Entre Muros y Sueños

Capítulo 15: Aproximación Peligrosa

El sol caía sobre el muro este del patio de Valle Verde como miel derramada, tibio pero no abrasador. A esa hora, las sombras eran cortas y precisas, dibujando siluetas nítidas sobre el cemento. Luka apoyaba la espalda contra el muro aún caliente, sintiendo el ladrillo áspero a través del delgado algodón de su uniforme. A su izquierda, Anto retorcía una margarita silvestre entre los dedos —algo prohibido, arrancar flores, pero los guardias hacían la vista gorda con ella—.

Mati, acuclillado frente a ellos, hinchó el pecho y frunció las cejas en una mueca perfecta.

"¡Silencio nocturno, carajo!" —gruñó, imitando la voz áspera del viejo guardia Rojas—. "Si escucho un solo susurro, les doy pala y escoba hasta que les sangren las manos. ¿Entendido, basura?"

Anto se tapó la boca para sofocar una risa, pero no pudo evitar que le temblaran los hombros. Sus ojos brillaban como si acabaran de robarle un chiste al universo y no quisieran soltarlo.

—Te falta el tic en el párpado —apuntó Luka con media sonrisa, señalándose su propio ojo—. Rojas lo hace así cuando está a punto de reventar.

—¿Este? —Mati parpadeó como si tuviera una mosca en la cara, exagerando tanto que hasta Anto soltó un resoplido.

Un silencio cómodo cayó entre ellos, roto solo por el lejano murmullo de otros internos jugando a la pelota en el otro extremo del patio. No muy lejos, el Mauri Beltran recorría el perímetro con las manos en la cintura, su bastón golpeando el piso con ritmo militar.

Anto sacó unos dibujos arrugados del bolsillo de su uniforme, cuidadosamente desdoblados aunque los pliegues delataban que los había escondido más de una vez. Los extendió sobre sus rodillas, revelando trazos firmes de lápices de colores: un bosque exuberante donde los pájaros no eran simples siluetas, sino criaturas con plumas de azul eléctrico y rojos vibrantes que parecían a punto de despegar del papel.

—Este lugar... no sé cómo llamarlo —murmuró, pasando el dedo por el borde del dibujo—. ¿Qué nombre le pondrían ustedes?

Mati se inclinó hacia adelante, arrugando la nariz con una mueca teatral.

—¡No puedes dibujar algo más interesante! —salmodió como un vendedor de discos pirata—. ¡Alguna tapa de Iron Maiden! ¡O el logo de Nirvana con Kurt Cobain fumando! —Se golpeó el pecho con el puño cerrado—. Hasta el fantasma de Kurt te lo agradecería.

Luka no pudo contener la carcajada. Se encogió de hombros, imitando la voz engolada de los abogados que veía en las telenovelas cuando lo llevaban ante el juez:

—Acompaño el pedido de mi amigo y representante.

Anto les lanzó una mirada entre exasperada y divertida, arrebatando los dibujos como si fueran a contaminarse con sus ocurrencias.

—Se nota su nivel de vulgaridad y primitividad —respondió, aunque una sonrisa traviesa le escapó por un costado de la boca—. Este bosque es real. Existió en algún lugar... o existirá.

Los rayos del sol se trisaron de pronto, partidos por una silueta alargada que cayó sobre el papel como una mancha de tinta. El aroma a tabaco barato y alcohol en gel los envolvió antes de que la voz untuosa de el Mauri Beltran cortara el aire:

Qué bonitas pinturitas, princesa!!!.

El guardia se agachó lo justo para que su aliento cálido golpeara la nuca de Anto.

Luka notó cómo los dedos de Anto se tensaron alrededor del papel, arrugandolo sin querer. Mati, sentado todavía en cuclillas, hizo como si revisara sus cordones, pero su mirada ardía clavada en las botas militarizadas del guardia.

Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, el Mauri arrancó el dibujo de las manos de Anto con un gesto que pretendía ser casual pero dejó un borde rasgado en el papel. El crujido del arranque sonó como un disparo en el aire quieto. Lo guardó en el bolsillo del pecho con dedos gruesos que rozaron demasiado lento el hombro de la chica.

—Lo guardo yo... para recordarte —dijo, arrastrando las palabras con una sonrisa que mostraba demasiado diente.

Se inclinó de nuevo, y sus labios casi tocaron la oreja de Anto mientras murmuraba algo que ni Mati ni Luka alcanzaron a escuchar. Pero vieron cómo los hombros de ella se encogieron como si alguien le hubiera clavado un alfiler en la espalda. La margarita que sostenía se partió en dos, deshojándose sobre sus rodillas.

Luka saltó hacia adelante con el puño ya cerrado, pero Mati lo agarró del brazo con un tirón brusco que casi lo desequilibra. Los nudillos de Luka palidecieron bajo el agarre de Mati.

—No —murmuró Mati, con una voz tan baja que solo él pudo oírla—.

Anto negó con la cabeza en un gesto imperceptible. Su boca tembló en una mueca que intentó ser una sonrisa y falló.

El Mauri se alejó con pasos medidos, su bastón golpeando el cemento en un ritmo que resonó como un tictac amenazante.

Nada nuevo —susurró Anto, recogiendo los restos de la flor con dedos que no conseguían estarse quietos—. Ya estoy acostumbrada.

Pero su voz sonó gastada . Luka tragó saliva.

—Ese cerdo no merece tu dibujo —escupió Luka en un susurro áspero.

El timbre de finalización del recreo sonó como un disparo seco, cortando la tensión que flotaba en el aire. El Mauri, de pie junto al portón, observaba a los internos con los brazos cruzados y una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos.

A sus celdas, angelitos —anunció con voz melosa, como si disfrutara cada sílaba.

Luka se alejó del muro, sintiendo el peso de la impotencia en los hombros. A su lado, Anto caminaba con la mirada clavada en el suelo, como si al despegar los ojos del cemento, todo podría desmoronarse. Mati lo siguió, silencioso por una vez, sus habituales bromas apagadas bajo el peso de lo que acababa de presenciar.

Entonces, desde las sombras del pasillo, emergió una figura sólida y ancha. El Toro bloqueó el camino de Luka, su corpulencia ocupando casi todo el espacio. Luka tensó los músculos, esperando una burla, un golpe, cualquier muestra de su habitual brutalidad. Pero cuando Rodrigo Rivas levantó la vista, no había rastro de aquella arrogancia cruel.




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