Bocinazos, gente apurada, colectivos frenando mal.
El caos normal de un mediodía porteño.
Subió al colectivo con auriculares puestos y la cabeza demasiado llena. Se sentó junto a la ventana, en uno de los asientos más alejados, apoyó la mochila sobre las piernas y miró la ciudad pasar como si eso pudiera acomodar las ideas.
No podía.
Su rutina no dejaba mucho espacio para dramas románticos inventados.
Cursaba a la mañana, trabajaba a la tarde y llegaba a su casa pasada la medianoche con suerte y ganas de no hablar con nadie.
No había demasiado margen para enamorarse de voces ajenas.
Y además, ni siquiera era eso. No estaba interesada, no realmente. Era solo curiosidad.
La curiosidad de alguien que aparece de la nada y logra quedarse un rato en tu cabeza sin permiso.
Nada más.
Se repitió eso todo el camino.
No ayudó.
Suspiró, abrió la mochila y sacó el libro que llevaba siempre encima.
Una novela bastante gastada, con las puntas dobladas y un par de anotaciones en lápiz en los márgenes. Le gustaba leer en los viajes porque era la única forma real de desconectarse del ruido.
Auriculares puestos, ventana al lado. Un capítulo más antes de volver al mundo.
Ese era su pequeño ritual.
Abrió por donde había dejado la noche anterior y empezó a leer mientras el colectivo avanzaba lento entre semáforos y avenidas llenas. Por unos minutos funcionó, las voces ajenas, la historia de otros, los problemas inventados de personajes ficticios siempre eran más fáciles que los propios.
Pasó una página.
Después otra.
Hasta que leyó el mismo párrafo tres veces y se dio cuenta de que no estaba entendiendo absolutamente nada, porque en algún rincón molesto de su cabeza seguía apareciendo la misma voz.
Capaz tuve suerte.
Cerró el libro con un poco más de fuerza de la necesaria.
Ridículo.
Absolutamente ridículo.
Una llamada de media hora no debería tener derecho a ocupar tanto espacio mental.
Miró por la ventana otra vez.
La ciudad seguía ahí, apurada, indiferente, como si a nadie más le importaran esas pequeñas cosas que de repente se volvían enormes.
Guardó el libro de nuevo en la mochila, claramente hoy no iba a leer nada.
Desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche trabajaba en gastronomía, atendiendo en un restaurante de Palermo donde el estrés venía incluido en el uniforme.
Clientes insoportables, pedidos mal anotados, cocineros peleándose y compañeros sobreviviendo a base de café y sarcasmo.
No era el trabajo de sus sueños, pero pagaba cuentas.
La facultad, los apuntes, los viajes, la independencia que todavía no terminaba de alcanzar.
Y por ahora, eso alcanzaba.
A las 15:47, mientras se cambiaba en el vestuario del restaurante y se ataba el pelo frente al espejo, volvió a mirar el celular.
Seguía sin responderle.
Seguía pensando en responder.
Seguía siendo una idiota.
Se hizo una cola alta, se acomodó el uniforme y se observó un segundo en el espejo: cara de cansancio, ojeras honestas, cero dignidad emocional.
Perfecto.
Abrió el chat.
Lo miró.
Lo cerró.
Lo abrió otra vez.
— Dios, qué vergüenza das. —Murmuró para sí misma.
No entendía por qué le costaba tanto ignorarlo, era simplemente esa sensación molesta de una historia inconclusa.
Cómo empezar una película mala y necesitar terminarla igual.
Justo cuando estaba por guardarlo, apareció el cartel:
Bautista está escribiendo...
Olivia se quedó quieta, como si moverse pudiera empeorar la situación. Martina entró al vestuario con una bandeja vacía en la mano.
— ¿Por qué tenés cara de que viste un fantasma?
— Peor.
— ¿Un ex?
— También peor.
Martina se acercó.
— No me digas que es el del llamado raro.
Olivia había cometido el error de contarle.
No en persona, porque a esa hora de la madrugada no pensaba socializar con nadie, pero sí por mensaje, mientras intentaba convencerse de que hablar media hora con un desconocido drogado no era tan absurdo como sonaba.
Martina había respondido exactamente lo esperado: "Vos atraés problemas con una constancia admirable."
Y después: "¿Está bueno al menos?"
Desde entonces, estaba demasiado involucrada emocionalmente en una historia que recién empezaba y probablemente ya juzgaba mejor que Olivia.
Por eso ahora la miraba con esa expresión de reality show sentimental.
Olivia no respondió, eso ya era respuesta suficiente. Martina suspiró.
— Dios, no entiendo cómo te gusta mucho sufrir.
— No amo sufrir.
Nuevo mensaje, Olivia bajó la vista.
Bautista: Voy a asumir que estás ignorándome porque prefieres parecer interesante y no porque realmente te caí mal. Necesito preservar mi autoestima.
Martina leyó por encima de su hombro.
Y sonrió lentamente.
— Ah, no. Tiene gracia, estamos en peligro.
Olivia apoyó la frente contra la puerta del locker.
— Ya me lo dijeron hoy.
— ¿Y? ¿Le vas a contestar?
Miró la pantalla.
Sabía perfectamente cuál era la decisión madura: Ignorarlo, seguir con su vida, no abrir la puerta a un desconocido chamuyero de tonada rara que claramente venía con problemas incluidos.
Perfecto.
Entonces escribió:
Olivia: Voy a dejar que tu autoestima sobreviva por hoy.
Olivia: ¿Cómo estás, drogado desconocido?
Martina apoyó una mano en su hombro.
— Felicitaciones, acabas de abrir una puerta que probablemente termine en desastre.
El celular vibró casi instantáneamente.
Bautista: Sabía que ibas a volver, pero tengo que admitir que ya me estaba encariñando con el rechazo.
22:47 p.m.
El turno fue un caos.