Entre miradas y silencios

Capitulo 14: Pensando en él

Fernanda Villanueva

Siempre me han gustado demasiado las vacaciones, levantarme más tarde de lo normal, no estresarme por tareas ni trabajos pendientes, descansar un poco del caos que es el salón algunas veces.

Pero lo que más me gustaba de las vacaciones era poder pasar más tiempo con mi mamá haciendo desde cosas simples como acostarnos juntas o ver una película hasta salir a comprar cosas que necesitábamos para la casa y si a veces también las que no necesitábamos, pero solo algunas veces.

Navidad ya había pasado, y justo está noche se termina el año.

El último día del año siempre me despierta distinta.

No importa a qué hora me acueste la noche anterior ni cuántas veces haya repetido que es solo un día más. Hay algo en el aire que me hace abrir los ojos antes de tiempo, como si el cuerpo supiera que hoy se cierra algo y empieza otra cosa, aunque todavía no sepamos qué.

Este año trajo muchas cosas tanto buenas como malas, las cuales me trajeron nuevas experiencias, aprendizajes pero sobre todo personas maravillosas, como Isabella y también Leo, si lo que sea que tengamos empezó hace aproximadamente mes y medio y conforme más pasa el tiempo lo considero una mejor persona.

Y aunque me costó trabajo aceptarlo , a estás alturas ya no puedo fingir, me gusta Leo, me gusta su mirada penetrante, su sonrisa burlona y cínica, y hasta su manera de jugar fútbol como si su vida entera dependiera de ello, aunque yo no tengo ni la más mínima idea de como patear un balón, me gusta verlo feliz cuando él lo hace.

Aunque claro, verlo jugar también deja ciertas dudas existenciales, puesto que no logro entender como puede tener tanta fuerza en esas piernas tan flacas, pero bueno supongo que Leo es único y sorprendente.

Me quedo unos minutos viendo el techo mientras escucho la casa, el l ruido lejano de la cocina, los pasos de mi mamá, el tintinear de los trastes, ese sonido me tranquiliza más de lo que debería pues me recuerda que estoy en casa y que aquí todo sigue siendo estable, predecible, seguro.

—Buenos días, dormilona —dice mi mamá cuando entro a la cocina—. Pensé que no ibas a despertar.

—Es el último día del año —respondo—. Obvio tenía que hacerlo.

Mamá sonríe

—Bueno ya que mi bella durmiente ya se despertó, ¿Qué va a querer desayunar la princesa?

Fue mi turno de sonreír, mi me ha consentido desde que tengo uso de razón, siempre hemos sido solo ella y yo, bueno antes éramos 3 pues también era mi abuelita pero falleció hace 2 años , y aunque su muerte nos afectó mucho hemos ido continuando con nuestra vida pues es la mejor manera que tenemos de honrar su memoria.

—No lo sé, lo que tú quieras.

—Pero si te estoy preguntando a ti, si ya sabes que tú eres mi princesa y quiero consentir a mi niña

Si, esto es a lo que llamo ventajas de ser hija única

—Unos molletes con mucho queso y jamón

Mi voz suena tierna , como la de una niña chiquita, justo lo que era cuando estaba con mi mami

Con la mayoría de las personas tengo que ser la chica madura, inteligente, sería pero con mi mamá puedo volver a ser una niña chiquita sin miedo ni pena, ella es mi lugar seguro

Desayunamos sin prisa.

Mi mamá se sienta frente a mí con su taza de café y me observa mientras como, como si quisiera asegurarse de que de verdad estoy ahí y no solo cumpliendo el ritual, el desayuno sabe a costumbre, a algo que no cambia aunque el año se esté terminando.

—¿Te sirvo más? —pregunta, aunque mi plato todavía está medio lleno.

—No, así estoy bien —respondo.

Ella asiente, pero deja el sartén cerca, por si cambio de opinión. Siempre por si acaso.

Después de levantar la mesa, nos alistamos para salir.

Ir de compras para la cena es parte del plan, aunque seamos pocos.

—Nada de exagerar —le digo mientras me pongo los zapatos.

—Eso díselo a alguien más —responde—. Hoy es el último día del año.

Salimos con bolsas reutilizables y una lista escrita a mano que ella insiste en llevar, aunque se la sabe de memoria.

El supermercado está lleno de gente con prisa, carritos chocando, conversaciones cruzadas, yo camino a su lado, empujando el carrito, leyendo etiquetas sin necesidad real.

—Este año solo somos nosotros —dice de pronto, como si estuviera aclarando algo importante.

—Sí —respondo—. Como siempre.

Mi tío, el mellizo de mi mamá, va a venir más tarde, la demás familia está lejos o simplemente no celebra estas cosas, sin embargo nunca ha sido un problema puesto que no lo sentimos como ausencia, sino como elección.

—A veces me gusta así —continúa—. Más tranquilo.

—A mí también.

Y lo digo en serio.

Compramos lo necesario, ella elige con cuidado, yo reviso precios, ella sabe que me gustan los números así que esa tarea siempre me toca a mí le recuerdo cosas que igual iba a recordar, funcionamos bien juntas, siempre lo hemos hecho.

Mientras esperamos en la fila, pienso en lo distinto que se siente este día comparado con otros, no hay ruido innecesario, no hay presión, solo nosotras, el plan sencillo, la certeza de que la noche será íntima.

Y aun así, pienso en él.

No porque falte algo aquí.

No porque quiera estar en otro lugar.

Pienso en él como se piensa en algo que no estorba, pero tampoco se va.

—¿En qué piensas? —pregunta mi mamá, sin girarse.

—En nada importante.

Sonríe. No insiste.

De regreso a casa, acomodamos las bolsas en la cocina.

Todo queda en su lugar, ella saca los ingredientes, yo los guardo, el día sigue avanzando lento, amable mientras seguimos organizando todo para esta noche.

Al llegar la tarde subo a mi cuarto con la excusa de “ordenar un poco”.

La verdad es que necesito escribir.

Siempre lo hago el último día del año, es una forma de convencerme de que el caos se puede poner en lista, que el futuro puede acomodarse con viñetas y buena letra.




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