Entre miradas y silencios

Capitulo 12 : Como yo te veo

Fernanda Villanueva

La última semana de clases antes de que las vacaciones empezarán transcurrió de una manera bastante rápida y si, también un poco rara y es que Leo y yo habíamos estado llamando una dinámica un poco diferente y es que a comparación de meses anteriores en los que casi no interactuábamos ahora hablábamos un poco casi a diario, él continúa con su broma de tocar mi hombro y esconderse solo que ahora ya no me asusta como la primera vez

Aún no tenía ni la más mínima idea de cuál era el motivo que lo orillaba a hacer eso, no que si tengo claro es que conforme va avanzando el tiempo se vuelve un juego cada vez más peligroso y no estoy segura de como vaya a salir después de esto.

Como es costumbre mi mente había buscado varias posibles explicaciones, pero no podía comprobar nada mientras no lo habláramos y por lo que he visto él no tiene las intenciones de decir nada y yo tampoco las tengo de preguntar.

Quizás y como lo pensé en el principio solo sea cuestión del intercambio, que él sepa que yo le daré su regalo y nadamas, aunque pensar en que esto se puede acabar después del convivio de navidad me provoca una mezcla de emociones extrañas, alivio por un lado porque puede que si cortamos esto rápido todavía este a tiempo de salir lastimada y es que no puedo decir que estoy perdidamente enamorada de él pero si que lo siento cosas que no se sienten por un simple compañero y eso me aterra, al mismo tiempo pensar en que esto se puede acabar ya me provoca un poco de decepción pues aunque lo que tengamos no lleve un nombre en específico, no quiero perder esa sensación cuando apenas me estoy acostumbrado a ella.

Contradictorio, lo sé .

Por otra parte, los días pasaron demasiado rápido ,el día del intercambio llegó sin pedir permiso.Así, de golpe. Como si el calendario hubiera decidido burlarse de mí.

Me di cuenta desde que abrí los ojos y esa sensación rara se me instaló en el pecho, no nervios exactamente, tampoco emoción pura. Era más bien esa mezcla incómoda entre quiero que pase y ojalá todavía no.

El regalo estaba listo desde hacía días., y si debo confesar que mi perfeccionismo me llevó a revisarlo más veces de las necesarias, como si en algún momento fuera a transformarse en otra cosa.

Lo metí con cuidado en la bolsa que compré casi por impulso.

La bolsa.

Todavía no supero la bolsa.

Era negra, elegante, sencilla… y tenía en letras doradas una sola palabra que brillaba más de lo que debería:

Felicidades.

Cuando la vi en la tienda supe que tenía que ser esa. No porque fuera perfecta, sino porque me hizo sonreír sin razón aparente. Y eso siempre es sospechoso.

Acomodé el regalo dentro, acomodé el papel, acomodé las asas. Volví a acomodarlo todo otra vez. Cerré la bolsa. La abrí. La cerré de nuevo.

—Ya —me dije en voz baja—. Ya está.

Mentira.

Nada estaba “ya”.

Tomé la bolsa con más cuidado del necesario, como si llevara algo frágil aunque no lo fuera. El balón no se iba a romper., lo sabía. Pero igual lo protegí con el brazo durante todo el camino, como si el mundo tuviera la mala costumbre de estropear cosas importantes.

En el salón, el ambiente era distinto., más ruido, risas, comentarios sobre regalos horribles, intercambios injustos, expectativas demasiado altas para algo que, en teoría, era simple.

Cuando llegué , acomodé el regalo en la mesa dónde estaban todos y fui a sentarme junto con Isabella. Platicamos de casas simples, que habíamos hecho en la tarde, lo aburrido de ciertas cosas , canciones que nos gustan sobre todo de Morat, y es que desde que conocí a Isabella le pegue el gusto por esa banda, y ahora no puede dejar de escuchar canciones de ellos.

Si me declaro culpable, lo siento o bueno no tanto.

De pronto, Camila se puso al frente del salón

—atención.

Silencio a medias

—Oigan, escuchen —dijo, con esa voz de organizadora oficial del caos—. Para hacerlo más divertido, cuando pasen al frente van a tener que describir a la persona a la que le van a dar su regalo. El salón tiene que adivinar quién es.

El murmullo explotó de inmediato. Risas, quejas, comentarios nerviosos.

Yo no me reí.

Sentí cómo algo se me apretaba en el estómago.

¿Describir?

No.

No, no, no.

Odio describir gente.

No porque no sepa hacerlo, sino porque sé exactamente lo que pasa cuando empiezas, una palabra lleva a otra, una idea se vuelve detalle.y el detalle termina diciendo más de lo que querías.

Describir a alguien es peligroso. Es revelar lo que ves. Y yo veía demasiado.

Bajé la mirada, como si el cuaderno frente a mí pudiera ofrecerme respuestas. Pensé rápido. Demasiado rápido.

¿Cómo se describe a alguien sin delatarte?

“Le gusta el fútbol”. Obvio.

“Es alto”. Medio salón.

“Siempre hace bromas”. Demasiado vago.

“Sonríe como si no se tomara nada en serio”. Peligroso.

Negué levemente con la cabeza.

No podía hablar de sus manos, de su risa, de la forma en la que el salón parecía menos pesado cuando él estaba de buen humor. No podía mencionar cómo se me iba la mirada sola cuando creía que nadie notaba.

Eso no era descripción. Eso era confesión.

Miré de reojo hacia su lugar y aparté la vista de inmediato, como si me hubiera descubierto a mí misma pensando de más.

Respiré hondo.

Tenía que encontrar palabras seguras. Neutrales. Palabras que no levantaran sospechas ni preguntas

Pasaron varias descripciones.

Una tras otra.

Risas, aplausos, gente que exageraba, gente que se quedaba corta. Yo asentía cuando tocaba, sonreía cuando alguien más sonreía, pero en realidad no estaba escuchando nada.

Mi cabeza seguía atascada en el mismo punto.

En palabras que no quería usar.

En un nombre que no debía pensar.

Hasta que escuché algo distinto.

—Es una chica muy inteligente —dijo una voz al frente.




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