Entre Muros y Sueños

Capítulo 13: Brotes Literarios

Los meses rodaron como dados cargados en la palma de Valle Verde. El otoño había despellejado los árboles del patio hasta dejarlos esqueléticos, y el invierno los cubrió con una escarcha que brillaba bajo los focos de seguridad como lágrimas congeladas. Luka ya no contaba los días en la pared de su celda.

Las rutinas lo habían moldeado sin que se diera cuenta. Las mañanas empezaban con el olor a te quemado del comedor y el crujir de sus zapatillas contra la gravilla del camino que lo dirigía hacia la huerta. Allí, bajo la sombra de los girasoles, tomates y lechugas , sus uñas se llenaban de tierra fértil cada día mientras Mati improvisaba bromas o locuras con lo que se le cruzara para opacar un poco el frío del invierno.

A medida que los días se convertían en semanas y las semanas en meses, el vínculo entre Luka y Antonella floreció en medio del entorno hostil de la correccional. En las mañanas, mientras plantaban los pequeños saplings de lechuga en la huerta, Luka se detenía a observarla. Sus ojos, siempre brillantes, brillaban mucho más cuando ella cantaba, susurros de melodías que solo ella podía escuchar. Era un canto que se mezclaba con el aire fresco, una armonía que saturaba el ambiente de una dulzura casi prohibida.

Luka no podía dejar de admirar cuando Anto se concentraba en sus dibujos, su ser se transformaba. Su mirada se perdía en el horizonte, como si estuviera atrapando sueños etéreos que solo ella podía ver.

La conexión que compartían en esos momentos era un refugio para Luka, un recordatorio de que, a pesar de las rejas, todavía podían sembrar futuros. Los dibujos de Anto llenaban su mente de color y luz, recordándole que había algo más allá del cemento y la soledad.

Los miércoles, Clara Rodríguez desplegaba mundos enteros en el aula con sus libros gastados. Luka aprendió que las palabras podían ser refugios portátiles: escribía versos en los márgenes de sus cuadernos y los escondía bajo el colchón como munición secreta. Algunas noches, cuando los pasillos resonaban con los sollozos ahogados de algún interno nuevo, sacaba esos papeles y los releía para comprender el miedo de aquel nuevo joven en valle verde.

El Toro, antes titán de los pasillos, ahora era una silueta desplazándose contra las paredes. Los dias en el hoyo lo habían quebrado de un modo invisible. Ya no recogía "contribuciones" en el comedor ni organizaba peleas en los baños. A veces, Luka lo sorprendía mirando el mural que Anto pintó cerca de la enfermería: un cielo abierto donde los pájaros tenían ojos de personas.

El paso del tiempo había hecho mella en los internos de Valle Verde, especialmente en Rodrigo Rivas, conocido como "El Toro". Los rumores giraban en torno a su experiencia en "El Hoyo", un lugar que se volvía leyenda entre los jóvenes. Muchos murmuraban sobre lo que había sufrido allí: gritos, sombras y un abuso que calaba profundo. Algunos hablaban de visiones , de una temporada en la que su mente había sido poseída por demonios. Las voces conspiranoicas llenaban los pasillos.

Rodrigo se había transformado en una sombra de sí mismo, moviéndose por los pasillos como un hombre sin alma. El brillo feroz en su mirada se había desvanecido, convirtiéndose en un vacío donde nada habitaba. Sin embargo, su presencia seguía imponiendo respeto.

Mauricio Beltrán, con su característica autoritaria, no había cambiado. Continuaba controlando la dinámica del lugar.

En los viernes de visita, cuando El Profe llegaba con noticias de Niko y sobres de semillas, Anto y Mati inventaban excusas para acercarse. "Necesito consejos de jardinería", decía ella, mordisqueando un mechón de pelo. Los tres habían aprendido que la supervivencia en Valle Verde no era cosa de individuos, sino de trincheras compartidas.

La correccional no se había vuelto más blanda. Los guardias seguían gritando, las celdas seguían heladas, y el pan del desayuno aún sabía a cartón. Pero Luka, sin darse cuenta, había echado raíces en ese suelo hostil. No eran fuertes aún, ni profundas, pero estaban allí: frágiles y tercas como los brotes que forcejeaban por nacer entre las losetas del patio.

El sol se filtraba entre las persianas de la biblioteca en un nuevo dia en valle verde, dibujando líneas doradas sobre las páginas abiertas de los libros. Clara se movía entre las mesas con su vestido ondeando levemente, repartiendo cuadernos nuevos como quien siembra semillas.

-Hoy trabajaremos la descripción -anunció, ajustándose los anteojos-. Quiero que capturen un momento, minúsculo pero intenso. Un atardecer, una mirada... Lo que les queme en la memoria.

Mati ya garabateaba con entusiasmo sobre una pelea en su barrio, mientras Anto mordisqueaba el lapicero, absorta en el recuerdo del olor a canela de su abuela; Luka a su lado en cambio, tenía los dedos tensos alrededor del cuaderno que Clara le había regalado semanas atrás. Las páginas estaban llenas de palabras cruzadas, borrones, verdades a medias.

Clara se detuvo tras él, leyendo por encima de su hombro:

"El miedo tiene la misma textura que las paredes de mi celda: áspero, pero te acostumbras hasta que te olvidas de que está ahí. Lo que no se va es la culpa. Esa se queda, como el polvo que se cuela aunque cierres todas las ventanas."

-No escribas solo sobre la sombra, Luka -susurro cerca de él, señalando un párrafo más abajo-. Esto es luz.

Señalaba un retrato de un girasol en su cuaderno que Luka no alcanzo a ocultar con su codo que decia: "Cuando canta bajito, parece que las rejas desaparecen. Hoy dibujó un girasol en mi muñeca con tinta verde y dijo que era un tatuaje de prisión elegante."

El murmullo llego a oidos de Anto que se encontraba sentada cerca de el . En ese preciso momento Luka sintio como si el aire se volviera más denso, como si de pronto todo el peso del mundo descansara sobre sus mejillas encendidas. El rubor le trepaba por el cuello en una caricia involuntaria, tímida, que lo delataba sin clemencia.




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