📚📚📚Fernanda Villanueva📚📚📚
Han pasado dos años desde mi boda con Leonardo Rivas, dos años desde que caminé hacia el altar convencida de que estaba viviendo el día más importante de mi vida pues durante mucho tiempo pensé que la boda había sido el final perfecto para nuestra historia,la ceremonia, los votos, las lágrimas que Leo sigue negando haber derramado, las fotografías, los discursos y la teoría de Nico sobre cómo él e Isabella merecían reconocimiento oficial por haber sobrevivido a nuestro drama adolescente pues al día de hoy sigue sosteniendo que debería aparecer en los agradecimientos de nuestra historia, aunque seguimos ignorándolo.
Sin embargo con el paso de los días fuí descubriendo que la boda no había sido el final, sino el comienzo de algo aún más hermoso, porque descubrí que la felicidad rara vez se encuentra en los grandes momentos y que normalmente aparece en los pequeños,en los cotidianos,en los que nadie publica en redes sociales como despertar cada mañana junto a la misma persona, como discutir durante diez minutos sobre dónde quedaron las llaves para descubrir que las tenía él en la mano todo el tiempo, como recibir mensajes absurdos en medio de una reunión importante o como saber que, sin importar cómo haya ido el día, siempre hay alguien esperando escuchar tu versión de la historia.
Leo y yo aprendimos a ser esposos igual que habíamos aprendido a ser novios,sobre la marcha, cometiendo errores y riéndonos de ellos después.
En cuanto a mi empresa, está creció más de lo que alguna vez imaginé y si bien los primeros años fueron agotadores, largos, caóticos también fueron maravillosos.
Todavía recuerdo la emoción de contratar a mis primeros empleados, la sensación de firmar proyectos importantes y el orgullo de ver algo que comenzó como una idea convertirse en una realidad.
También recuerdo las noches sin dormir, los dolores de cabeza, las reuniones interminables y las veces que estuve convencida de que iba a perder la cordura.
Leo estuvo presente en todas, absolutamente todas incluso cuando sus propios compromisos lo mantenían viajando constantemente.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio, sonreí antes incluso de mirar la pantalla pues abía personas que desarrollaban hábito y luego estaba Leo que d
desarrollaba tradiciones.
Todos los días sin excepción me mandaba mensaje aunque nos acabáramos de ver en la mañana en nuestra casa, aunque estuviera ocupado, siempre.
Leo: ¿Ya comiste?
Rodé los ojos sonriendo.
Fernanda: Sí.
La respuesta llegó apenas unos segundos después.
Leo: ¿Sí real o sí de empresaria adicta al trabajo?
Negué con la cabeza.
Fernanda: Sí real.
Leo: ¿Con evidencia fotográfica?
Fernanda: No.
Leo: Entonces sigo sospechando.
Una risa escapó de mis labios y lo peor era que tenía motivos para desconfiar.
Había demasiados días en los que el trabajo terminaba ocupando más espacio del que debería y aunque jamás lo admitiría en voz alta, Leo era una de las razones por las que había aprendido a equilibrar mejor las cosas porque él siempre encontraba la manera de recordarme que existía vida fuera de la oficina aunque a veces tuviera que arrastrarme fuera de ella para lograrlo.
Fernanda: ¿Desde cuándo necesito pruebas?
Leo: Desde el incidente de "sí desayuné" de hace ocho meses.
Fernanda: Eso fue una vez.
Leo: Fernanda, literalmente te encontré comiendo galletas a las cuatro de la tarde.
Fernanda: Técnicamente estaba comiendo.
Leo: Voy a ignorar esa lógica solo porque te amo.
Mi sonrisa apareció sola como siempre porque después de todos estos años seguía teniendo ese efecto en mí.
Fernanda: Yo también te amo.
Los tres puntos aparecieron de inmediato.
Leo: Bueno, ahora me siento culpable por haberte acusado.
Fernanda: Deberías.
Leo: No exageremos.
Leo: ¿A qué hora sales?
Fernanda: Depende.
Leo: Respuesta incorrecta.
Fernanda: Leo…
Leo: Fernanda…
Fernanda: Tengo trabajo.
Leo: Y yo tengo una esposa a la que me gustaría ver antes de que se convierta oficialmente en parte del mobiliario de su oficina.
Fernanda: Qué dramático.
Leo: Lo aprendí de ti.
Fernanda: Eso es mentira.
Leo: Fer, una vez hiciste una presentación de veinte minutos para convencerme de cambiar una lámpara de lugar.
Me quedé mirando la pantalla porque lo peor era que tenía razón.
Fernanda: Era una mala ubicación para la lámpara.
Leo: Te amo.
Fernanda: Eso no tiene nada que ver.
Leo: Lo sé. Solo quería recordártelo.
Sentí algo cálido instalarse en mi pecho, algo familiar, algo que después de tantos años seguía apareciendo cada vez que hablaba con él porque la verdad era que nunca había dejado de enamorarme de Leonardo Rivas, ni cuando dejaba los calcetines fuera de lugar, ni cuando invadía mi espacio personal mientras trabajaba, ni cuando se burlaba de mis listas, ni cuando me obligaba a salir de la oficina porque, según él, el mundo existía más allá de mis proyectos.
Tal vez el amor no era encontrar a una persona perfecta, tal vez era encontrar a alguien cuyas imperfecciones terminaran sintiéndose como hogar.
Leo: ¿En qué estás pensando?
Parpadeé porque no entendía como podía saber esto si no me estaba viendo
Fernanda: ¿Cómo sabes que estoy pensando?
Leo: Porque tardaste más de un minuto en responder
Sonreí porque incluso por mensaje seguía leyéndome demasiado bien.
Fernanda: Estaba pensando que te amo.
Pasaron varios segundos antes de que llegara la respuesta y cuando apareció, mi sonrisa se hizo todavía más grande.
Leo: Qué casualidad, yo llevo pensando eso desde hace trece años porque eres la mujer más inteligente del mundo
Mi sonrisa permaneció varios segundos después de leer su mensaje porque, honestamente, después de tantos años debería estar acostumbrada y sin embargo no lo estaba.