La primavera irrumpió en Valle Verde como un soplo de aire fresco tras el invierno. Era el inicio de la ansiada primavera y habría festejo por ello, como todos los años.
Los muros grises de la correccional parecieron menos hostiles bajo la luz dorada del sol, y la tierra del patio, antes reseca, ahora exhalaba ese olor a hierba mojada que precede al calor.
En la oficina del Director, el aire olía a madera encerada y papeles viejos. Nicolás Arriaga ,siempre impecable en su traje, observó por la ventana a los internos camino a los talleres, sus pasos lentos marcando la rutina diaria. Las manos detrás de la espalda, sus dedos se entrelazaron al tomar una decisión.
Otelio Jiménez, el guardia de rostro curtido y ojos cansados, recibió el llamado con una inclinación de cabeza. Su uniforme azul marino, aunque planchado, mostraba el desgaste de treinta años de servicio. "Un partido ,anunció el Director con su tono seco. Para celebrar el cambio de estación. Valle Verde contra El Refugio."
Los labios de Jiménez se apretaron. Las Águilas de El Refugio no eran rival fácil; conocía su disciplina, esa obsesión por las formaciones perfectas que había visto en campeonatos juveniles décadas atrás. Pero asintió.
Ese mismo día el agente Otelio Jimenez , después del desayuno, reunió a quince muchachos en el patio central y luego se dirigieron hacia la cancha del complejo valle verde . Ote, como le apodaban a Jimenez, había elegido no por habilidad, sino por físico o, en algunos casos, por necesidad. Rodrigo "El Toro" Rivas, con sus hombros anchos y mirada fija, sería el arquero. Matías Torres, ágil y rápido, cubriría la defensa. Luka García, aunque más enclenque, tenía esa resistencia de quien había corrido toda su vida.
Los adolescentes formaron una línea irregular frente a Jiménez. Algunos cargaban aún el cansancio en los párpados; otros, como El Toro, mostraban ese desdén de quien participa por obligación.
—Solo unas horas de entrenamiento tenemos!!! —advirtió Jiménez, sin levantar la voz, pero haciendo que todos inclinaran inconscientemente la cabeza hacia él—. A las 5 de la tarde nos enfrentamos a Las Águilas de la correccional El refugio— dijo Ote ante los ojos atónitos de los chicos .
El sol de la mañana calentaba los hombros de los muchachos mientras Jiménez trazaba tácticas básicas en la tierra con un palo. No eran estrategias complejas, pero sí claras: marcar, correr, no dejar espacios. Las instrucciones flotaron sobre el grupo como una promesa y una advertencia.
Mati intercambió una mirada con Luka, ambos conscientes de su torpeza con el balón. Pero algo había en la postura de Jiménez ,ese mismo temple que usaba para calmar revueltas, que hizo que hasta el más escéptico se enderezará.
A treinta metros, tras una ventana enrejada, el Director los observó antes de volver a sus informes. No era optimista con el resultado, pero sí con el efecto: disciplina, trabajo en equipo, una razón para levantarse.
En el patio, una pelota golpeada con torpeza rodó hacia la red improvisada. El primer entrenamiento de Valle Verde había comenzado.
La cancha de tierra de Valle Verde era un rectángulo desigual donde el pasto marchito luchaba por sobrevivir entre parches de tierra desnuda. Las líneas blancas, pintadas con cal la noche anterior, ya empezaban a borrarse bajo el sol primaveral. La tribuna de madera, con sus tablones gastados y grietas que mostraban la edad, se alzaba como testigo mudo de lo que sería una batalla campal futbolística.
Otelio Jiménez, con su mirada de halcón, señaló posiciones con voz firme mientras los chicos se dispersaban por el campo.
—García, tú en el medio —indicó, marcando un punto imaginario en el centro del campo—. Torres, defensa lateral. Rivas, bajo los tres palos.
Luka y Mati intercambiaron una mirada cómplice al escuchar las instrucciones técnicas que salían de la boca de Ote. Para ellos, conceptos como "marcaje en zona" o "triangulaciones en salida" sonaban a idioma extranjero.
—¿Tu sabes qué significa eso de 'perfil de pateo'? —susurró Mati, frotándose la barbilla como si analizara una ecuación compleja.
Luka miró sus zapatillas gastadas, recordando los partidos en las calles de Colonia Nueva Vida, donde las reglas consistían en no romper ventanas y devolver la pelota si caía en algún patio.
—Creo que tiene que ver con qué pie usas para patear... o quizás es algo psicológico.
—¡Psicológico! —Mati se llevó las manos a la cabeza—. ¿Nos van a analizar antes de dejarnos tocar la pelota?
Su conversación murió cuando el pitido agudo de Ote los llamó al orden.
—¡Enfóquense! Rivas, vamos a practicar tiros. García, Torres, observen cómo un arquero de verdad domina su área.
El Toro se plantó bajo el arco, los brazos abiertos como alas. Pablo "El Pájaro", ágil y rápido como su apodo sugería, tomó distancia y corrió hacia la pelota con la técnica de quien había crecido en canchas. El disparo fue seco, veloz, dirigido al ángulo superior.
Pero El Toro saltó con una agilidad inesperada para su complexión, estirando el brazo como un felino y desviando el balón sobre el travesaño.
—¡Qué carajo! —Mati se llevó las manos a la cabeza, los ojos como platos—. ¿Viste eso? Parecía un gorila volador.
Luka no pudo contener la risa.
—Pensé que solo servía para romper cabezas, no para parar pelotas.
—Tranqui, igual nos van a meter diez —Mati giró hacia Ote con falsa seriedad—. Don Jiménez, una pregunta filosófica: si no sabemos patear, ¿cómo hacemos para meter goles? ¿Le rezamos a algún santo?
Ote no se inmutó.
—Ustedes corren y estorban al rival. El Pájaro y Rivas hacen el resto. —Se ajustó la gorra y señaló hacia Luka—. García, vos vas a marcar al mejor medio de ellos. Si no lo podés parar, hace que tropiece.
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Editado: 30.01.2026