06:58 a. m.
Era viernes, día de entrega del trabajo.
Olivia estaba sentada en su cama con la notebook sobre las piernas, la espalda apenas apoyada contra la pared y una taza de café que ya se había enfriado hacía rato en la mesa de luz. La habitación estaba en silencio, salvo por el leve zumbido de la computadora y algún ruido aislado de la casa: la tele en el living, un portazo, pasos que iban y venían.
Había dormido poco otra vez.
Por esa mezcla de ansiedad previa a entrega y cansancio acumulado que no te deja descansar del todo.
El archivo seguía abierto.
"CAFETERÍA — IDENTIDAD FINAL_v6 (definitivo ahora sí en serio)".
Esta vez, con suerte, sí.
El logo estaba mejor, mucho mejor que el primer intento. Había cambiado la tipografía por algo más limpio, más moderno, y la paleta finalmente tenía sentido: tonos cálidos, pero no obvios; un equilibrio entre lo clásico y lo actual que lograba transmitir lo que quería sin ser forzado.
Había pasado horas en eso.
Ajustando detalles que nadie más iba a notar. Probando combinaciones que terminaban en "no, esto no", pero ahora funcionaba.
No perfecto, pero funcionaba.
Y eso, en diseño, muchas veces era suficiente.
Se inclinó un poco hacia adelante, revisando una vez más las mockups: el vaso, la bolsa, las piezas para redes. Todo alineado, todo coherente, todo... presentable.
Guardó, exportó, esperó.
Ese segundo donde el programa parece tardar más de lo necesario y te hace pensar que todo se va a romper justo ahora.
No pasó, archivo listo. Olivia se dejó caer hacia atrás contra el respaldo, cerrando los ojos un segundo. Alivio, corto, pero real. Ella había cumplido.
Después de días de dar vueltas, de dudar de todo, de no poder concentrarse del todo, lo había terminado.
Y aun así...
Su mano fue, casi automáticamente, hacia el celular. Lo agarró, lo desbloqueó, el chat seguía ahí. No había nada nuevo y eso le generó algo que no esperaba. No era decepción, pero tampoco le daba igual.
Hizo una mueca, como si quisiera borrar esa sensación antes de que tomara forma.
Ridículo.
Dejó el celular al lado suyo, pantalla hacia abajo, como intentando volver a la versión de ella que tenía prioridades claras: entregar, aprobar, seguir.
Se incorporó de nuevo, revisó por última vez el archivo exportado, abrió la plataforma de la facultad y lo subió.
Click.
Listo.
Ahora sí.
Exhaló lento.
Desde el living se escuchó la voz de su hermano gritando algo que claramente no tenía importancia y su mamá respondiendo con ese tono de "no empieces".
Vida normal, rutina, todo en orden.
Olivia cerró la notebook, la dejó a un costado y se quedó sentada en la cama unos segundos más, sin hacer nada. Debería sentirse más tranquila, y en parte lo estaba, pero también había algo más. Una especie de espacio vacío donde antes estaba la excusa de "no tengo tiempo", ahora sí tenía.
Y no sabía muy bien qué hacer con eso.
Miró el celular otra vez, dudó, lo agarró, lo desbloqueó y abrió el chat.
El mensaje quedó ahí unos segundos antes de que ella lo enviara. Lo leyó una vez más, no porque dudara del contenido, no decía nada importante, sino porque medía cuánto se estaba exponiendo. Era lo justo: una puerta entreabierta, no una invitación. Apretó enviar.
Olivia: Reviví, desconocido.
Dejó el celular boca arriba sobre la cama y se quedó mirándolo unos segundos, como si esperara que contestara inmediatamente. No pasó.
Se obligó a levantarse, estiró la espalda y caminó hasta la cocina sin demasiado propósito. Su mamá estaba preparando mate, la televisión de fondo hablaba de algo que nadie estaba escuchando.
— ¿Terminaste? —preguntó.
— Sí.
— ¿Te fue bien?
Olivia hizo una mueca leve, de esas que no comprometen.
— Creo.
Volvió a su cuarto, se cambió rápido, se ató el pelo sin demasiado cuidado y agarró la mochila casi por inercia. Tenía que ir a la facultad a entregar el trabajo en persona, mostrarlo, escuchar la devolución. No había mucho espacio para distracciones, al menos en teoría.
Cuando salió de la habitación, su hermano estaba en la cocina, apoyado contra la mesada, desayunando cereales directamente de la caja mientras miraba el celular.
— Qué elegancia. —Dijo Olivia, pasando por al lado.
— Estoy en modo supervivencia.
— Tenés dieciséis, no sobrevivís a nada.
— Vos sobrevivís a hablar con raros por teléfono a las tres de la mañana, no podés decir nada.
Olivia se frenó en seco.
— ¿Quién te contó eso?
— Mamá no, quedate tranquila. —Respondió sin mirarla—. Te escuché la otra noche.
Genial.
— Escuchar conversaciones ajenas es de psicópata.
— Hablar sola también.
Olivia le dio un golpecito en la cabeza al pasar.
— Terminá el colegio.
— Terminá terapia.
— Andá a lavarte los dientes.
— Andá a trabajar.
Se miraron medio segundo.
— Sos insoportable.
— Vos también.
Olivia agarró las llaves, se colgó la mochila y salió antes de que la conversación escalara a algo innecesario.
El aire de la mañana la recibió más fresca de lo que esperaba. La ciudad ya estaba en movimiento, pero todavía no en su punto máximo de caos. Caminó hasta la parada del colectivo con paso tranquilo, sintiendo ese cansancio leve que aparece cuando dormís poco pero igual tenés que funcionar.
Subió, encontró un asiento junto a la ventana y se dejó caer con un suspiro casi imperceptible.
En el colectivo, intentó concentrarse en otra cosa. Se puso los auriculares, miró por la ventana, dejó que la música tapara un poco el ruido constante de la ciudad. Después sacó el celular y abrió el archivo exportado del trabajo para revisarlo una vez más, como si eso pudiera cambiar algo a último momento.
Encontró un detalle mínimo, un espaciado que no era perfecto.