Entre Muros y Sueños

Capítulo 18 : Raíces al Descubierto

El sol del mediodía caía sobre el huerto de Valle Verde, derritiéndose sobre los surcos recién regados.Las semanas pasaron y el invierno se estaba despidiendo para darle lugar a la primavera que se empezaba a asomar. Bajo la sombra retorcida del árbol viejo , cuyas ramas parecían garras atrapando pedazos de cielo azul , Luka y Anto se dejaron caer sobre la tierra húmeda. El aire olía a tomate reventado y humedad atrapada entre las raíces.

Anto arrancaba matojos secos con demasiada fuerza, los dedos manchados de tierra hasta los nudillos. Cada movimiento era un pretexto para no mirar a Luka, que jugueteaba con una ramita, marcando líneas sin sentido en el suelo.

-Hace un calor de infierno -murmuró Luka, frotándose la nuca con una mano todavía embarrada-. Ayer estábamos tiritando.

Anto asintió sin alzar la vista.

-El clima en esta época es impredecible. Te manda al infierno un momento y al rato te regala un viento frío que te congela.

Luka soltó una risa seca y arrojó un terrón a lo lejos. El silencio volvió, pero ahora se sentía distinto. Más liviano, como la brisa que rozaba los tomates.

-¿Sabes lo que dijo Mati esta mañana? -preguntó Anto de pronto, imitando la voz congestionada de su amigo-. «No es gripe, es conspiración del universo para salvarme de la cosecha».

Luka se rió de verdad esta vez, y Anto lo siguió, limpiándose sin darse cuenta una mancha de barro en la mejilla.

-Con suerte se queda en cama hasta que tengamos que hacer cosecha otra vez -dijo Luka, y Anto lanzó un puñado de hierbajos hacia el piso húmedo.

El sol seguía cayendo, pero bajo el árbol viejo, en ese pedazo de sombra torcida, el calor no llegaba. Ni las palabras que no se decían, ni el futuro incierto, ni la vigilancia de los guardias. Solo dos risas jóvenes, brillando un instante en medio del barro.

La risa se extendió unos segundos más, mezclándose con el zumbido de las abejas que danzaban entre alguna flores silvestres que se dejaban asomar . Anto arrancó un pétalo amarillo, lo aplastó entre los dedos y lo dejó caer como una confesión mínima.

-¿Y... cómo está tu madre ahora? -preguntó al fin, con esa voz que parecía sacar fuerzas desde muy adentro-. Ana, ¿no? Ella está en... rehabilitación.

El aire se espesó. Un grillo comenzó a cantar en algún hueco del muro, como rellenando el silencio que dejó Luka antes de responder.

-Sobreviviendo -dijo, arrancando otra ramita con más fuerza de la necesaria-.

-Eso cuenta -Anto mordió el labio inferior-. ¿Y tu hermano?

-Niko. -El nombre le salió con un destello de luz-. Puro. Como un maldito milagro en medio de todo este desastre.

Una abeja se posó en el dobladillo mugriento del pantalón de Luka. La observaron los dos, hipnotizados por su vuelo tembloroso.

-¿Y... tu papá? -Anto lo miró de reojo, midiendo la reacción.

La ramita se partió en dos con un chasquido seco.

-Viento. Se fue y no dejó ni polvo.

Anto asintió, como si conociera demasiado bien ese tipo de historia. Tragó saliva con fuerza, los dedos ahora destrozando una hoja seca hasta convertirla en migajas.

-Mi padre tampoco fue de quedarse -dijo al fin, mirando hacia el alambre de púas que cercaban el huerto-. Solo que el mío... pegaba antes de irse.

Luka levantó la cabeza de golpe. Nunca había escuchado ese tono en ella: frío y afilado como una navaja oxidada.

-Mi mamá murió cuando tenía seis -siguió Anto.

Una mosca se posó en la rodilla de Luka. Ni siquiera la espantó.

La mosca levantó vuelo cuando la voz de Anto se quebró . Sus dedos, ahora inmóviles, se cerraron en puños llenos de tierra.

-A veces... -respiró hondo- duele hasta nombrarla. Porque si ella hubiera... todo sería distinto. Pero solo tengo pedazos de ella. Como un dibujo mojado.

Luka sintió el nudo en su propia garganta. El silencio entre ellos creció, denso como la humedad del huerto.

-Antonieta -Anto pronunció el nombre como un conjuro-, mi abuela, decía que ella se ahogó en su propia tristeza. Que es como morir de sed junto al mar.

Anto siguió cavando hoyos en la tierra con un palito, trazando círculos imperfectos ante la mirada de Luka.

-Mi abuela Antonieta tejía estrellas de lana. Me enseñó que cada puntada es un miedo que se va -sus labios esbozaron una sonrisa frágil-. "Si aprietas mucho, queda feo; déjalo fluir", me decía. Era... mi ángel.

El sol se filtró entre las hojas del árbol viejo, dibujando sombras cambiantes sobre sus rostros.

El cambio fue brutal. Anto arrancó un puñado de hierbas con raíz y todo, la mandíbula tensa.

-Una noche -las palabras salieron en ráfagas cortantes- Héctor, mi padre, llegó borracho. No había cena. Me agarró del brazo y...

Sus uñas marcaron medias lunas en la tierra. Luka no se atrevió a respirar.

-Antonieta se puso entre nosotros. Él la empujó -un sollozo se le escapó- Sonó como cuando se parte una calabaza. La sangre en el piso era tan roja...

Las lágrimas cayeron sobre sus manos sucias, abriendo pequeños cráteres en el polvo. Luka extendió un brazo, pero se detuvo a centímetros de su hombro. La cicatriz en su ceja derecha palpitó, recordándole su propia historia.

-Después... se fue. Como si nada -Anto se frotó los ojos con furia, dejando manchas de barro en sus pómulos-. Dos semanas en el hospital. Y un día el monitor hizo ese sonido plano y...

Su voz se extinguió. Una hilera de hormigas pasó junto a su rodilla, indiferente al dolor humano.

-Los hogares de acogida son como... -cambió abruptamente el tema, arrancando otra hierba- cajas de zapatos vacías. Te meten adentro y cierran la tapa.

Luka observaba cada gesto de Anto como si fueran palabras no dichas. Notó cómo sus hombros se tensaban al mencionar a Héctor, cómo sus dedos ,todavía embarrados, se aferraban a sus propias rodillas como anclas. El sol filtrándose a través de las ramas del árbol viejo dibujaba sombras movedizas sobre su rostro, revelando ojos vidriosos que evitaban los suyos.




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