El sendero terminó sin que se percataran de ello.
Los árboles comenzaron a abrirse poco a poco hasta que el bosque dejó de sentirse como un encierro y volvió a ser paisaje.
La ciudad apareció frente a ellos. No era exactamente grande, pero sí mucho más viva que el pueblo que habían dejado atrás.
Carretas, voces de comerciantes, el sonido de metal siendo golpeado en algún punto lejano, el aroma de comida caliente en el aire.
Meghan desaceleró apenas, observando todo a su alrededor. Había más gente, más movimiento, más ruido, y aun así ella seguía tensa, alerta, como si su cuerpo no hubiera salido del bosque del todo.
Mikel, en cambio, seguía caminando sin dudar, como si el lugar le fuera completamente indiferente.
––Comeremos algo ––dijo, señalando con la mirada una pequeña cafetería.
No pidió opinión, pero tampoco la ignoró.
Meghan asintió ligeramente y lo siguió.
El lugar era sencillo. Mesas de madera, ventanas abiertas y el murmullo constante de conversaciones ajenas.
Nada especial, pero aun así todo se sentía extraño.
Se sentaron en una mesa cerca de la puerta, frente a frente.
Se hizo un silencio, cómodo o incómodo, según se viera.
Una mujer se acercó a tomar su orden.
––¿Qué puedo ofrecerles?
Mikel ordenó sin siquiera mirar el menú.
––¿Siempre sabes qué pedir? ––preguntó Meghan, apoyando los codos en la mesa.
––Casi siempre.
––Eso suena aburrido.
––O práctico ––respondió Mikel con una leve sonrisa.
Meghan soltó una pequeña exhalación por la nariz.
––Claro... El príncipe que no necesita guardias tampoco necesita menú.
Eso le arrancó una sonrisa más visible, pero breve.
––¿Y tú?
Meghan estaba mirando el menú, aunque no lo leía realmente, solo fingía hacerlo.
––Una sopa caliente, por favor ––respondió al final.
La mujer asintió y se retiró.
––¿Sopa?
––¿Tienes algún problema con la sopa?
––Ninguno... Solo no me entusiasma.
Mientras esperaban, el ruido del lugar los envolvió. Platos, cubiertos, risas. Una vida completamente ajena a lo que Meghan había sentido esa mañana.
––¿Siempre es así? ––preguntó de pronto.
Mikel arqueó una ceja.
––¿Así cómo?
––Como si tuvieras el control de todo... Como si nada te afectara ––fue directa y sin rodeos.
Mikel no respondió de inmediato; meditó su pregunta.
––Todo me afecta, y poco es lo que puedo controlar realmente ––dijo al final.
Meghan frunció el ceño.
––No lo parece.
––No necesito que lo parezca.
Eso la dejó en silencio. No era evasivo, pero tampoco era claro, y eso empezaba a frustrarla. Lo había seguido en busca de respuestas, y hasta el momento no tenía ninguna, ni a las preguntas más básicas.
La comida llegó. Caliente, simple. El vapor subía lentamente entre ellos.
Meghan lo observó un segundo y luego comenzó a comer. Tenía hambre, mucha más de la que había notado.
––Y... ¿Siempre viajas solo? ––preguntó entre bocados.
––De hecho no, casi nunca.
––¿Y ahora sí?
Mikel tomó un momento antes de responder.
––No, ahora no ––respondió, mirándola.
Meghan levantó la mirada, la sostuvo, pero no dijo nada.
Después de unos minutos, terminaron de comer. La mesera se acercó a retirar los platos.
––Estuvo realmente delicioso ––agradeció Meghan, satisfecha.
––Me alegra que lo disfrutaran ––dijo la mesera, sonriendo.
––Aquí tienes, muchas gracias por todo ––agregó Mikel, extendiéndole unas monedas.
––Señor, disculpe, esto es el doble de su cuenta...
––Está bien así, tenemos prisa ––la interrumpió, haciendo una seña a Meghan para retirarse––. Gracias por todo.
Ambos salieron de la cafetería rumbo a la estación de tren.
––¿Derrochar dinero también es costumbre de la realeza, no? ––preguntó Meghan, sarcástica y confundida.
––¿Derrochar?
––Pagaste el doble de la cuenta.
––Oh, eso... Mi padre me explicó una vez que, cuando los reyes acuden a algún sitio... ––hizo una pausa, recordando––. Los trabajadores siempre se esfuerzan el doble por atenderlos. Así que nosotros deberíamos recompensar el doble de su esfuerzo.
Meghan lo observó fijamente, con una mueca de inconformidad.
––¿Esa persona sabía siquiera que eres un príncipe?
––¿Necesito que lo sepa para actuar como uno?
––Como quieras... De cualquier forma, ni siquiera yo estoy segura de que lo seas ––respondió, encogiéndose de hombros.
El tren ya se encontraba en la estación cuando llegaron.
El sonido metálico llenaba el aire. Ruedas, vapor, gente subiendo y bajando con prisa.
Era más grande de lo que Meghan esperaba, más... definitivo.
Se detuvo frente a él, observándolo.
––¿Nunca has subido a uno? ––preguntó Mikel.
––¿Me ves como algún tipo de campesina? Claro que he subido a un tren... cuando era niña... ––respondió, pasando de la indignación a la pena––. Además, siempre he creído que son para personas con un destino claro.
––¿Y ahora no lo tienes? ––preguntó Mikel, ladeando la cabeza.
Meghan lo miró de reojo y luego miró la puerta del tren.
––Lo tengo... pero no sé si va a gustarme.
Ese fue el comentario preciso. Mikel subió primero, sin insistir, sin ofrecer ayuda, solo confiando en que ella lo seguiría.
Y Meghan... lo hizo.
El interior era más estrecho de lo que parecía.
Asientos enfrentados, pequeñas mesas entre ellos. Ventanas amplias, movimiento constante incluso antes de arrancar.
Se sentaron uno frente al otro.
Por primera vez desde que habían partido: sin camino, sin personas alrededor, sin distracciones, solo ellos.
El tren comenzó a moverse, lento, pesado, hasta que el mundo afuera empezó a deslizarse.
Primero la ciudad se movía detrás del cristal, luego los campos y luego nada fijo, solo tránsito.
Meghan apoyó la cabeza ligeramente contra la ventana.
El vidrio estaba frío.
Cerró los ojos un segundo y entonces lo sintió otra vez.