Entre mentiras y recuerdos

Capítulo 15

Estoy emocionada. Hoy es mi primer día de trabajo y tengo unas ansias terribles. Me levanto y no veo a Gerardo a mi lado. Eso me sorprende, aunque él está cada día mejor y va recuperando su movilidad de a poco.

En eso veo entrar a Gerardo con un ramo de rosas y me sorprendo. Se acordó de mis flores favoritas. Este Gerardo me recuerda a cuando éramos amigos y novios, no al hombre frío de unos meses atrás.

—¿Quién se murió? —No pude aguantar el comentario; simplemente se me escapó.

—Nadie, amor. Solo quería recordarte lo mucho que te amo y desearte un excelente día en tu nuevo trabajo.

Cuando se acerca, me lo pasa y yo no me puedo controlar. Uno mis labios con los suyos, pero el beso se vuelve más intenso y yo hago lo posible sentarme en su regazo sin despegar nuestros labios. Cuando me siento, él pasa sus manos por mi trasero y lo aprieto, mientras yo, con una mano, juego con su cabello y, con la otra, recorro su pecho. En eso dejamos de besarnos, pero él inmediatamente levanta mi camisón y, como yo no me puse el brasier, quedan mis senos al aire. Él toma uno con su boca, mientras el otro lo atiende con su mano. Yo estiro mi cabeza hacia atrás porque no aguanto tanto placer, gimo muy fuerte y cuando el se separa de mis senos yo comienzo a sacar su remera de forma desesperada. Cuando veo su pecho desnudo y un poco perdió ese cuerpo de infarto que tenía antes pero a mis ojos sigue siendo el hombre perfecto del que me enamoré y se lo demuestro acariciándolo el me ve con un fuego intenso. De pronto me levanto y me arrodillo. El sabe lo que va a suceder y yo no separo mis ojos de los suyos cuando pongo mis manos en la hebilla del pantalón, veo en su mirada un deseo abrasador no necesitamos palabras el sabe lo que va a suceder y lo desea tanto como yo. Cuando estoy a punto de bajarlo, sentimos el llanto de Mía ambos nos quejamos.

—Creo que nuestra hija tiene un censor para interrumpir en el mejor momento —dice con la respiración agitada.
—Vamos a tener que acostumbrarnos porque nuestra pequeña nos va a interrumpir varias veces- digo mientras me pongo el camisón de forma rápida para ver qué quiere mi pequeña consentida.
—Lo bueno es que tenemos toda la noche para nosotros —me dice con una mirada pícara.
Yo me dirijo a su silla y pongo una mano a cada lado. Me inclino y, cuando estoy cerca de su boca, él tiene la mirada llena de deseo puesta en mis labios, pero, a último momento, me dirijo a su oído y le digo lo más sensual posible:
—Promesas, promesas.
Y salgo deprisa con una risa cantarina, dejándolo en un estado total de sorpresa.
Me dirijo al cuarto de Mía y la veo llorando, y me parte el corazón. Es tan indefensa que me causa un gran instinto de protección y no deseo que nadie ni nada la lastime. Ella saca, por así decirlo, mi yo asesino.

-Mi pequeña ya estoy aquí- la alzó y comienzo a mecerla para que comience a calmarse. Cuando le cantó su canción favorita es cuando deja de lado su llanto y comienza a reírse.

—¿Qué pasa con la princesa de la casa? Oh, pequeña, no sabes lo consentida que eres. ¿A que sí? ¿No es verdad?— ella comienza a reír por mi chistosa voz chillona, y es que desde que llegó a nuestras vidas se la pasa haciendo berrinches que todos cumplen. Es una princesa consentida.

—Creo que papá debe estar enojado con nosotras—. Cuando digo eso, ella se ríe y yo me contagio de su alegría.

—Claro, ustedes se ríen mientras yo sufro las consecuencias—. Cuando veo que él está en el portal de la puerta con una mirada seria.

—Mi amor, no es nuestra culpa que usted, señor, hoy día se haya levantado con ganas de jugar—. Me mira serio. —Además, de tal palo, tal astilla. Tu hija hoy también quería jugar y tener un poco de atención—. En eso él se acerca y mi pequeña, apenas lo ve, estira sus pequeñas manitos hacia él.

—Pequeña traidora— le digo ofendida.

—Creo que nuestra hija quiere estar con su padre, ¿o no, princesa?— él se vuelve un baboso con ella y a mí me encanta verlo en su faceta de padre. Es muy tierno.

—Verla tan pequeña me da tristeza y felicidad al mismo tiempo— le comento de pronto.

—¿Por qué?— Sé que está confundido por mi cambio brusco de conversación.

—Es que ahora es pequeña y depende de nosotros, pero pronto va a crecer y ya no nos va a necesitar, y me da nostalgia, pero al mismo tiempo alegría saber que en unos varios años va a volar del nido para buscar sus propias aventuras—. Es que, aunque mi parte protectora quisiera que siempre fuera mi bebé, como toda madre sé que ella va a crecer y va a tomar su propio rumbo.

Una vez escuché un ejemplo que ahora que soy madre entiendo: nosotros somos instructores. Los guiamos para que tomen buenas decisiones, pero luego dejamos que ellos elijan su camino. Si les va bien, nos llena el corazón, pero en caso de que salgan lastimados por alguna decisión, nos queda consolarlos.

Tiene razón, porque yo no puedo tomar las decisiones por ella, pero sí puedo estar en cada paso que dé y ayudarla cuando ella lo necesite.

—Es muy pronto para pensar eso. Por ahora concentrémonos en que ella todavía nos necesita, ¿a que no, pequeña?—

Ella se ríe. Ama a su papá y es muy hermosa sin dudas va a ser una rompecorazones porque va a enamorar a varios con su belleza. Lo que van a sufrir los hombres de la casa cuando la señorita crezca y no solo ellos sino que ella va a padecer los celos de su padre, tío y abuelo que Dios me la ayude. Parece que yo no soy la única que piensa lo mismo.

—Amelia, sabes, nuestra pequeña ahora es chica, pero cuando crezca voy a necesitar de alguien que me ayude a espantarle los novios. ¿Qué te parece si tenemos un hijo?—

Me mira y no sé qué responderle. Por un lado, estoy emocionada. Yo siempre quise ser madre. Aunque amo con todo mi corazón a Mía y puede que biológicamente no sea mi hija, nada va a cambiar el hecho de que yo la veo como mi hija, porque madre es la que cría.



#3177 en Novela romántica

En el texto hay: traicion, amor, engaños.

Editado: 24.06.2026

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