Entre Mensajes

Capítulo 2

09:12 a.m. - Buenos Aires, Argentina.

Dormir tres horas y pretender funcionar como un ser humano debería ser considerado un deporte extremo.

Olivia estaba sentada en el aula de Diseño Editorial, con un café horrible en la mano y la mirada perdida en la pantalla de la notebook, mientras el profesor explicaba algo sobre tipografías, jerarquías visuales y probablemente cosas importantes que ella no estaba procesando.

Tenía abierto Illustrator, una entrega a medio hacer y cero ganas de existir.

El aula olía a café recalentado, ansiedad universitaria y sueño acumulado. Afuera, Buenos Aires ya estaba completamente despierta; adentro, la mitad del curso seguía peleando por volver a la vida.

Estudiaba Diseño Gráfico desde hacía dos años.

Le gustaba. Mucho, incluso.

Le gustaba crear, pensar, encontrar belleza en detalles que a la mayoría le parecían insignificantes. Le gustaba esa sensación de ordenar el caos en algo que tuviera sentido.

Desde chica tenía esa costumbre de mirar todo demasiado: los carteles mal alineados, los colores que no combinaban, las portadas feas de libros buenos, los menús mal diseñados de restaurantes donde terminaba trabajando.

Todo le llamaba la atención.

Diseño le había dado una forma elegante de justificar esa obsesión.

No era solo "hacer cosas lindas", como decía su tía cada vez que preguntaba qué estudiaba.

Era resolver problemas, comunicar sin decir demasiado, hacer que algo se sintiera de cierta manera antes incluso de que alguien lo entendiera.

Y Olivia era buena en eso. En decir cosas sin decirlas del todo, mucho mejor que en la vida real.

Tenía una entrega importante esa semana, una corrección grupal que probablemente iba a terminar haciendo sola y un profesor que disfrutaba humillar alumnos con una tranquilidad admirable.

Aun así, le gustaba estar ahí.

Lo que no le gustaba era cursar a las nueve de la mañana después de una crisis existencial ajena.

— ¿Por qué tu cara me dice que te mandaste alguna cagada o algo malo hiciste? —Preguntó Sofía, sentándose al lado suyo y dejando la mochila sobre la silla con dramatismo.

Olivia ni la miró.

— No fui yo, fue un chico.

— Ah, peor.

Eso sí la hizo reír.

Sofía era su mejor amiga y probablemente la única persona con permiso legal para decirle verdades que no quería escuchar. De pelo oscuro, carácter filoso y una habilidad casi sobrenatural para detectar problemas sentimentales antes de que existieran.

Era de esas personas que podían mirar un mensaje durante tres segundos y diagnosticarte una mala decisión.

Olivia tomó otro sorbo de café.

Seguía horrible.

— Me llamó un chico a las dos de la mañana.

Sofía giró la cabeza tan rápido que casi se lastima.

— Perdón, ¿qué?

— Número equivocado.

— Eso suena a excusa de chamuyo.

— No, literal. Quería llamar a su mejor amigo. Estaba drogado.

Silencio.

Sofía parpadeó una vez.

— Olivia.

— Sí.

— Decime por favor que cortaste.

Ella miró la pantalla de la notebook como si ahí estuviera la respuesta correcta.

No estaba.

— No exactamente.

— ¿Qué significa "no exactamente"?

— Significa que hablamos como... media hora.

Sofía cerró los ojos y apoyó la frente en la mesa como si necesitara procesarlo físicamente.

— No puedo defenderte si vos misma no colaboras.

— No fue así.

— ¿Ah, no? ¿Cómo fue entonces?

Olivia suspiró.

Era difícil de explicar sin sonar todavía más ridícula, porque en su cabeza también sonaba ridículo.

— No sé, fue raro. Empezó como una estupidez, pero después... no sé, hablamos bien. De verdad, no parecía estar chamuyando todo el tiempo.

— Pero chamuyaba.

— Sí, muchísimo.

— Excelente. Seguimos mal.

Olivia abrió WhatsApp por reflejo, el mensaje seguía ahí sin respuesta.

Como si ignorarlo fuera una decisión madura y no simple cobardía.

— Encima me escribió después.

Sofía levantó la cabeza lentamente.

— No. No, Olivia. No me gusta esta historia.

— A mí tampoco.

— Mentira, te encanta.

Olivia hizo una mueca.

Odiaba cuando tenía razón.

— No sé ni cómo es físicamente.

— Mejor, así podés decepcionarte con tiempo.

— Gracias por tu apoyo emocional.

— Para eso estoy.

— ¿Qué te escribió?

— "Buen día, necesito saber si ayer fui un desastre o si estuve bastante cuerdo y no dije cosas muy estúpidas". —Olivia respondió, Sofía rodó los ojos.

El profesor empezó a caminar entre las filas revisando avances y media aula fingió estar mucho más productiva de lo que realmente estaba.

Olivia cambió de pestaña rápido, como si eso pudiera ocultar que llevaba quince minutos mirando el mismo diseño sin tocar nada. Tenían que armar la identidad visual completa de una cafetería ficticia: logo, paleta de colores, packaging, redes sociales, todo.

Le gustaban esos trabajos.

Le gustaba pensar qué hacía que un lugar pareciera cálido, qué tipografía hacía que algo se sintiera elegante y qué colores daban ganas de quedarse.

Todo era percepción.

Y ella entendía bastante de eso.

De parecer tranquila cuando estaba ansiosa, indiferente cuando algo le importaba demasiado, parecer segura cuando en realidad estaba improvisando.

Tal vez por eso diseño le salía tan natural.

— Olivia —dijo el profesor, frenando frente a su banco.

Levantó la vista de golpe.

— Sí.

— ¿Pensás diseñar hoy o solo mirar la pantalla con intensidad?

Sofía se tapó la risa con la mano.

— Estoy en proceso creativo.

— Excelente, espero que el proceso se entregue el viernes.

Siguió caminando.

Sofía explotó.

— Te humilló académicamente.

— Voy a abandonar la carrera.

— No, porque después no podrías stalkear hombres con criterio estético.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.