Entre Luna y Sangre

Cap.10 Lo que no se puede ignorar

Meghan abrió los ojos con la sensación de no haber dormido realmente. El techo le resultaba ajeno, como si durante la noche algo hubiera cambiado, aunque todo permaneciera igual.

Se incorporó lentamente.

La decisión estaba tomada.

Y aun así... no se sentía como una decisión.

Buscó a Lily, pero solo encontró una nota en la mesa: "Estaré en la escuela, deberías venir también".

Desde que había sucedido todo lo de Demien, Meghan no había asistido a la escuela de alfarería.

––Seguro que no hay nada de malo en que me tome otro día ––dijo en voz baja.

Se puso de pie y buscó comida en la alacena. Manzanas y miel; inmediatamente recordó las manzanas horneadas que Mikel le había preparado.

Sacudió la cabeza como si el recuerdo fuera una acción prohibida.

––Debería conseguir algo más que manzanas.

Salió de casa, dispuesta a ir al mercado a conseguir comida.

Con cada paso que daba, se alejaba más de la realidad y se perdía en sus propios pensamientos.

Caminaba ahora sin rumbo fijo.

El pueblo estaba despierto: vendedores acomodando sus puestos, niños corriendo entre las calles, el murmullo cotidiano de una vida que seguía sin preguntarle nada a nadie.

Meghan avanzaba entre todo eso sin realmente verlo.

––Es lo correcto... ––murmuró para sí misma.

No ir. No confiar en un desconocido.

No dejar su vida por una historia imposible.

Eso era lo lógico. Y, sin embargo... algo no encajaba.

No era Mikel. No era la idea de ser reina.
Era... otra cosa. Una inquietud.
Una pregunta que no la dejaba en paz.

––¿Y si es verdad? Lo que yo soy...

Sus pasos la llevaron, casi sin darse cuenta, hasta la plaza del pueblo.

El griterío de unos niños jugando llamó su atención y, al dirigir la mirada en esa dirección, lo vio: sentado en una banca, observándolos.

Un grupo jugaba cerca. Una niña tropezó, cayó de bruces contra el suelo... y, tras un segundo de silencio, se levantó por sí misma y siguió corriendo como si nada hubiera pasado.

Mikel sonrió. No era una sonrisa grande.
Era... suave. Tranquila. Con algo de melancolía.

Meghan se detuvo en seco. Instintivamente, se ocultó tras un árbol cercano.
No quería que la viera.

Mikel se recargó en la banca. Cerró los ojos.
Y, por un momento... dejó de estar ahí.

Ahora se encontraba lejos... Años atrás.

Un grupo de niños jugaba en la plaza.

Trataban de sacarse a empujones de un círculo dibujado en la tierra.

Se acercó tímidamente hacia ellos y vio a una niña de cabello castaño y ojos esmeralda lanzar fuera a un niño del doble de su tamaño.

––¿Quién será el siguiente? ––gritaba emocionada.

Su cabello revuelto, ropa llena de polvo y tierra, eran señal de que llevaba ya un rato compitiendo contra otros niños.

La miró con confusión.

––¿Quién querría ensuciarse tanto? ––pensó.

––Oye tú, ¿eres nuevo por aquí? Jamás te había visto.

Le gritó la niña desde el centro del círculo.

––Yo... no... solo estoy...

––¡Ven aquí! ¡Juguemos!

Se acercó a él y lo jaló del brazo hasta dentro del círculo.

––No, yo no puedo; si ensucio mi ropa, mi madre me matará.

––Ya veo... ¿Eres uno de esos niños ricos que no saben jugar, verdad? ––entrecerró los ojos, mirándolo––. Apuesto que también eres un debilucho.

––¿Cómo dices?

––Si no es así, prueba que me equivoco. Ambos nos empujaremos hombro con hombro, uno contra el otro. El que salga del círculo pierde.

––En verdad no debería...

––¿Lo harás o eres gallina?

Ese comentario encendió su orgullo.

––Como quieras.

––¡Bien dicho!

Ambos se pusieron en posición, hombro con hombro, y comenzaron a empujarse.

La niña lo hacía con más fuerza, con práctica; parecía estar divirtiéndose más que esforzándose.

El niño estaba llegando al límite del círculo.

Cuando la niña tomó impulso para el último empujón, él se adelantó, empujándola con todas sus fuerzas, rompiendo su equilibrio y haciendo que cayera de espaldas de forma aparatosa.

––Perdóname, no quise ser tan brusco; no creí que cayeras––dijo, acercándose a la niña, que se encontraba en el suelo tomándose el codo.

––No te preocupes.

––Tu codo... está sangrando...

––¿Esto? No es nada, jaja. Hay que continuar.

––No podemos, debes ir a que te revisen.

––Claro que podemos. No puedes parar por un pequeño raspón. No puedes permitir que un poco de dolor te detenga––dijo la niña, poniéndose en posición de nuevo.

El niño dudó un poco, pero continuó.
––¿Listo? Uno... dos... ¡tres!

Apenas terminó el conteo, le dio un empujón tan fuerte que lo sacó volando del círculo y lo hizo caer de espaldas sobre la tierra.

––Ouch...––dijo el niño, tocando un raspón en su codo, de donde brotaba un poco de sangre.

––¿Ves? Ahora tú también tienes uno. No tiene nada de malo ni morirás por eso.

La niña señalo su propia herida con una enorme sonrisa, como si fuera motivo de orgullo.

El niño la observó, impresionado por su actitud ante la herida, y le devolvió la sonrisa.

––Eres muy fuerte... ¿Cuál es tu nombre?

––Me llamo Meghan ––exclamó––. ¿Cuál es el tuyo?

––Mi nombre es...

––¡Joven Mikel!––gritó un hombre horrorizado.

––¿Dónde se había metido? ¿Qué le ha hecho a su ropa y... es eso sangre? ––mientras más lo veía, más se horrorizaba––. Si su padre lo ve así, va a matarme. Vámonos, debo cambiar su ropa––le dijo, jalándolo del brazo y llevándoselo con prisa.

La niña lo veía ser arrastrado mientras se despedía con la mano.

––Mikel... ¡Me llamo Mikel!––gritó, pero la niña pareció no haberlo escuchado y volvió a jugar con los otros niños.

Mikel abrió los ojos, saliendo de su recuerdo y volviendo de golpe a la banca.

––¡Vamos, hay que seguir jugando!––gritó una niña frente a él.

––Energía inagotable... igual que tú, Meg––susurró con una sonrisa.




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