02:47 a.m. - Buenos Aires, Argentina
Olivia odiaba las llamadas de madrugada, nunca traían nada bueno.
O era una emergencia, o alguien borracho, o algún ex con el ego herido y demasiado tiempo libre. En cualquiera de los casos, atender nunca terminaba bien,
Por eso, cuando el celular vibró sobre la mesa de luz y la pantalla iluminó la habitación oscura, lo primero que hizo fue putear en voz baja.
"Número desconocido".
Perfecto... Murmuró.
Giró en la cama, todavía medio dormida, y miró la hora con un ojo apenas abierto. 02:50 am.
— Ni en pedo... —Maldijo, tapándose otra vez con la frazada. El celular había dejado de sonar.
Silencio.
Dos segundos después, volvió a sonar.
Olivia abrió los ojos de golpe.
— Dale, no me jodas... —Se incorporó, agarró el celular y atendió con una mezcla de fastidio y resignación que sólo existe a esa hora—. Más vale tener una buena excusa para llamar a esta hora. —Del otro lado hubo silencio, respiración, ruido de fondo, música lejana, gente hablando, una puerta cerrándose—. ¿Hola?
Y después, una voz de hombre, grave, arrastrando un poco las palabras.
— Santi... boludo, atendiste al fin.
Olivia frunció el ceño.
— No soy Santi. —Respondió seca.
Hubo una pausa en la llamada.
— ¿Cómo que no sos Santi?
— Y... Porque no me llamo Santi. Bastante obvio.
Hubo otro silencio, hasta que una risa corta y seca lo rompió.
— Ah, bueno. Marqué como el orto entonces. —El chico desde el otro lado maldecía, aunque parecía no estar en todos sus cabales.
— Y bastante.
— Perdón, no era para vos esta llamada.
— Se nota. —Olivia miró el techo, ya despierta del todo. Él claramente estaba borracho, o peor.
— ¿Qué tan mal sueno? —Preguntó.
— Suena como si estuvieras llamando desde otra dimensión. —Ella respondió, él rió otra vez, pero una risa más sincera.
— Eso debe ser porque, probablemente, lo estoy.
Olivia debería haber cortado la llamada en ese momento, como cualquier persona normal, pero había algo raro en esa voz, no era sólo borrachera, había algo más que no lograba descifrar.
— ¿Estás bien? —Ella cuestionó, antes de pensar si realmente quería saber la respuesta. Del otro lado tardó unos segundos, hasta que finalmente suspiró.
— No lo sé.
Eso la descolocó, la mayoría hubiera mentido. Olivia se sentó en la cama, apoyando la espalda contra el respaldo.
— Bueno, eso ya es bastante honesto para las dos de la mañana.
— Corrección, son casi las tres.
— Peor todavía.
— No suelo llamar a extraños, te aviso...
— Qué tranquilidad me da. —Ella puso los ojos en blanco, a pesar de que sabía que él no la veía.
— Quería llamar a mi mejor amigo, él suele escuchar todas estas boludeces.
— Y en lugar de eso te tocó una desconocida con mal humor.
— Capaz tuve suerte.
Olivia soltó una risa corta, involuntaria.
— No te agrandes, muchacho.
— ¿Tu nombre?
— ¿Qué? —Ella frunció el ceño.
— Me imagino que como cualquier persona normal tienes un nombre, ¿No?
— No te lo voy a decir.
— ¿Qué? ¿Por qué no?
— No te voy a decir mi nombre, sos un extraño drogado que llama números al azar a las dos de la mañana.
Hubo una pausa dramática, muy dramática.
— Si lo decís así suena muy mal.
— Es porque está mal.
— Yo me llamo Bautista.
— No te pregunté.
— Pero ahora lo sabes.
Olivia miró la ventana, la ciudad seguía despierta allá afuera al igual que ambos, era como si nadie supiera que dormir es importante.
Ella no sabía por qué seguía en esa llamada. Tal vez porque no tenía más sueño, tal vez porque el tono de él era divertido, tal vez porque, a veces, hablar con un desconocido es mucho más fácil.
— Olivia.
Silencio.
Ella cerró los ojos.
— No hagas que me arrepienta.
— Olivia, es un lindo nombre.
La forma en que dijo su nombre le generó algo raro. Una incomodidad suave, una de esas que no molestan tanto.
Ella sonrió sola, odiándose un poco por eso.
— Entonces, Olivia, supongo que de Buenos Aires por tu acento, que atiende llamadas de desconocidos y ahora le estás siguiendo la conversación a uno, ¿A qué te dedicas?
— ¿Siempre interrogas a la gente a las tres de la mañana?
— Solo cuando me caen bien.
— Qué rápido decidís esas cosas.
— Soy impulsivo, ya quedó claro.
Ella acomodó su almohada detrás de la espalda y miró al techo, resignada a que dormir ya no iba a pasar esa noche.
— Estudio, trabajo, sobrevivo. En ese orden.
— Eso no responde nada. —Él bufó desde el otro lado.
— Sos demasiado insistente.
— Y bastante lindo, pero no viene al caso.
— Mirá vos, humilde también.
— Muchísimo, mi mejor cualidad.
— Pobre tu mejor amigo que se aguanta todo esto.
— Pobre de mí, marqué mal un número y ahora tengo a una desconocida que me está retando.
Hubo un silencio corto, cómodo.
— ¿Y qué pasó hoy? —preguntó Olivia—, la versión real, no la versión "conquistando".
Del otro lado hubo un ruido de pasos, después otra puerta cerrándose y menos música, como si se hubiera apartado del resto.
— Nada grave.
— Mentira.
— ¿Cómo sabes si miento o no?
— Porque cuando alguien dice "nada grave", generalmente es grave. —Bautista soltó una risa baja.
Olivia esperó, no insistió.
A veces el silencio hacía más que cualquier pregunta, y funcionó.
— Me cansé un poco de fingir que tengo todo bajo control. —Respondió él, finalmente—. Hoy fue... demasiado ruido. Gente, fiesta, mis papás jodiéndome, yo tratando de demostrar que estaba todo bien cuando claramente no.
Ella no respondió enseguida.
— Y te drogaste.
— Y me drogué. —Afirmó.
— Brillante solución.
— Nunca dije que fuera inteligente.