Entre Muros y Sueños

Capítulo 17: Nuevas Circunstancias

Habían pasado algunas semanas de la visita de Niko que aún retumbaban en la memoria de Luka. La lluvia de invierno repiqueteaba contra los cristales empañados del patio interno, convirtiendo el espacio en una jaula de ruido húmedo. Los internos se apiñaban bajo los techos bajos, algunos jugando a las cartas sobre mesas pegajosas, otros observando el agua correr por las rejas como si llevara secretos hacia la libertad. Luka estaba recostado contra la pared, el dibujo de Niko doblado cuidadosamente en el bolsillo de su camisa, cuando vio a Mati abrirse paso entre la multitud. Sus zapatillas chapoteaban en los charcos dispersos del piso, los ojos brillantes con una urgencia que no encajaba en aquella tarde gris.

—¡Luka, ven rápido! —le gritó Mati, agarrándolo del brazo con fuerza suficiente para dejar marcas—. Rojas tiene un diario... ¡Habla del dueño de la tienda!

El corazón de Luka dio un vuelco. De pronto, la humedad del aire se le hizo un nudo en la garganta. Siguió a Mati sin pensar, esquivando cuerpos y miradas curiosas hasta llegar a la cafetería. Allí, el guardia Rojas —un hombre con bigote canoso y el uniforme siempre medio desabrochado— hojeaba el periódico con desgano, un cigarrillo apagado colgando de su boca.

"COMERCIANTE HERIDO EN ASALTO VUELVE A CASA TRAS LARGA RECUPERACIÓN", rezaba el titular en letras negras en la esquina inferior de la tapa.

—¿Nos deja leerlo, señor? —preguntó Mati señalando el titular, empujando a Luka hacia adelante como si él fuera el único con derecho a pedirlo.

Rojas suspiró, pero no gruñó. Algo en su mirada cansada —quizá la cercanía de su jubilación, quizá el eco de su propio pasado— lo hizo ajustar los lentes y comenzar a leer en voz baja pero clara:

"Tras varios meses de internación y rehabilitación, el señor Roberto Campos, dueño de la tienda 'El Porvenir', recibió el alta médica. Fuentes del hospital confirmaron que, pese a la grave herida, el comerciante logró recuperarse y ya se encuentra en su hogar, bajo cuidado ambulatorio."

Luka no respiró. La sangre le zumbaba en los oídos como si fuera a reventar. "Estaba vivo". No solo eso: "estaba bien". Por primera vez en meses, un hilo de esperanza se enredó en su pecho.

Mati le dio un codazo, rompiendo el hechizo. —¿Lo ves? —murmuró—. No lo mataste.

Pero Rojas, sin levantar la vista del diario, agregó con voz neutra:

"El juez a cargo del caso del menor implicado en el asalto anunció que revisará la sentencia, alegando 'nuevas circunstancias'."

El silencio que siguió fue más fuerte que la lluvia. La mirada de Mati se clavó en Luka con una pregunta muda. El guardia dobló el periódico con gesto final y se lo metió bajo el brazo, alejándose sin más explicaciones.

Las palabras flotaban entre ellos, pesadas como el aire antes de un relámpago. "Revisar la sentencia". ¿Menos tiempo? ¿Libertad condicional? ¿O solo un castigo diferente?

Luka miró por la ventana. Allá afuera, entre el agua que caía a cántaros, el mundo seguía girando. Y ahora, por primera vez, quizás girara también para él.

Luego ese mismo dia por la tarde en la biblioteca la lluvia golpeaba el techo como si quisiera derribarlo. Las gotas resbalaban por los cristales, dibujando caminos torcidos que Luka seguía con la mirada mientras sus dedos aferraban el lápiz sin escribir. Al frente, la maestra Clara hablaba de metáforas y versos libres durante la clase de literatura, pero su voz se perdía entre el murmullo del agua y el zumbido de sus propios pensamientos.

"El dueño de la tienda estaba vivo".

La frase le daba vueltas en la cabeza, mezclándose con el eco de otra voz, más joven y frágil: "Mamá dice que eres valiente." Niko creía en él. ¿Pero qué significaba ser valiente ahora? ¿Aceptar que había una posibilidad —pequeña, brillante— de salir antes? ¿O prepararse para que todo siguiera igual, o peor?

—Luka —dijo Clara, deteniéndose frente a su mesa—. ¿Te animas a compartir lo que escribiste hoy?

Él parpadeó, como si volviera de muy lejos. El cuaderno abierto ante él tenía apenas unas líneas torcidas:

"La casa de papel tiene ventanas sin rejas,

pero ¿qué pasa cuando el viento sopla?"

Clara leyó en silencio, sin apresurarlo.

—Es solo un borrador —murmuró él, tapando las palabras con la mano.

Ella asintió, pero no se fue.

A veces, lo que no termina de escribirse es lo más honesto —dijo, bajando la voz para que solo él escuchara—. Como esa lluvia afuera. Cae sin saber dónde terminará —replicó Clara.

Luka tragó saliva. ¿Dónde terminaría él? El dibujo de Niko ardía en su bolsillo, esa casa de colores donde los tres volvían a ser una familia. Pero la realidad tenía aristas, preguntas sin respuesta.

Si salía pronto, ¿lo aceptarían en algún trabajo con su historial? Que seria de su futuro. Su cabeza daba vueltas en preguntas sin respuestas.

La incertidumbre seguía allí, pegajosa como la humedad, esperando a que la próxima tormenta llegara.

Pasaron los minutos y la clase terminó con el murmullo de los internos guardando sus cuadernos. Luka cerró el suyo con cuidado, protegiendo aquellas líneas inconclusas que eran más honestas que cualquier confesión. La lluvia seguía arrastrándose por los cristales cuando salió al pasillo de la biblioteca, donde las estanterías altas creaban pasadizos de sombras.

Fue entonces cuando la vio: Anto, acorralada entre dos estantes polvorientos. El Mauri la tenía arrinconada, su cuerpo robusto bloqueando cualquier salida. La luz mortecina de un foco fundido apenas iluminaba la escena, pero Luka no necesitaba ver más. Las palabras del guardia llegaron en un susurro viscoso, demasiado bajo para entender, pero el miedo en los ojos de Anto gritaba lo que las palabras callaban.




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