Entre miradas y silencios

Capitulo 20: Imposible de negar

Leo Rivas

No sé en qué momento pasamos de trabajar en equipo a que todo girara alrededor de ella, podía decir que antes todo era más fácil, molestarla, hablarle, sentarme cerca y ya sin pensar demasiado en lo que vendría después, pero ahora no era así y todo tenía más peso del que debería, no podía evitar dejar de pensar en ella, incluso cuando estaba ocupado haciendo cualquier otra cosa, su imagen siempre venía a mi mente.

—¡Ey!

Escuché a Nico gritar desde la cancha.

—¡Pásala!

Rodé los ojos.

—Ya voy.

El partido improvisado durante el receso empezó como siempre, gente corriendo sin sentido, gritos, risas, todo bastante normal, pero la normalidad no durá para siempre.

Corrí por el balón y en ese momento alguien se atravesó cerca de mi camino, no alcancé a frenar y en menos de un segundo ya estaba en el suelo.

—¡Leo!

Escuché varias voces gritando mi nombre pero no presté atención , en su lugar me incorporé rápido.

—Estoy bien— dije rápido , sentí un dolor punzante en la pierna derecha y levanté un poco mi pantalón solo para ver mi vieja cicatriz, esa que me había hecho cuando aprendí andar en bicicleta, solo que está vez estaba abierta por el golpe y con un poco de sangre

Seguí jugando con normalidad después de eso , sin prestarle mucha atención al dolor que sentía en la pierna ni a la sensación de que la herida se abría más cada que corría o intentaba patear el balón.

No sé en qué momento empecé a pensar en eso otra vez , no era la caída ni era la cicatriz, era más bien a quién se la estaba pensando enseñar., aproveché que la maestra salió a una reunión y la busqué con la mirada casi sin darme cuenta como si ese gesto ya fuera automático en mi sistema nervioso, como si la necesitará tener a la vista para ser feliz

Y ahí estaba en su lugar, concentrada, como siempre, escribiendo como si todo tuviera que salir perfecto, como si el mundo fuera solo su libreta yo solo estaba parado ahí me quedé viéndola por un momento pensando algo que no tenía sentido porque no había razón, no necesitaba enseñarle nada, no era importante, y no iba a cambiar nada.

Pero aun así agarré mi banca y la moví otra vez directo a la suya sin pedir permiso y avisar.

Como si ya fuera algo normal

Y tal vez lo era, o al menos ya para mí

Ella volteó cuando la banca ya estaba totalmente al lado de la suya , como si ya hubiera sentido mi presencia

—¿Qué haces? —preguntó

—Nada.

—Me Caí

—¿Pero estás bien?

—Si, solo ...

No dije nada más ,en su lugar subí el pantalón y le mostré la cicatriz

—Mira.

Silencio, pero no el tipo de silencio que esperaba.

Su reacción no fue sorpresa, tampoco fue curiosidad inmediata, fue otra cosa, se quedó viendo durante un segundo, dos y luego apartó la mirada rápido como si no pudiera sostenerla ahí mucho tiempo.

—¿Te hiciste eso ahorita?

Negué.

—No, ya la tenía.

—¿Entonces?

—Se abrió un poco con él golpe de ahorita

—¿Te duele?

Fruncí el ceño.

—No.

—Seguro.

—Sí.

Silencio.

Volvió a mirar pero no directo como midiendo cuánto podía ver sin incomodarse y ahí fue cuando me di cuenta de que no le gustaba esto, las heridas , la sangre seca , pero aún así no se apartaba, no me decía que lo cubriera , no hacía dramas innecesarios

—Deberías limpiarlo

—Estoy bien.

—Aun así.

La miré.

De verdad.

—¿Te da cosa?

—No.

Mentira.

Obvia.

Pero no la dijo para evitarlo, la dijo para quedarse y eso fue lo que me hizo pensar de más porque no tenía que hacerlo podía simplemente ignorarlo, cambiar de tema, alejarse, pero no, se quedó ahí con esa mezcla rara de incomodidad y preocupación, pero por el tono en su voz podría apostar que era más fuerte la preocupación que cualquier otra cosa.

Bajé la tela del pantalón otra vez cubriendo la cicatriz como si al hacerlo también pudiera cubrir lo que acababa de pasar.

—Ya —dije, más para mí que para ella—. No es nada.

Pero no sonó convincente ni siquiera para mí porque no era la herida nunca fue la herida, era la necesidad que tenía de contarle algo tan simple como una caída, ver su reacción, la forma en que se quedó, la forma en que, aunque claramente le incomodaba no se fue.

Y eso seguía dando vueltas en mi cabeza.

Demasiado.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo se me salía de control.

Bromear.

—Oye —dije, recargándome un poco más en la mesa

—¿Qué?

—Te vi el fin de semana.

Frunció el ceño.

—¿Dónde?

—En la cancha.

—¿Qué?

—Jugando fútbol.

Negó de inmediato y sonrió pues al parecer ya sabía que todo esto era un juego como siempre

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Leo, no sé jugar.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Suspiró.

—Te estás confundiendo.

—Entonces era alguien muy parecida a ti.

—No era yo.

Silencio.

Perfecto , algo normal, controlado.

Esto sí sabía hacerlo, esto era fácil y sobre todo era seguro.

—Bueno —añadió después—, no sé jugar… pero si tú me enseñas, puedo aprender.

Y ahí todo se fue al carajo.

Me quedé callado , otra vez sin tener una respuesta, sin broma, sin nada, oorque no estaba siguiendo el juego, tam estaba discutiendo y mucho menos alejando la conversación, ella estaba entrando directo como si fuera lo más normal del mundo, como si aprender algo conmigo fuera una opción real.

Ella que es la que le enseña cosas a todo el mundo, estaba dispuesta a entrar a mi mundo y no sabía que hacer con eso.

Ay Leonardo Rivas estás perdido por ella , la única chica que es capaz de dejarte sin palabras dos veces en menos de cinco minutos.

Un silencio se instaló entre nosotros de esos que no son incómodos pero tampoco tranquilos porque sabes que algo quedó pendiente y no sabes si quieres retomarlo o dejarlo ahí.




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