La luz del sol entró por la ventana, aterrizando directamente sobre sus párpados cerrados.
Con un leve gruñido de incomodidad, se giró hacia un costado para evitarla.
Mientras se acurrucaba en la comodidad de la cama y las sábanas, abrió ligeramente los ojos.
El color azul rey de una de las paredes de la habitación fue lo primero que vio.
Apenas su cerebro procesó el color, todas las escenas e ideas del día anterior invadieron su mente y la despertaron de golpe, como si alguien hubiera arrojado sobre ella un balde de agua helada.
Súbitamente se incorporó, quedando sentada en la cama.
El color intenso de las paredes, el tamaño y la suavidad de la cama, el sol que entraba por una ventana ubicada exactamente al lado contrario de donde debía estar.
No era su habitación, ni su cama, ni su hogar.
Abrió la puerta de la habitación y lentamente bajó por las escaleras; al hacerlo, su cerebro aún se debatía sobre si todo lo que había pasado era real o si se encontraba en un sueño.
Al bajar el último escalón, un aroma la golpeó de lleno: manzana y canela.
De una extraña forma, eso la tranquilizó un poco; el aroma delicioso contrastaba con la tormenta que había dentro de ella.
-Oh, buenos días, Meg. Espero que hayas pasado una noche tranquila. ¿Pudiste descansar? -preguntó Mikel mientras revolvía un contenedor que tenía sobre la estufa.
Meghan no respondió; solo asintió con la cabeza de forma afirmativa a la pregunta de Mikel.
-Ven aquí, siéntate. Debes estar hambrienta; acabo de preparar el desayuno.
Se acercó a la mesa lentamente, mirando todo a su alrededor.
Antes de sentarse, echó un vistazo hacia su izquierda y se encontró con la puerta sobrepuesta, aún con el daño sufrido el día anterior.
Miraba con atención a Mikel moverse de un lado a otro de la cocina y, de vez en cuando, prestaba también atención a su alrededor: las paredes, los muebles e incluso las decoraciones más pequeñas.
No decía ni una sola palabra ni parpadeaba; parecía una pequeña niña perdida tratando de reconocer su entorno.
-Aquí tienes. Espero que te guste. Es un plato que me encantaba comer cuando era niño: son manzanas horneadas condimentadas con canela, rellenas de moras frescas en su centro y con un pequeño baño de miel. La combinación de sabores es deliciosa, te lo juro -explicó
Mikel, entusiasta, mientras colocaba el plato frente a ella.
Meghan no apartaba la mirada de sus ojos mientras le explicaba el platillo; cuando terminó, miró las manzanas, tomó una y la mordió.
Tenía razón: el ligero sabor a canela contrastaba con la leve acidez de las moras, y el pequeño baño de miel resaltaba el dulzor natural de la manzana.
-Y, para acompañarlo, un delicioso té rojo. Créeme, es la mejor combinación -dijo mientras le acercaba una taza y se sentaba en la mesa frente a ella con otra en la mano.
-¿Por qué...? -Un susurro casi inaudible salió de la boca de Meghan por primera vez.
-¿Perdón? ¿Qué dijiste?
-¿Por qué haces todo esto? -insistió, dejando la manzana en el plato y mirándolo fijamente.
-¿A qué te refieres?
-Sabes a qué me refiero. Todo lo que pasó ayer... tus atenciones... ¿por qué estás ayudándome? ¿Por qué te preocupas? Y, sobre todo, ¿quién eres tú? -Cada pregunta sonaba más confundida que la anterior.
-Bueno, pues... en respuesta a tu última pregunta... mi nombre es Mikel; soy un historiador.
-Un... ¿historiador? ¿Te refieres a esas personas que recorren los pueblos recolectando historias, leyendas y eso?
-Así es. Solo estoy de paso. Me enfoco en recolectar las historias de la gente, conocer sus deseos y necesidades.
-Ya veo; eso explica por qué jamás te había visto. Tu cara no me suena de nada.
Mikel esbozó una leve sonrisa melancólica, casi triste.
-Pues encontrarás que las necesidades de las personas por aquí son mucho más que sus deseos. El orden en el reino ha sido bastante inestable durante los últimos años y ha dificultado la vida de la gente, incluso en los pueblos más pequeños como este.
-Sí... lo he notado.
-Pero tengo plena confianza en que eso cambiará. Me reconforta la esperanza de que en poco tiempo todo cambiará -exclamó Mikel después de dar un trago a su té.
-Aun así, todo eso no responde a mi pregunta más importante. ¿Por qué te has tomado tantas molestias ayudándome?
Mientras lo cuestionaba, Meghan acercaba su mano poco a poco a la taza, casi como si no quisiera que Mikel se diera cuenta, algo que este notó de inmediato y le causó curiosidad.
-¿Por qué lo hice? Bueno, yo estaba ahí; tú necesitabas ayuda. Era la acción más lógica, ¿no crees? Además, me resultó frustrante que alguien como tú se permitiera vivir así.
-¿Cómo? ¿A qué te refieres? -Su mano había sujetado por fin la taza y estaba lista para levantarla.
-He viajado mucho y he conocido a muchas personas. Desarrollé una habilidad para identificar a personas especiales que tienen un gran valor o virtudes que incluso ellas mismas desconocen.
Meghan bajó la taza después de darle un sorbo al té lentamente, como si demorarse más hiciera invisible su acción.
-Te agradezco todo lo que has hecho por mí, aunque no sé si sea bueno del todo.
-¿Por qué sería malo? -preguntó, intrigado, Mikel.
-Ayer yo dije cosas... hice cosas... creo que mi mundo terminó -se lamentó, recordando el momento en que había rechazado a Demien y había exclamado que no quería ir más con él.
-Bueno, eso no es del todo malo. Los finales siempre son una buena oportunidad para que algo nuevo inicie. No sabemos en qué momento, de qué manera o en qué lugar, pero siempre, en cada minuto que vivimos, avanzamos de forma inevitable hacia el futuro; lo hacemos incluso cuando todo parece oscuro.
Meghan tomó otro sorbo de té y miró fijamente a Mikel, sonrojada y casi preocupada.
-¿Pasa algo? ¿Está todo bien con el té?