El viento primaveral asomándose en un invierno que se despedía arremolinaba las flores en el patio de visitas; en ese mismo momento el padre de Matías atravesó el portón con paso cansino pero firme. Traía una bolsa de plástico transparente que crujía con cada movimiento, revelando destellos de metal en su interior. Sus ojos, los mismos que Mati tenía, llenos de luz traviesa, buscaron entre la multitud hasta encontrar a su hijo.
—Para mi Rockstar —murmuró el hombre, arrugando el entrecejo al notar la afonía de Mati.
Sacó un objeto envuelto en papel periódico y se lo entregó con cuidado. Mati lo desenvolvió con dedos temblorosos. Un walkman Sony plateado, reluciente bajo la luz difusa del día nublado, y un casete de Nirvana.
—¡Papá, eres un Dios! —logró gritar Mati, olvidando por un instante el dolor de garganta mientras abrazaba a su padre con fuerza.
El hombre soltó una risa ronca, la misma carcajada que Mati imitaba cuando contaba chistes.
—Tienes que cuidarlo como si fuera tu libertad. Y cuando salgas te prometo una guitarra !!!
Luka y Anto, sentados en la mesa contigua ,sin visitas ese día, observaban el walkman con expresión entre asombro y envidia.
—¿Eso es... música? —Anto se mordió el labio inferior, incapaz de disimular la curiosidad mientras apuntaba al casete.
—La mejor —el padre de Matías se inclinó hacia ellos, girando el casete entre sus dedos callosos—. Kurt Cobain, el grito de esta generación.
Luka trazó una línea en la mesa con el dedo, marcando un pentagrama imaginario.
—Mi madre escuchaba cosas viejas.
—Como yo —el hombre guiñó un ojo—. Pero los chicos de hoy necesitan su propia banda sonora.
—¿Y cuál es la suya? —preguntó Anto, señalando al hombre con la cabeza.
—Ah, mi época era Led Zeppelin, The Doors... —hizo un gesto como agitando una melena imaginaria y soltó un riff de guitarra en el aire que hizo reír a Mati hasta provocarle otro ataque de tos.
—¿Quién es tu cantante favorito, Anto? —preguntó Mario, el padre de Mati, mientras deslizaba hacia ella una bolsa de caramelos de menta. El papel celofán crujió bajo sus dedos.
Anto miró hacia arriba, sorprendida.
—Yo... —tragó saliva— mi abuela solía cantarme boleros.
—Lágrimas negras, corazón herido... —tarareó Mario con voz ronca, haciendo girar un caramelo entre sus dedos callosos—. Mi madre también.
Matías ahogó un ataque de tos entre risas.
—Viejitos, los dos —dijo, guiñando un ojo hacia Luka.
Mario sonrió y se volvió hacia su bolsa de plástico.
—Ahí va lo otro —guiñó, señalando un tubo que sobresalía.
Al desenrollarlo, Metallica los observó con furia en blanco y negro.
—¡NOOO ME VUELVO LOCO! —Mati abrazó el póster como si fuera un recién nacido—. ¡ Master of Puppets! ¡En mi vida los había visto en foto así de claros!
—Dobla las esquinas y te entierro con él —advirtió Mario mientras Mati lo desplegaba como un mapa del tesoro.
Anto soltó una carcajada al ver el gesto de posesión de Mati.
—¿Tanto te gustan? —preguntó, señalando los rostros enérgicos de la banda.
—Les daría mi almuerzo por una semana —afirmó Mati con solemnidad, colocando el póster sobre su pecho como un escudo.
El viento intentó arrebatárselo, pero Luka lo sostuvo por un borde justo a tiempo.
—Sabía que eras fanático, pero esto es demasiado —murmuró, pero había una sonrisa escondida en su voz.
Mario miró el reloj, la sombra de una despedida cruzando su rostro cansado.
—Cuiden al loco —pidió, señalando a Mati con la barbilla mientras se levantaba.
—Imposible —Anto sonrió—. Él nos cuida a nosotros.
El padre de Mati les apretó el hombro a cada uno, un gesto firme y rápido, como quien entrega algo más que palabras.
—Eso espero.
Ese mismo viernes a la hora de la cena el comedor olía a guiso recalentado, ese aroma denso a repollo y carne barata que impregnaba los uniformes hasta horas después. Las cucharas de metal raspaban contra los platos de aluminio como uñas sobre un pizarrón. Anto jugaba con las arvejas en su plato, formando montañas diminutas que luego aplastaba con el tenedor.
—Mati... — la voz de Luka fue un hilo que apenas superó el murmullo del comedor—. ¿Qué le pasó a tu mamá?
El tenedor de Mati se detuvo en el aire. Sus dedos dibujaron círculos nerviosos en la mesa manchada de grasa.
—Cáncer de mama. —Las palabras le salieron como balas gastadas—. Tenía doce. Era como si alguien nos hubiera apagado el sol.
Luka dejó su cuchara, observando cómo Mati se frotaba el colgante que siempre llevaba al cuello. Una monedita gastada con la imagen de la Virgen.
La cuchara de Mati quedó suspendida sobre el plato. El comedor, con su ruido de cubiertos y murmullos, pareció desvanecerse por un instante.
—Elena Torres. Profesora de literatura en el Universidad Nacional. —Los dedos le temblaron al rodear el colgante de la Virgen—. Pasaba horas corrigiendo exámenes con lentes de aumento...
Su voz adoptó un tono lejano, como si hablara desde el fondo de un pozo. Luka y Anto dejaron de respirar.
—Al principio eran solo dolores. Luego los médicos usaron palabras como "metástasis" y "quimioterapia". —Apretó el colgante hasta que la cadena le marcó la piel—. Mi padre vendió su auto para pagar el tratamiento. Yo robaba analgésicos de las farmacias.
Anto cerró los ojos.
—El último día olía a alcohol y flores marchitas. —Una gota de sudor cayó en su plato—. Me pidió que le leyera un poema. "El mismo de siempre, Mati". "A Margarita Debayle"... Pero yo... —El tenedor se le clavó en la palma sin sentir—. No pude terminar.
Luka vio las lágrimas caer directamente al plato a medio comer.
—Se durmió escuchando mi voz. Y no despertó.
Un silencio espeso inundó la mesa. Hasta el Clanc de los platos dejó de resonar.
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Editado: 30.01.2026