El sol de la tarde se filtraba entre los árboles del patio de visitas pintando manchas doradas sobre las mesas , en un nuevo día de visitas en Valle Verde. Una brisa fresca, cargada del dulce aroma de las petunias , agitaba las páginas de un libro abandonado en otra mesa. El invierno iba cediendo, pero aún dejaba escapar algún suspiro helado entre los rayos tibios de la incipiente primavera que se aproximaba. Desde su banco habitual, Luka vio la silueta conocida atravesar el portón principal: sombrero desgastado, paso cansino pero firme, el maletín de cuero bajo el brazo como siempre.
—Profe —llamó Luka, levantando una mano en señal de reconocimiento.
El hombre alzó la vista, y al reconocerlo, su rostro se suavizó en una sonrisa.
—Hijo —Caminó hacia él con esa mezcla de elegancia desgastada y sabiduría de quien ha visto demasiado.
—Te traigo noticias.
Antes de que pudieran seguir, una voz ronca interrumpió desde atrás.
—¡El Profe en persona! —Mati se acercó arrastrando los pies, la nariz todavía roja, los ojos brillantes aunque vidriosos.
— ¿Qué me dice, maestro? ¿Trae chismes del exterior? —Inclinó la cabeza con exageración.
— O mejor, ¿dulces escondidos en ese maletín?.
El Profe río, ajustando las gafas sobre su nariz.
—Lo siento, Mati. Hoy solo traigo palabras. Y no todas son amargas.
Anto apareció entonces, más silenciosa que nunca. Se detuvo a una distancia prudente. Algo en la figura masculina mayor , amplia, paternal, pero aun así desconocida, parecía hacerla retroceder un paso.
—Antonella ... ¿Cómo estás? —El Profe inclinó la cabeza hacia ella, suavizando la voz .
—Como le va a la gran artista. He visto tus murales y son muy hermosos.
Ella asintió,como agradeciendo el gesto.
—No son gran cosa —murmuró.
—Los murales dicen lo contrario, este arte no es para cualquiera mi querida Anto —replicó el Profe con una sonrisa .
Mati, siempre hábil rompiendo tensiones, lanzó un codazo cómplice a Luka.
—Oye, Don profe, hay algún chisme interesante de lo que sucede allá afuera
El Profe soltó una carcajada, pero su mano fue al bolsillo interior del saco.
—Bueno, quizás no traigo chisme pero traje algo más que palabras...
Sacó tres sobres pequeños de papel de estraza, cada uno con una etiqueta escrita a mano: "Tomates Cherry", "Albahaca ", "Girasoles ".
Anto, olvidando por un segundo su timidez, alargó la mano casi sin pensar.
—Semillas, esto me encanta —susurró, como si fueran joyas.
El Profe asintió.
—De mi huerta. Pensé que les gustaría intentar algo nuevo en ese pedazo de tierra que cuidan.
Mati tomó su sobre con los dedos.
—Tengo que sobrevivir a esta gripe primero. Pero cuando lo haga por lo menos comeré una buena ensalada de tomates cherry—inclinó la cabeza hacia Anto con picardía.— Aunque dudo que esos tomates vayan a parar a nuestras mesas una vez cosechados....
Anto le lanzó una mirada, pero una sonrisa asomó en sus labios como sabiendo que era obvio que esos tomates cherry irían a parar a otro lado.
El periódico amarillento que tenía el profe bajo su brazo crujió entre las manos de Mati que se lo arrebato luego de recibir el sobre de semillas, ese periódico era oro puro para Anto y Mati; cada sílaba de sus palabras salpicada por toses intermitentes eran escuchados con atención por Anto y Luka ante la mirada de el profe. "Independence Day... ¡y DiCaprio convertido en Romeo!" mencionaba Mati.
Anto se estiró sobre su hombro, deslizando un dedo por la foto en blanco y negro de Oasis en la sección espectáculos.
—¿Qué estilo de música le gusta, Profe?—El olor a tinta de periódico se mezclaba con el aroma de las petunias que rodeaban el patio.
El Profe se ajustó el sombrero, sus ojos perdidos en algún recuerdo.
—The Beatles rompiendo esquemas, los Stones haciendo temblar los escenarios... Ah, y esa voz rasgada de Janis Joplin— Su dedo marcó un ritmo imaginario sobre la mesa.
—¡Eso es prehistoria, Don profe! —Matias ahogó una risa en otro acceso de tos. —Deberíamos hacer una excursión cinematográfica a su época, Profe.
—Butch Cassidy —contestó el viejo con una sonrisa pícara. — Dos horas de fugas y revólveres a puro disparo.
—¿Y qué? ¿Todos vestidos de vaqueros? —Anto dibujó pistolas imaginarias con sus dedos.— Bang bang.
—Prefiero Tiburón —intervino Mati, doblando el periódico como un ajuste de cuentas.
— Sangre, miedo y ese tiburón tragándose barcos, eso sí que es genial.
Luka observaba la escena desde su banco, los codos apoyados en la mesa.
—No hables como si las pelis viejas fueran aburridas —El Profe lanzó una mirada cómplice. —En mi época los besos duraban tres minutos de pantalla sin cortes.
—¡Wow! —gritó Mati, señalando a Luka con el periódico enrollado.
— Oye tú, mudo, ¿nada que aportar?
Luka esbozó una media sonrisa, hundiéndose un poco más en su asiento.
El sol de la tarde pintaba sombras alargadas sobre la mesa mientras Anto revolvía el periódico en busca de más fotos.
—Aquí dice que van a remodelar el cine del centro —sus dedos se detuvieron en una nota pequeña. — Justo ahora cuando estamos encerrados, que puta suerte.
El profe lanzó un resoplido.
—Todo lo bueno llega tarde o nunca, chicos. Como mi vejez. —Su risa sonó en todo el patio.
Mati estornudó sobre el diario.
—Perfecto. Ahora está bendecido con mis gérmenes Don profe, mil perdones.
Anto arrebató el periódico con un gesto falso de asco, pero sus ojos brillaban con esa luz que solo aparecía cuando el mundo exterior , aunque fuera a través de tinta desvaída, se colaba entre las rejas.
Las risas se cortaron de golpe cuando Luka se inclinó hacia el Profe, su expresión cambió como si hubiera pisado un vidrio.
—Y ella— la voz le falló un instante— ¿preguntó por mí?.
El aire se espesó. Anto bajó el periódico con sigilo. Mati se quedó quieto, los dedos deteniéndose a medio camino de un chiste escrito en los márgenes.
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Editado: 27.05.2026