1: El Otoño Comienza.
El grito de un hombre robusto, de ojos azules, retumba por toda la estancia donde una pequeña yace escondida. La niña, envuelta en un miedo que no sabe nombrar, se aferra con fuerza a las piernas de su madre.
—¿¡Cómo demonios se te ocurre tener una hija!? —el hombre encara al padre de la niña—. ¿¡Cómo crees que va a continuar nuestro apellido si tus huevos no tienen la capacidad de engendrar hombres!?
Alexander se le va encima a su hermano, tomándolo del cuello de la camisa de vestir. El ambiente se quiebra. Rose, la madre de la pequeña Flor, se da media vuelta, toma a su hija entre brazos y se encamina hacia la salida con la cabeza dando vueltas por la impotencia.
Antes de abandonar la mansión de los De Mayo, otro hombre de ojos azules la detiene con suavidad por el brazo. Jacobo, su cuñado.
—Rose... ¿qué pasó? ¿Estás bien? —pregunta alarmado al ver a Flor llorar.
—Tu familia, eso pasa —la mirada esmeralda de la mujer lo congela por un instante—. Mientras yo esté viva no voy a permitir que rebajen a Flor por haber nacido niña y no niño. Si a tu hermano Williams y a tu madre no se les pasa el mal que tienen... yo misma me voy a encargar de eso.
La voz le sale ronca, áspera, cargada de promesas. Jacobo aparta la mirada y se endereza más de la cuenta.
Alexander sale de la mansión acomodándose el traje, con un semblante que no deja ver nada más allá del enojo.
—Vámonos, cariño —dice, cambiando el tono a uno más suave.
Toma a Flor en brazos y le susurra que se calme, que con él está a salvo.
—Hermano —Jacobo lo llama—. Ten en cuenta que estoy de su lado, yo sí estoy agradecido de que me hayas hecho tío de una princesa tan hermosa.
Alexander asiente con una pequeña sonrisa y se despide con un breve abrazo y un beso en la mejilla antes de subir a la camioneta junto a su esposa e hija.
Jacobo suspira, cargando el peso de todo lo ocurrido. Al volver a entrar en la mansión se encuentra con su otro hermano.
—¿Qué? —Williams lo desafía mientras se limpia la sangre de la nariz.
—¿Me puedes decir qué mierda te pasa con Alexander y con Rose? —escupe Jacobo.
—Con Alexander no tengo nada. Mi problema es esa estúpida mujer, y ahora tenemos otra réplica de ella gracias a nuestro querido hermanito.
Jacobo aprieta los puños para no golpearlo.
En ese momento, una mujer de ojos grises baja lentamente las escaleras.
—Madre —Jacobo hace una breve reverencia.
—¿Y tú qué haces aquí? —su voz es puro desprecio—. Cada día me das más razones para no quererte cerca. ¿Cómo que sabías del secreto de Alexander y su hija?
Williams se gira hacia él como una bestia.
—¿Me estás jodiendo? Cuando nuestro padre se entere, no va a querer verte ni pintado.
Jacobo se encoge de hombros, imperturbable.
—Hazlo, díselo. Total, ni tú ni yo vamos a recibir el poder de las empresas —ríe con ironía mientras retrocede—. Será Alexander quien tome las riendas, y recuerda esto, Williams. Cuando Flor crezca, será la nueva heredera.
—Para eso tengo a mis hijos, ellos sí son hombres.
—Ni siendo hombres tendrán la inteligencia de Flor. Aprende a no subestimar a las mujeres.
—¿Y cómo estás tan seguro? —Cordelia lo mira con desdén—. Apenas tiene tres años.
—¿En serio me lo preguntas, madre? —la ironía le quema la lengua—. Tiene de quién salir, será una gran mujer, y te aseguro que ya estás empezando a sentir celos... como cuando conociste a Rose.
Sin darles oportunidad de responder, Jacobo se marcha.
Por otra parte, al pasar las horas. Rose dejaba a Flor dormida en su pequeña cama. Acomodó con cuidado la manta sobre su cuerpo diminuto y la observó unos segundos más de lo necesario. Luego miró a su esposo, con eso bastó para que Alexander entendiera lo que pensaba.
—Amor...
—No —Rose salió de la habitación en silencio, cuidando no despertar a su hija.
—Amor, déjame hablar —Alexander fue tras ella.
Ella se detuvo de golpe y se dio la vuelta. Alzó el dedo índice y lo apoyó contra el pecho duro, trabajado, de su esposo.
—Estoy harta —escupió en un susurro—. Estoy harta de no poder vivir en paz por culpa de tu familia.
Las lágrimas se deslizaron sin pedir permiso. Con Alexander era el único lugar donde se permitía romperse.
—¿Y tú crees que a mí no me jode verte así por culpa mía? —Alexander atrapó su mano para que dejara de golpear su pecho.
—Tampoco es culpa tuya, Alex.
—Sí lo es —dijo con firmeza, sin perder la dulzura—. Es mi familia. Y tengo que ponerles un límite.
Rose lo miró, confusa.
—Y por eso ya lo hice.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, sintiendo que algo grande se avecinaba.
—Tuvimos a Flor en secreto para que nadie nos interrumpiera —explicó—. Ahora que ya saben de ella, es momento de crear nuestro propio mundo, nuestro propio poder.
Alexander acunó el rostro de Rose entre sus manos y acarició sus mejillas.
—Alex, sé un poco más específico —pidió ella, con el corazón latiéndole en los oídos.
—Sé que mi padre aún no me dará las empresas de Asia. Y tampoco puedo depender de él —tomó aire—. Creé mi propia línea en Latinoamérica. No pertenece a nadie más que a mí... y a ti.
—¿Qué? —Rose susurró, incrédula—. ¿Cuándo? ¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Hasta que no fuera seguro no podía hacerlo —respondió—. Con Williams metido en todo este desastre, no es seguro que las empresas terminen siendo mías. Necesitaba algo propio. Un imperio, si quieres llamarlo así.
Rose lo miraba sin parpadear.
—Tú me dijiste que usara mi inteligencia al máximo —continuó—. Y eso hice. Estoy construyendo un mundo mejor para ti y para nuestra pequeña Flor.
—Me preocupa Flor —admitió ella—. Tu familia...
Alexander limpió una lágrima que escapaba de sus ojos.
—Tranquila, su sexo no es ningún problema —dijo con seguridad—. Tú eres el mejor ejemplo de eso.