Había pasado un par de semanas desde la derrota en el partido contra las Águilas, pero algo en Valle Verde había cambiado. La primavera avanzaba imparable, tiñendo de verde los rincones grises de la correccional, y una rara calma se había instalado entre los internos. Incluso los guardias parecían menos tensos, como si el sol templado hubiera suavizado sus gestos habituales.
En el patio de visitas, bajo la sombra raquítica de un árbol que resistía entre el cemento, Luka, Anto y Mati esperaban la llegada de sus visitas. Anto jugueteaba con su colgante de sol, moviéndolo entre sus dedos como un talismán, mientras Mati, con su humor habitual, intentaba adivinar qué golosinas traería su padre esta vez.
—Apuesto a que son esas galletas con chispas que sabe hornear, —dijo Mati, frotándose las manos con avidez—. O quizás... ¡algún otro poster para mi colección!
—Oye, guarda la emoción, o te va a dar un infarto antes de que llegue tu papá, —bromeó Luka, mientras los ojos de Anto brillaban con complicidad.
La brisa juguetona agitó el flequillo de Anto, desordenando el orden que tanto le costaba mantener en su cabello. El aire olía a flores silvestres mezclado con el dulce aroma del pasto recién cortado. El sonido lejano de risas y conversaciones entre otros internos flotaba en la atmósfera, creando un mosaico de voces y emociones que, por un breve momento, hacían olvidar el lugar en el que estaban.
La figura del Profe emergió bajo el arco de entrada del patio, su sombra dibujándose sobre el cemento como una silueta de otro tiempo. No llevaba su maletín habitual de cuero gastado, sino una caja rectangular de cartón que sostenía con ambas manos, como si contuviera algo frágil o precioso. El sol de media tarde se reflejaba en su barba canosa, destacando los surcos profundos que el tiempo y la calle habían tallado en su rostro.
Mati fue el primero en advertirlo. Se inclinó hacia Luka, su mirada saltando entre la caja y el rostro iluminado del anciano.
Mira eso —murmuró—. El viejo trae algo más pesado que su maletin hoy.
Detrás del Profe, con paso firme y manos ocupadas por una bolsa de plástico abultada, apareció Mario Torres. El padre de Mati, vestía su usual camisa a cuadros y botas de trabajo, aunque hoy llevaba la gorra de su equipo de fútbol favorito, ladeada con ese aire despreocupado que tanto heredó su hijo.
Los dos hombres habían congeniado en la visita anterior, cuando Mario mencionó su afición por el rock setentero y el Profe citó de memoria versos de Alfredo Zitarrosa entre anécdotas de los viejos bailes. Descubrieron que ambos habían asistido al mismo concierto de Sabina en el '82, aunque desde lados opuestos del estadio. El vínculo se selló cuando Mario sacó una foto amarillenta de su juventud y el Profe reconoció al instante la camiseta de su equipo favorito que llevaba puesta en la imagen.
Los jóvenes siguieron con la mirada a los dos adultos que avanzaban entre las mesas. Anto dejó caer su colgante de sol sobre el pecho y se enderezó en su asiento, los ojos brillando con esa curiosidad infantil que nunca logró reprimir del todo.
—¿Qué traerá hoy el Profe?—, preguntó en voz baja, jugueteando con el borde de su cuaderno de dibujos.
La caja no era grande, quizás del tamaño de un diccionario grueso, pero el cuidado con que el anciano la transportaba sugería algo más valioso que papel. Mario le dio unos golpecitos en la espalda al bajar un pequeño escalón, exactamente el mismo gesto de complicidad que hacía Mati cuando algo lo entusiasmaba, y Luka comprobó una vez más cómo los padres escribían en sus hijos aunque no se dieran cuenta.
El rumor de las otras mesas se apagó por momentos cuando el Profe pasó junto a ellas. Algunos internos más jóvenes lo observaban con esa mezcla de respeto y curiosidad que inspiraba su presencia, mientras los guardias intercambiaban miradas indescifrables. Luka notó que la caja tenía pequeños orificios en la parte superior y un leve movimiento en su interior que despertó su atención.
Mati no pudo contener su impulso.
—¡Profe! ¿Que sorpresa nos trae?... Una mascota?— . Su voz sonó más alta de lo necesario y atrapó la atención de los grupos cercanos.
El Profe se detuvo frente a su mesa, depositó la caja con cuidado y se ajustó las gafas con aire de mago preparando su mejor truco.
—Algo mejor, Torres —dijo.
Mario, con su sonrisa de complicidad, dejó caer la bolsa de golosinas frente a un Mati que ya babeaba imaginación, galletas caseras se asomaban por la abertura, pero ni siquiera eso logró desviar la atención de la misteriosa caja.
Cuando el Profe se acomodó frente a ellos, sus ojos brillaron con una picardía casi juvenil. La caja de cartón se convirtió en el epicentro de la curiosidad de los tres jóvenes, mientras Anto, con la voz llena de una mezcla de ansiedad y alegría, preguntaba:
—¿Qué hay dentro?
Antes de que pudiera responder, el Profe inclinó la cabeza hacia Luka, sus ojos revelaban una emoción contenida, una noticia que había esperado el momento perfecto para compartir.
—Hoy es tu día, Luka. Feliz cumpleaños!!!.
El mundo pareció detenerse un instante. Luka, quien había enterrado esa fecha bajo capas de rutina y pesar, quedó sin palabras. Sus ojos se ensancharon, atrapados entre el pasado olvidado y la súbita realización de lo que significaba ese día.
—¿Mi cumpleaños? —repitió, más para sí mismo que para cualquier otro, buscando en los rostros alrededor alguna confirmación de que no había sido un error.
El Profe, sin esperar reacción, abrió sus brazos y envolvió a Luka en un abrazo cálido, uno que hablaba de años de sacrificio y cariño. Luka, por un segundo, olvidó las paredes que lo rodeaban, permitiéndose sentir el calor de esa conexión genuina.
—No me olvido de las cosas importantes —murmuró el Profe al separarse, sus manos sobre los hombros de Luka, firme y consolador—. Aunque se nos escapen a veces.
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Editado: 17.02.2026