de amabilidad e intriga en su voz.
-¿Historiador dices? No entiendo, ¿qué haces exactamente?- preguntó curiosa Meghan, dando un sorbo a su chocolate.
-Pues viajo por distintos lugares y escucho historias -respondió-. Las personas revelan más de un mundo que los gobernantes.
-¿Cuál es el punto?
-Bueno... Es importante saber cómo piensa la gente que te rodea, cuáles son sus deseos, pero sobre todo sus necesidades-.
-Vaya, nuestros gobernantes deberían hacer eso. Hace mucho tiempo que no sabemos quién nos dirige ni quién puede ayudarnos con los crecientes problemas- declaró Meghan, mordiendo el segundo sándwich.
Pan, queso y chocolate: cosas tan sencillas que, en conjunto, se volvían tan acogedoras como comunes.
Y, sin embargo, no recordaba cuándo había sido la última vez que disfrutó de tal comodidad.
-Sí... Pero las cosas cambiarán. Esta vez estoy seguro de que lo harán-.
Afuera, la tormenta no hacía más que arreciar.
-Quizá lo mejor sea que pases la noche aquí. Puedes dormir arriba, en mi habitación. Yo dormiré aquí abajo; así estarás más cómoda-.
Justo cuando estaba por dejarse llevar por la comodidad, a su mente vino el recuerdo de Demien.
-No, no. De hecho, debo irme ya. Te agradezco mucho todo esto, de verdad.
Devolveré tu ropa la próxima vez-.
-¿Hablas en serio? El cielo se cae, además...
Mikel abrió la boca para decir algo más, pero se detuvo.
Sus ojos se movieron hacia la puerta.
-¿Escuchaste eso?
Meghan negó lentamente.
Entonces llegó el golpe.
Uno solo.
Lo suficientemente fuerte para sacudir toda la casa.
-¡Meghan! Sé que estás ahí. Puedo percibir tu aroma. Sal de una maldita vez-.
Una voz ronca y amenazadora atravesaba la madera.
-¡Carajo! Es Demien-.
Meghan se tensó al instante, como si una descarga eléctrica pasara por su cuerpo.
Mikel lo notó, seña inequívoca de miedo.
-Oye, tranquila. Todo estará bien-.
De pronto, la puerta cayó, produciendo un estruendo que llenó el lugar.
-No, no, no... Destruiste la puerta... Yara va a matarme- se lamentaba Mikel, arrodillándose ante la puerta destruida que yacía en el suelo.
Tras él, un enorme ser con facciones humanas y de lobo mezcladas a partes iguales entraba a la casa.
-¿Qué demonios haces aquí, Meghan? ¿Por qué no estabas cuando te busqué?- gruñó amenazante, caminando hacia la chica, que debido al miedo no podía ni siquiera temblar.
-Yo... yo... No podía entrar y la lluvia caía y tú estabas... estabas indispuesto y yo...
-¿Y lo primero que decidiste hacer es ir a revolcarte con el primer tipo que te pasó enfrente?
-Demien... me sacaste a golpes de la casa y...
-Guarda tus malditos lamentos. Vendrás conmigo en este preciso momento o si no...
-Ja. Alguien como tú no sería capaz de tocar a un alfa- interrumpió Mikel mientras se incorporaba después de haber dado un último adiós a su puerta, o a lo que quedaba de ella.
-¿Qué dijiste, infeliz? ¿Acaso escuché bien? ¿Estás presumiendo de ser un alfa con ese miserable aspecto?- Demien volvió su amenazante atención hacia él.
-No hablaba de mí... Pero veo que eres un lobo poderoso y tienes un olfato agudo. Te diste cuenta de dónde estaba Meghan y también notaste lo que soy-.
-¿Cómo no lo notaría? Apestas a lobo de segunda. ¿Por qué no te transformas de una vez y acabamos con esto, ya que tienes tantas ganas de que te mate?-
Apenas parpadeó; perdió de vista a Mikel, quien ya se encontraba frente a Meghan.