El sol de media mañana se filtraba por las ventanas sucias de la biblioteca, dibujando líneas doradas sobre los lomos de los libros maltratados. Polvo danzaba en el aire como notas suspendidas de una canción olvidada. Los pupitres, dispuestos en semicírculo frente al escritorio del profesor, chirriaron cuando Luka, Mati y Anto se sentaron. La mayoría de los internos murmuraban, algunos con los brazos cruzados y otros con los codos hundidos en las mesas, como si la literatura fuera otro castigo a soportar.
Entonces entró ella.
Clara Rodríguez no vestía el típico traje de los empleados de la correccional. Su vestido floreado "azules y violetas desvaídos" movía el aire con cada paso, como si trajera un pedazo de jardín entre tanta aspereza. El tacón de sus zapatos modestos repicó contra el suelo de cemento, y el silencio se hizo más denso cuando dejó su bolso de tela sobre el escritorio. Una hebilla de plata en forma de libro brilló bajo la luz cuando se acomodó los lentes.
-No soy profesora de reglas-dijo, y su voz era clara , sin necesidad de alzarla-. Pero soy experta en palabras. Y hoy, ustedes van a aprender que incluso en este lugar... se puede escribir el mundo de nuevo.
Mati ahogó un silbido admirativo y se inclinó hacia Luka. -Hermosa y poeta- susurró con una mueca que casi le parte la cara. Luka le dio un codazo disimulado, pero no pudo evitar que una sonrisa torcida le asomara. Desde el otro lado del semicírculo, Anto clavó los ojos en ellos con una expresión que habría derribado a un hombre más débil: cejas apenas arqueadas, labios apretados en una línea perfectamente neutral. Solo el dedo índice retorciéndose en un mechón de pelo traicionó su fastidio.
Clara tomó un libro del estante más cercano-Cien Años de Soledad-con la delicadeza de quien levanta un pájaro herido. Las páginas se abrieron en un suspiro amarillento.
-Olvídense de analizar textos-continuó, recorriendo el grupo con una mirada que parecía ver más allá de los remeras blancas y naranjas-. Hoy no les pediré que memoricen fechas ni nombres. Solo quiero que respondan una pregunta: ¿qué historia guardan en sus huesos que nadie ha escrito todavía?
En la segunda fila, un chico con tatuajes de lágrimas bajo los ojos resopló. -¿Y eso para qué sirve?
El colgante de Clara brilló cuando se inclinó hacia él. -Para no convertirse en un personaje secundario en su propia vida.
El ambiente cambió. Algo en esa frase, simple y cortante como un verso, hizo que hasta los más desinteresados levantaran la cabeza.
Anto, que hasta entonces había estado dibujando espirales en el margen de su cuaderno, dejó el lápiz. -¿Podemos escribir sobre cualquier cosa? -Su voz sonó más áspera de lo habitual, como si sospechara que había trampa en la libertad ofrecida.
-Cualquier cosa que no puedan callar -afirmó Clara. Y entonces hizo algo inesperado: sacó de su bolso una caja de lápices de colores-. Incluso si necesitan dibujarla primero.
Mati silbó, tomó un lápiz morado y lo agitó como una varita mágica. -Señorita, usted es la primera persona cuerda que pisa este manicomio.
La sonrisa de Clara se expandió como tinta en agua ante el comentario de Mati.
-Gracias por certificar mi cordura, Matías -dijo, y el solo hecho de usar su nombre completo hizo que Mati se enderezara en el asiento-. Pero esperen, aún no he terminado de volverme loca- replico mientras sonreia.
Recorrió las filas de mesas, el roce de su vestido contra las patas metálicas de las sillas sonaba a páginas pasándose. Se detuvo frente al ventanal.
-Hoy -anunció, abriendo los brazos como si sostuviera un universo- van a escribir un poema sobre esas historias que llevan dentro y nunca han contado. Miedos, sueños, rabias. Todo vale.
Mati alzó la mano con entusiasmo, el lápiz clavado entre los dedos.
-¿Puede ser sobre comida?
-Incluso sobre comida -confirmó Clara, y fue como si hubiera soltado una carcajada atrapada en la garganta.
Mati no necesitó más. Se puso de pie, golpeando la mesa con los nudillos a modo de ritmo, y declamó con voz de trovador callejero:
"Oh, galleta de la cafetería,
dura como una piedra,
fría como el invierno,
pero eres mía,
y te comeré aunque me rompa un diente."
El estallido de risas sacudió la biblioteca. Luka se dobló sobre la mesa, ahogando la risa contra el brazo, mientras Anto fingía indignación, aunque no pudo evitar que la esquina de su boca se alzara.
En la primera fila, un chico alto con cicatrices en los nudillos -Julián, alias "El Cuchillo"- murmuró:
-El mío sería sobre las duchas que congelan como la Antártida misma.
-O sobre los jabones que huelen a geriátrico -apuntó otra voz desde atrás.
Clara dejó que el bullicio se expandiera unos segundos antes de golpear suavemente el escritorio con un libro.
-Excelente. Tienen quince minutos -anunció-. Escriban. Dibujen. Griten si hace falta. Pero cuenten eso que los mantiene despiertos cuando las luces se apagan.
Luka miró su hoja en blanco. La cicatriz de su ceja, ese recordatorio físico de todas las caídas, le palpitó levemente. A su lado, Anto ya había convertido su cuaderno en un jardín de garabatos: notas musicales brotando como enredaderas entre versos casi ilegibles.
Mati, por supuesto, comenzó otro poema:
"Oh, pastel invisible de la cocina,
que nunca nos dan..."
El lápiz de Luka escribía y borraba con furia callada. Las palabras se amontonaban en su cabeza, pero en el papel se deshacían como nubes antes de tomar forma. Tachó otra línea con un gesto brusco que casi rompe la hoja.
La sombra de Clara se extendió sobre su pupitre antes de que él notara su presencia. Él cerró el cuaderno con un movimiento , pero no lo suficientemente rápido.
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Editado: 13.01.2026