Entre Muros y Sueños

Capítulo 23: Una Noche Íntima

La noche envolvió Valle Verde como una manta pesada, ahogando los últimos ecos del banquete primaveral luego del juego. El patio, ahora vacío bajo la vigilancia de guardias que hacían rondas perezosas, guardaba un silencio quebrado sólo por el crujir ocasional de las botas sobre la gravilla. Luka y Anto habían escapado del comedor tras la comida, buscando un rincón donde el aire no oliera a carne quemada y sudor adolescente. Se acomodaron en un banco alejado, bajo un par de estrellas que pugnaban por brillar en un cielo totalmente despejado.

—Qué manera de comer, ¿no?— Anto se frotó el estómago con una mueca teatral.

— Mati no come , engulle.— ríe al recordarlo.

Luka soltó una carcajada, recordando la imagen de Mati devorando su tercera porción como si lo hubieran torturado con hambre por semanas.

—Si jugará en relación a lo que come, seríamos campeones del mundo .

Anto torció la boca con una sonrisa. Su cabello, recogido en una trenza deshilachada, caía sobre un hombro mientras observaba el perfil borroso del edificio administrativo.

—Al menos fue un buen partido al final. Ese gol inesperado fue increíble...— Hizo un gesto vago con las manos. —Es como cuando la suerte se disfraza de accidente, siempre suele tener un buen gusto .— Luka sonrió levemente.

—Fue todo suerte..—respondió Luka.

—Eso es lo que me gustó. — dijo Anto y se recostó contra el respaldo del banco, mirando las estrellas.— Por un segundo, estábamos todos unidos, te diste cuenta de eso.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos. En el comedor, a lo lejos, aún se escuchaban risas amortiguadas y el tintineo ocasional de cubiertos. De pronto, Anto estiró las piernas y señaló el cielo con un dedo.

—Mira —murmuró.— La Osa Mayor. Mi abuela decía que esa constelación es un recordatorio.

—¿De qué?

—De que hasta en el desorden hay patrones. —Sus ojos marrones reflejaron un destello de luz lejana. — Como nosotros…. Dos locos viendo estrellas desde un lugar donde no deberían apreciar nada de esto.

Luka tragó saliva. El banco de madera crujió bajo su peso cuando se inclinó hacia adelante.

—Prefiero esto a cualquier banquete.— manifestó señalando el cielo nocturno con ambas manos.

Anto giró lentamente la cabeza hacia él. La luna, baja en el horizonte, le pintaba media cara con su resplandor.

—Yo también— susurró.

Y en ese momento, bajo la tenue luz de las estrellas y la vigilancia distraída de los guardias, Valle Verde no fue una correccional, fue simplemente un lugar donde dos personas se sentaron juntas, buscando tranquilidad en un mundo que rara vez se detenía para dejarlos respirar. La noche siguió cayendo, envolviéndolos en su manto callado, protegiendo por un rato más ese pequeño territorio que habían conquistado: un banco, unas estrellas y la certeza de que, al menos allí, no estaban solos. El silencio se extendió como un manto pesado entre ellos, solo roto por el roce de las ramas del árbol cercano contra el alambre de púas. De golpe una pregunta de Luka quedó flotando en el aire, entre las constelaciones que Anto había señalado segundos antes. Al escuchar esa pregunta sus dedos, que poco antes habían trazado patrones imaginarios en el cielo, se crisparon ahora sobre sus rodillas.

"¿Por qué evitas hablar de tu pasado?" Luka no había alzado la voz, pero cada palabra resonó con la misma intensidad que un grito entre aquellas paredes de cemento. Anto dejó de mirar las estrellas y sus ojos marrones se perdieron en el horizonte, en algún punto más allá de los muros de Valle Verde. No fue un rechazo, ni una evasión. Fue algo más profundo: una respiración temblorosa que agitó su pecho antes de hablar.

—A veces prefiero no tener un pasado —dijo al fin, con una risa que sonó a melancolía.

No era una respuesta completa, pero era más de lo que había compartido con nadie en años. Luka no insistió. Se limitó a esperar, inmóvil en su lado del banco, dejando que el silencio se transformara en una cuerda tensa que unía sus mundos. Sabía, por la forma en que Anto apretaba los puños sobre sus rodillas, que había palabras atoradas en su garganta, esperando salir. El viento llevó consigo un murmullo lejano desde el comedor, donde aún se escuchaban las risas de los demás internos. Pero allí, bajo aquel cielo primaveral, solo existía el susurro de Anto cuando finalmente decidió hablar.

—Mi padre me golpeaba hasta por respirar…. Hay cosas que un padre no le puede hacer a una hija….—La voz de Anto se quebró en la última palabra, como si articularla le costará un pedazo de su alma. Miró a Luka de reojo, como si midiera su reacción. No hubo horror en sus ojos, solo una comprensión silenciosa que la animó a seguir.

—Un día mi abuela me encontró golpeada en casa mientras mi padre no estaba. Yo tenía diez años, Luka…. —Un hilo de amargura se coló en su tono, pero se desvaneció rápidamente cuando una sonrisa leve apareció en sus labios.

—Ella dijo que no iba a permitir que siguiera pasando. Me llevó con ella esa noche... por primera vez en mucho tiempo, supe lo que era sentirme segura, te lo juro Luka en mi pasado era un regalo divino sentirme segura en casa.

Luka sintió un nudo en el estómago. En su mente apareció la imagen de Anto como una niña, pequeña y asustada, con moretones que no eran culpa suya.




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