El día de la visita de Niko llegó con una luz pálida filtrándose por la ventana enrejada de la celda. Luka pasó la mañana nervioso, pasándose los dedos por el cabello corto una y otra vez, como si con ese gesto pudiera borrar los meses de encierro. Se miró en el diminuto espejo pegado al muro —sin ángulos que permitieran convertirlo en arma—, estudiando su rostro: la misma cicatriz en la ceja, los mismos ojos oscuros, pero algo había cambiado. Una dureza nueva en la línea de su mandíbula, una tensión que no estaba ahí antes de Valle Verde.
Se agachó para acomodar las zapatillas por tercera vez, buscando la perfección imposible en cada detalle. Su garganta estaba seca. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo explicar esas paredes, esos cerrojos, este lugar que apestaba a cloro y miedo? Pasó el dedo por los bordes desgastados de su uniforme blanco y gris, como si pudiera pulir las marcas del tiempo. Qué diferente era ahora de aquel hermano mayor que Niko recordaría, el que le inventaba historias del Capitán Valiente para espantar las pesadillas.
La bocina anunciando las visitas lo sobresaltó como un disparo. Luka tragó saliva, notando cómo sus manos —esas manos que ahora sabían cavar hoyos para semillas y empuñar pinceles— temblaban ligeramente. El pasillo hasta el patio pareció alargarse, cada paso un eco de los días perdidos.
El patio estaba casi lleno. Familias con bolsas de golosinas, madres con ojeras marcadas pero sonrisas valientes, abuelos que cargaban regalos envueltos en periódico. Luka se detuvo en el centro, los ojos pegados al portón de entrada. Cada figura que pasaba lo hacía contener el aliento. ¿Lo reconocería? ¿Se asustaría al verlo tras estas rejas?
Y entonces, como en esos sueños donde el tiempo se estira y contrae a voluntad, allí estaba: Niko, más alto pero aún pequeño, los mismos ojos grandes que le recordaban a lágrimas no derramadas. El niño apretaba la mano del Profe con una fuerza que delataba su nerviosismo. Llevaba una camisa azul marino que le quedaba grande —¿regalo del Profe? ¿de los vecinos?— y unos zapatos escolares pulidos que brillaban demasiado para haber recorrido el camino polvoriento hasta la correccional.
El abrazo fue torpe entre Luka y Niko, incómodo por la mesa de por medio y los guardias que vigilaban cada movimiento. Las rodillas del niño golpearon el borde de la mesa al intentar acercarse, pero cuando Niko murmuró "Te extraño, 'mano" contra su hombro, Luka sintió que el mundo se enderezaba.
El Profe observaba desde su silla, sus dedos entrelazados sobre el viejo maletín lleno de papeles gastados.
—Solo media hora —recordó un guardia sin levantar la vista del reloj.
—Mira. —Niko se separó bruscamente, abriendo su mochila con dedos temblorosos. Sacó un cuaderno de espiral lleno de insectos aplastados en las páginas—. A la profesora le gustó mi trabajo de ciencias.
Las letras torcidas de su hermano decoraban cada esquina: "La transformación de la oruga", con flechas señalando alas arrugadas de mariposa.
—Genial, Niko —Luka estiró el brazo para rascarle la cabeza como antes, pero al rozar el cabello limpio y recién cortado, sintió sus propias uñas mugrientas y retiró la mano—. Te estás volviendo un genio.
El Profe deslizó una bolsita de papel marrón sobre la mesa.
—De tu madre —murmuró, señalando el interior con disimulo—. Gomitas de menta.
Luka casi sonrió. Ana siempre me chantajeaba con estas.
Niko se balanceo en la silla, golpeando los pies contra las patas metálicas.
—Tengo un amigo nuevo —anunció de pronto—. Se llama Camilo. Me enseñó a silbar con un carozo de durazno.
—Ya verás cuando salga —Luka se inclinó hacia adelante—. Yo te enseño uno mejor, con hojas de mango.
El niño se rió, pero su sonrisa se desvaneció al mirar alrededor: las paredes pintadas y sucias , los guardias que se paseaban con rostros impasibles.
—¿Son malos... los otros que están aquí?
—No tanto —mintió Luka, notando los ojos de incredulidad de el Profe—. Algunos hasta dibujan.
—Tengo una amiga que dibujo todos estos!!!— respondió Luka señalando los murales ante la mirada asombrada de Niko.
La voz de el Profe se filtró entre el bullicio del patio, su tono grave pero cálido como el sol que se colaba entre las rejas:
—Ana sigue firme, Luka.
Luka apartó la mirada de Niko, que ahora jugueteaba con el cuaderno de ciencias sobre la mesa.
—¿Y los medicamentos? —preguntó, bajando la voz mientras Niko se distraía contando las páginas—.
El Profe deslizó un caramelo de menta hacia Niko antes de responder.
—El médico ajustó el tratamiento. Ya no tiene esos temblores. Sus manos dejaron de sacudirse, ¿ves? —Hizo un gesto sutil con los dedos, imitando la calma que ahora tenía Ana—. Hasta borda en las terapias grupales.
Luka mordió el interior de su mejilla. Recordó a su madre años atrás, cuando los hilos se le enredaban entre los dedos y las agujas caían al suelo.
—¿Come bien? —insistió.
El Profe asintió.
—Como una colegiala. Ayer se comió tres panes en el desayuno y regañó al cocinero por no ponerle mermelada extra. —Una sonrisa fugaz le iluminó los ojos—. Hasta ganó dos kilos.
Niko levantó la cabeza al oír la cifra.
—¡Mama dice que voy a crecer más que tú! —dijo, estirando los brazos hacia arriba.
Luka intentó reír, pero la pregunta que lo carcomía desde hacía meses le quemaba la lengua:
—¿Y... lo otro? ¿Los episodios?
El Profe entendió al instante. Inclinó el torso hacia adelante, como si fuera a contar un secreto.
—Treinta y siete días limpia. La más larga racha en años. —Los dedos del anciano dibujaron una letra "A" en el polvo de la mesa—.
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Editado: 13.01.2026