📚📚📚Fernanda Villanueva 📚📚📚
Siempre he pensado que acostumbrarse a las personas es una acción peligrosa pues estás se vuelven parte de tu rutina sin que te des cuenta y cuando su ausencia llega no es algo fácil de sobrellevar pues empiezas a extrañar a la persona, a imaginar cómo sería ese momento su ella estuviera contigo , y esa sensación no es nada bonita y fue justo lo que me estaba pasando el día de hoy.
Odiaba faltar a la escuela, muchísimo y no solo porque después tenía que ponerme al corriente con tareas, apuntes y trabajos sino porque sentía que me perdía cosas, momentos pequeños, conversaciones, miradas y honestamente ese día había alguien específico a quien no quería dejar de ver.
Miré por quinta vez la hora en el celular mientras esperaba sentada afuera del consultorio.
Mi mamá soltó un suspiro cansado desde la silla de al lado.
—Fernanda, vas a desgastar la pantalla.
—Solo estoy viendo la hora.
—Llevas viéndola veinte minutos.
No respondí porque técnicamente era cierto y porque además no iba a admitir en voz alta que llevaba toda la mañana pensando en Leo.
Qué vergüenza honestamente.
Nunca pensé convertirme en esa clase de persona, m que extraña a alguien incluso después de apenas unas horas pero ahí estaba yo sentada en una clínica fría pensando: "A esta hora seguramente ya llegó."
"Seguro Nico ya lo está molestando."
"Capaz volvió a llegar tarde."
Y peor todavía pensando en su sonrisa.
Qué enfermedad tan ridícula era enamorarse.
—Fernanda.
La voz de mi mamá me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué?
—Te estoy hablando.
—Perdón.
Me miró sospechosamente.
—¿En qué piensas tanto?
En un niño que es un desastre pero que tiene la sonrisa más jodidamente hermosa que he visto en toda mi vida.
Pero obviamente no dije eso.
—En nada.
Mi mamá soltó una risa pequeña de esas de mamá que claramente significan: “sí, claro” pero por suerte en ese momento la enfermera salió llamándome y evitó que siguiera preguntando.
Entré al consultorio intentando concentrarme.
Intentándolo.
Porque claramente no lo logré.
El doctor empezó a hablar mientras revisaba unos estudios y yo trataba genuinamente de poner atención.
Lo prometo.
Pero mi cerebro estaba completamente traidor ese día.
—Tus niveles siguen algo elevados…
Asentí automáticamente.
"¿Leo ya habrá desayunado?"
—También necesitamos que descanses mejor…
Otra vez asentí.
"Tal vez debería escribirle saliendo."
—Y manejar el estrés.
Ahí sí casi me río, manejar el estrés.
Qué concepto tan lejano para alguien que hacía listas para organizar otras listas.
—Eso va a ser importante, Fernanda.
—Sí.
Aunque honestamente apenas estaba escuchando palabras sueltas estrés, descanso, rutinas, presión.
Todo mezclándose mientras mi cabeza seguía distraída y lo peor era que ni siquiera sabía exactamente por qué estaba pensando tanto en Leo ese día solo lo extrañaba, muchísimo.
El doctor siguió hablando.
—No puedes seguir exigiéndote tanto todo el tiempo.
Mi mamá me miró inmediatamente porque claro que iba dirigido a mí.
—Dígale eso todos los días, doctor —dijo ella—. Esta niña cree que puede cargar el mundo encima.
—Mamá…
—¿Qué? Es verdad.
El doctor sonrió apenas.
—Tu mamá tiene razón en algo.
Necesitas aprender a relajarte.
Quise responder algo pero honestamente me distraje otra vez pensando en Leo riéndose.
Dios.
Esto ya era grave.
—Fernanda.
Parpadeé confundida.
—¿Eh?
Mi mamá me miró incrédula.
—¿Estás poniendo atención?
—Sí.
—Entonces qué acaba de decir el doctor.
Silencio.
…maldita sea.
El doctor soltó una risa pequeña mientras yo sentía la cara calentarse de vergüenza.
—Que necesito… dormir mejor.
—Y controlar el estrés —agregó mi mamá inmediatamente—. Pero claramente estabas en otro planeta.
Me quedé callada pues no había argumento que pudiera usar para desmentir eso , porque era cierto estaba demasiado distraída y debo de confesar que la idea me aterraba un poco porque yo no solía distraerme así por nada ni por nadie, o al menos no hasta ahora.
Ay que me hiciste Leonardo Rivas
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La mañana siguiente empezó con sueño, muchísimo sueño del tipo donde abrir los ojos ya se siente como un esfuerzo innecesario impuesto por la sociedad.
Me levanté tarde.
Otra vez.
Y eso ya era suficiente para ponerme de malas porque yo ODIABA llegar con prisas.
Me hice una coleta rápida mientras revisaba el celular por inercia.
—¡Fernanda! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¡Se te va a hacer tarde!
—¡Ya voy!
Tomé la mochila rápido y bajé casi corriendo las escaleras el olor a café llenaba toda la cocina.
Mi mamá estaba sirviendo fruta mientras me veía con esa expresión de “esta niña vive acelerada”, puso el plato frente a mí mientras seguía observándome demasiado.
Eso nunca era buena señal.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
Mentira claramente era mentira.
—Mamá.
—Solo me da risa verte distraída todo el tiempo.
Rodé los ojos intentando disimular.
—No estoy distraída.
—Ayer olvidaste tu sudadera en el consultorio.
Silencio.
…cierto.
Tomé un poco de café intentando ignorarla.
Error.
Estaba caliente, demasiado caliente.
Sentí cómo casi me quemaba la lengua y mi mamá soltó una carcajada.
—Definitivamente sí estás enamorada.
Casi me atraganto.
—Mamá.
Me tapé la cara un segundo porque honestamente sí me sentía un poco así ridícula, distraída pensando demasiado en alguien y peor todavía: extrañándolo
Mi mamá abrió un cajón y sacó una pequeña caja.