⚽⚽⚽⚽⚽Leo Rivas ⚽⚽⚽⚽⚽
Nunca había entendido cómo alguien podía extrañar a una persona incluso teniéndola enfrente hasta el día de hoy y honestamente era una sensación horrible porque Fernanda estuvo todo el día cerca de mí, a unos pasos, a veces a unos centímetros y aun así sentía que ya estaba perdiéndola.
O peor: que era yo quien la estaba soltando con mis propias manos.
El problema de tomar decisiones “por el bien de alguien” es que nadie te prepara para la culpa después, nadie te dice que vas a sentirte como la peor basura del mundo mientras ves a la persona que quieres preguntarse qué hizo mal.
Y Dios.
La cara de Fernanda cuando me preguntó si estaba enojado con ella hizo que algo dentro de mí se rompiera ahí mismo porque no, nunca podría enojarme con ella.
El problema era muchísimo peor: me estaba alejando incluso queriéndola demasiado.
Me dejé caer en la cama todavía con el uniforme puesto, la mochila terminó tirada en cualquier parte del cuarto y yo me quedé mirando el techo sintiendo el pecho pesado, demasiado pesad, me tapé la cara con ambas manos soltando un suspiro frustrado.
Qué ironía tan estúpida.
Pasé semanas soñando con gustarle a Fernanda Villanueva y ahora que sabía que sí le gustaba… estaba destruyéndolo todo yo solo porque mi cerebro claramente decidió que la mejor manera de proteger algo bonito era arruinarlo antes de tiempo.
Excelente lógica emocional, Leonardo. Digna de estudio clínico.
Cerré los ojos apenas.
Error.
Porque inmediatamente volvió a aparecer ella, su voz quebrándose cuando dijo: “No me gustaría perderte.”, sentí un dolor horrible atravesarme el pecho y después otra imagen Fernanda mirándome confundida mientras yo retrocedía un paso como si acercarme a ella fuera peligroso.
La respiración empezó a sentirse rara, pesada, porque una parte de mí quería regresar el tiempo desesperadamente, tomarla de la mano, besarla, decirle toda la verdad, explicarle que el problema nunca fue el que el problema era el miedo horrible de terminar convirtiéndome en alguien que la hiciera sufrir.
Pero otra parte, la parte rota seguía creyendo que alejarme era lo correcto aunque me estuviera destruyendo también.
Mi celular vibro
Nico
“¿Sigues vivo o ya te aventaste por un barranco emocional?”
Solté una risa pequeña, rota.
Le respondí después de unos segundos.
“Desafortunadamente sigo vivo.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Eres un idiota.”
Miré el mensaje muchísimo tiempo porque sí, lo era.
Nico tenía razón.
Casandra me había metido miedo en la cabeza y ahora estaba alejando a la única persona que realmente me hacía feliz y aun así… seguía sin poder detenerme.
El celular vibró otra vez.
“ Piensa bien lo que estás haciendo, todavía estás a tiempo de salvar lo que tienen”
Sonreí ante la idea porque dicho así sonaba tan fácil pero el miedo era muchísimo más fuerte que todo
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No dormí bien.
Corrección: no dormí absolutamente nada.
Pasé toda la noche dando vueltas en la cama como un imbécil emocional en crisis mientras intentaba dejar de pensar.
Spoiler: no funcionó.
Porque claro que no funcionó, cada vez que cerraba los ojos veía a Fernanda y la forma en que me miró ayer como si estuviera intentando salvar algo que yo ya estaba destruyendo.
Terminé levantándome antes de que sonara la alarma porque honestamente seguir acostado ya era inútil, me puse el uniforme casi en automático y salí de casa más temprano de lo normal.
Demasiado temprano.
La escuela todavía estaba medio vacía cuando llegué, el aire frío de la mañana ayudaba un poco a despejarme la cabeza, un poco pero no lo suficiente.
Caminé por el pasillo con las manos dentro de los bolsillos intentando convencerme de algo: Solo tenía que aguantar, alejarme un poco, ser frío, hacer que Fernanda dejara de encariñarse más conmigo y eventualmente todo iba a doler menos.
Mentira probablemente pero era la única lógica que mi cerebro roto parecía aceptar ahorita.
Estaba tan metido en mis pensamientos que no la vi hasta que escuché su voz.
—Buenos días, guapo.
Sentí el cuerpo tensarse inmediatamente.
Casandra.
Otra vez.
Estaba recargada contra una pared cerca de las escaleras como si me hubiera estado esperando, traía una sonrisa pequeña demasiado tranquila.
Seguí caminando intentando ignorarla.
Error.
Porque ella caminó detrás de mí.
—Qué grosero te volviste.
—¿Qué quieres ahora?
—Relájate, no vine a pelear.
Solté una risa seca.
—Claro. Seguro también viniste a donar felicidad y estabilidad mental.
Eso la hizo reír apenas.
Dios.
Cómo odiaba que siguiera actuando como si todavía me conociera.
—Solo quería darte algo.
Fruncí el ceño.
—No quiero nada tuyo.
—Aun así deberías verlo.
Escuché cómo sacaba algo de su mochila y antes de que pudiera ignorarla otra vez me puso una fotografía enfrente, la tomé por puro reflejo y automáticamente sentí algo raro en el pecho.
Era Fernanda, mucho más pequeña, tal vez nueve o diez años, tenía el cabello recogido en una coleta alta y estaba usando uniforme de primaria y sonreía. No la sonrisa tranquila que tiene ahora, era una sonrisa enorme, brillante, orgullosa. A su lado había un niño también con uniforme sosteniendo un diploma junto con ella.
Los dos estaban frente a un cartel lleno de números y fórmulas que decía concurso académico, ambos tenían un gafete con sus nombres que tenía debajo la leyenda representantes del grupo.
Sentí el estómago tensarse solo porque Casandra tenía razón, se veían bien juntos, ridículamente bien.
Fernanda estaba ligeramente inclinada hacia él mientras los dos sostenían el reconocimiento y el niño…
Maldita sea.
Era guapo.
De esos niños que crecen sabiendo perfectamente que todo les sale bien, cabello acomodado, sonrisa segura, expresión inteligente y además Fernanda se veía feliz junto a él, cómoda como si pertenecieran al mismo mundo.