El comedor de Valle Verde olía a avena aguada y jugo de naranja artificial, una combinación que hacía arrugar la nariz hasta al más hambriento. Entre las mesas desgastadas, una figura lamentable arrastraba los pies con la dignidad de un zombi recién salido de la tumba: Mati, con la nariz roja como los tomates que habían cosechado el día anterior y los ojos vidriosos de fiebre.
—¡Mira quién se nos aparece! —Anto alzó la voz lo suficiente para que se escuchara sobre el ruido de cubiertos—. El gran sobreviviente de la gran plaga de Valle verde .
Luka casi escupe su jugo al ver a Mati intentar hablar. Su boca se movía como pez fuera del agua, pero solo salía un graznido lastimero. Con las manos hizo un gesto dramático hacia su garganta y luego señaló el plato de avena con expresión de asco.
—Creo que dice que prefiere morir antes que comer esto otra vez— Anto fingió hacer de traductora, inclinándose hacia Luka con profesionalismo exagerado.
—Ah, con razón se salvó de la cosecha —Luka golpeó la mesa con sarcasmo—. La fiebre estratégica. ¡Genio incomprendido!
Mati respondió con un ataque de tos exagerado, inclinándose peligrosamente sobre sus platos. Anto saltó de su asiento con falsa indignación.
—¡Eh, desperdicio biológico! ¡Si me contagias, te arranco la otra amígdala a mano!
La tos se convirtió en risa ronca mientras Mati sacaba un pañuelo arrugado de su bolsillo y lo agitaba como bandera de rendimiento. Sus ojos brillaron con malicia repentina y, antes de que pudieran reaccionar, se inclinó hacia ellos tosiendo con todo el aire de sus pulmones.
— ¡Que asco!! —Luka frunció el ceño y se alejó de Mati con gesto de desprecio.
Mati, aprovechando la distracción, agarró un pedazo de pan del plato de Luka. Lo desmenuzó con un gesto teatral en la boca, imitando la forma en que lo habían descrito.
Luego, con gran teatralidad, sacó un lápiz y garabateó en una servilleta: "Enfermera nueva. 26. Rubia. Ángel de misericordia."
—¡Ahá! —Anto se irguió, imitando una voz aguda—. "Tómese esto, jovencito, no se mueva que le pongo el termómetro... otra vez."
Mati puso los ojos en blanco, negando con vehemencia mientras Luka casi caía de la silla de la risa.
—No, no, él seguro fue más directo —Luka tosió para imitarlo—. "Ah .... mmm enfermerita, ¿me revisa el... termómetro también? Porque siento calor."
Mati los amenazó con la cuchara, pero su sonrisa desmentía la furia. La servilleta voló hacia Anto, que la atrapó y añadió: "P.D.: Dice que no se siente bien, pero cuando ella entra al cuarto siente la fiebre... en otro lado."
Mati, recuperando un poco de voz, rasgó otra servilleta con dedos que aún temblaban de fiebre y garabateó: «¿Y cómo les fue ayer sin mí? ¿Recolectaron muchos tomates ?»
Anto miró rápidamente a Luka, quien escondió una sonrisa en el borde de su vaso de jugo.
—Cosechamos tomates, sí —dijo Luka, alargando las palabras—. Y algo más... interesante.
Sus ojos se encontraron con los de Anto en un relámpago de complicidad, mientras ella jugueteaba con un hilo suelto de su uniforme.
Mati alzó una ceja.
—¡Ah, ya! —Anto le lanzó una migaja de pan—. ¿Afectado por la fiebre o pensar en la enfermera te dejó sin neuronas?
Mati lanzó una tos exagerada y escribió con letras temblorosas: «Detalles. O los invito a mi funeral (con flores y todo).»
Luka se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Anto se puso a arrancar hierbas y cosechar tomates como si fuera la mismísima muerte. Hasta el árbol viejo tembló.
—¡Mentira! —Anto le dio un codazo, pero sonreía—.
Mati golpeó la mesa con la mano. Con gestos y la poca voz que le quedaba, simuló a alguien cavando y luego señaló alternativamente a ambos, levantando las cejas como preguntando: ¿Qué diablos pasó ahí?
Luka se encogió de hombros.
—Cosas de huerta, Mati. Secretos entre la tierra y las raíces.
—Uy, poético —Anto fingió un desmayo dramático sobre la mesa—. Cuidado, que la próxima te veo escribiendo una novela de nosotros.
Mati ahogó una risa en otro ataque de tos (esta vez mitad real, mitad teatro) y escribió rápido: «OJO: si se besaron entre los tomates, es patético. No soporto romance barato.»
—¡¿QUÉ?! —Anto le lanzó una cuchara que rebotó en su frente—. ¡Tú sí que estás delirando, chico peste!
Luka casi se atraganta con el jugo.
Mati hizo un gesto de "un corazón", pero no se rindió. Tomó la servilleta y dibujó un corazón torcido entre dos figuras humanoides.
—Se nota que tus dotes artísticas valen más que tu habilidad con las mujeres —Anto arrugó el papel y lo tiró—. Además, ese corazón parece una berenjena.
El estallido de risa de los tres llamó la atención de los guardias, pero por una vez, nadie les gritó que callaran. En ese rincón del comedor, entre migajas de pan y bromas tontas, por un instante no había correccional, ni castigos, ni pasados dolorosos. Solo tres adolescentes riendo tan fuerte que casi podían olvidar dónde estaban.
La fila de internos avanzaba con lentitud burocrática hacia el punto de control, luego del desayuno. Manos en la nuca, miradas bajas, pies arrastrándose sobre el piso de cemento manchado. Anto ocupaba su lugar habitual entre Luka y Mati, este último todavía pálido de fiebre pero capaz de caminar, aunque cada paso parecía costarle un esfuerzo sobrehumano. Hacía menos de una hora, los tres habían estado riendo como niños en el comedor. Ahora, el silencio entre ellos estaba cargado de electricidad estática.
La guardia Rodríguez, una mujer corpulenta de manos anchas, revisaba a las chicas una por una con movimientos rápidos y profesionales. Con los hombres, el viejo Jiménez hacía lo propio, sus gafas empañadas resbalando sobre su nariz sudorosa.
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Editado: 30.01.2026