Entre Muros y Sueños

Capítulo 11 : Primeras Pinceladas

Era un nuevo día en Valle Verde y el taller de arte y dibujo de la correccional era un caos organizado. Las mesas estaban cubiertas de frascos de pintura derramada, pinceles mordisqueados y papeles arrugados con bocetos fallidos. El aire olía a acrílico y a la promesa de algo nuevo.

El profesor, un hombre calvo con un delantal manchado de todos los colores posibles, alzó las manos para llamar la atención.

—¡Hoy trabajaremos en lienzo, muchachos! —anunció, con una sonrisa que se esforzaba por ser severa—. Quiero que expresen lo que sienten, pero sin palabrotas, sin sangre y, por el amor de Dios, sin dibujar partes íntimas.

Las carcajadas estallaron en el salón. Alguien en el fondo gritó:

—¡Pero, profe, es mi estilo artístico!— lanzó de manera irónica un chico entre la multitud.

El profesor lanzó una mirada de advertencia, pero no pudo evitar sonreír.

Anto, sentada junto a Luka, ya había cubierto su lienzo con trazos suaves y coloridos: flores que brotaban entre cadenas, pájaros con alas hechas de notas musicales. Su mano se movía con seguridad, como si los colores le hablaran.

Luka, en cambio, miraba su lienzo en blanco con el ceño fruncido. No sabía qué dibujar. ¿Qué sentía? ¿Rabia? ¿Miedo? ¿Esperanza? Todo se mezclaba en su cabeza.

A unas mesas más allá, Mati mordisqueaba el pincel, los ojos perdidos en el vacío.

—¿Qué voy a dibujar? —murmuró Luka, como si el pincel pudiera responderle.

—Puedes empezar con algo simple —le sugirió Anto, sin levantar la vista de su obra—. Un árbol, un sol, un rostro.

—No quiero dibujar un sol —gruñó Luka, hundiendo el pincel en la pintura negra con más fuerza de la necesaria. Todo es tan... demasiado brillante. Mis días no tienen muchos soles últimamente.— No es lo que siento. En realidad ni sé qué es lo que siento —rió nervioso, pasándose una mano por el cabello.

—Entonces dibuja lo que sí sientes —susurró Anto, con esa sonrisa suya que siempre parecía entender demasiado. Sus ojos marrones brillaban con una luz que Luka no alcanzaba a descifrar. Ella pinta flores en cadenas y aún sonríe. ¿Cómo lo hace?, pensó Luka mientra ve como Anto desliza su pincel por su lienzo.

Luka miró su lienzo, tomó un pincel y, con un trazo firme, intento empezar a dibujar.

—¿Te puedo dar una idea? —Anto se inclinó hacia Luka con una sonrisa pícara que le hacía brillar los ojos—.

—Vamos, Luka, ¿y si haces algo sencillo? No hace falta que sea un Rembrandt.

— ¿Un sol?..... — Pensó en vos alta Anto —.

—Sí, un sol. Pero no uno cualquiera. Haz uno llorón.— replicó .

Luka levantó la vista, incrédulo.

—¿Un sol llorón? ¿Qué clase de niño de seis años hace eso?

—¡El más genial! —rió ella, tapándose la boca. Pero sus hombros se movían apenas contenían la risa—. Imagínate, un sol con lágrimas azules. Triste pero brillante, como si estuviera de mal humor pero tuviera que iluminar igual.

Luka alzó la ceja.

—Hmm... ... Y si le pongo unas gotas que parecen rayos...

Anto asintió, entusiasmada.

—¡Eso! Eso es arte rebelde, García. ¡Pintá ese sol loco y deforme, que derrame pintura y no tenga vergüenza!

Él tomó el pincel con un ligero temblor y trazó una esfera amarilla. Luego comenzaron a caer lágrimas gruesas, de un azul frío, haciendo ríos sobre el lienzo parduzco.

—Este sol... sí, es mi sol —murmuró Luka, sin abandonar la concentración—. El que brilla aunque le duela.

Se tapó la boca para disimular la risa, pero los hombros le temblaban.

—Pero enserio Luka debes terminarlo este dibujo antes que culmine la clase— le dijo Anto con un rostro de mayor seriedad.

—A esta altura lo único que me preocupa Anto es no terminar con un pincel clavado en el ojo —dijo, señalando el caos del salón—.

A dos mesas de distancia, un chico intentaba pintar con los dedos y acababa de embadurnarse el pelo de azul cobalto.

—¡Mira Luka mi obra de arte!!!! —Mati alzó su pincel y señaló su lienzo, salpicando pintura dorada sobre su remera—. ¡ Este es mi sentimiento: un dragón! Uno que escupe fuego y dice muchas malas palabras.

—Eso no es expresar sentimientos, es fantasía barata y cochina —Anto le lanzó un pedazo de papel arrugado—. Y además, tu dragón parece un pollo con paperas.

El dragón de Mati tenía las alas torcidas y una expresión cómicamente desconcertada.

—¿Paperas? —protestó Matias—. ¡Es estilo expresionista, Anto! ¡Arte puro!

Pasaba el tiempo y la pintura corría gruesa sobre el lienzo bajo la mano inexperta de Luka. Dientes apretados, ceño marcado, cada trazo era una batalla contra el pincel que se le resistía mientras pasaban los minutos. Un sol bastante decente goteaba lágrimas azules .

Anto observó en silencio, la punta de la lengua asomando entre los labios de Luka, mientras mezclaba un azul con blanco en su paleta. Sin previo aviso, dejó su pincel y rodeó la mano temblorosa de Luka con la suya.

—El celeste hay que tratarlo con cuidado —murmuró, guiando su muñeca en un arco suave—. Hay que dejar respirar al lienzo.

La piel de Luka ardía donde los dedos de Anto—fríos de tanto sostener el pincel—se posaron sobre sus nudillos. El nuevo trazo fue más ligero, las lágrimas se convirtieron en finos hilos de pintura aguada celeste.

A tres mesas de distancia, Mati emborronaba su dragón con rajadas de rojo furioso.

—¡Termine mi obra de arte!!!! —anunció orgulloso, machándose la mejilla de escarlata.

De golpe, las risas y conversaciones de la multitud se cortaron como un cuchillo al rechinar la puerta del taller. Cada cabeza se giró hacia el sonido, pinceles suspendidos a medio trazo.

Rodrigo "El Toro" Rivas cruzó el umbral con esa pisada pesada que hacía vibrar el suelo. Ya habían sido 4 días sin novedades de el. Pablo y Federico lo seguían como sombras mal dibujadas, distorsionadas. El primero lanzó una patada certera al bote de pintura vacío —un estruendo metálico retumbó al chocar contra el muro, estampando una mancha ceniza sobre el mural de la institución.




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