Entre Muros y Sueños

Capítulo 25: Poesia Oscura

La luz mortecina de la biblioteca se filtraba entre polvorientos haces de sol, iluminando el ejemplar gastado de Veinte poemas de amor sobre la mesa. Clara, con su vestido floreado, recitaba versos de Neruda con fervor, su voz resonando suave pero firme en el aire cargado de pintura fresca del aula.

-Pablo Neruda, mis queridos alumnos, es un poeta del amor y del sufrimiento, uno que capturó en sus palabras el latido del corazón humano. Su estilo es un diálogo con el paisaje -explicó mientras gesticulaba con gracia-, imbuido de corrientes poéticas como el modernismo y el surrealismo. Estaba profundamente influenciado por el simbolismo, buscando siempre la esencia de lo que siente y ve.

Los rostros de los internos variaba en respuesta: algunos con expresión de aburrimiento, cabeceando y bostezando; otros, enamorados de las palabras, embelesados por la pasión que Clara insuflaba a cada estrofa. Luka mantenía la mirada fija en ella, absorbido por su entusiasmo. Al lado, Anto garabateaba flores en los márgenes de su cuaderno, sus trazos suaves una escapatoria de la potente lírica.

-Esto es un aburrimiento total -le susurró a Luka, su voz suave como un rocío menudito, mientras su lápiz danzaba entre los pétalos dibujados.

Luka, mirando de reojo a la maestra, sonrió de manera cómplice.

-¿No puedes prestar atención por un segundo? -respondió, tratando de contener la risa-. Este tipo... era un maestro del amor.

Anto frunció el ceño, alzando la mirada con un toque de desafío.

-Susurrar "te amo" no convence en este lugar...

La risa de Luka fue silenciosa, pero clara entre la multitud. Clara continuó, inexorable:

-En sus versos, Neruda habla del amor imposible, de la vida misma atrapada en una hoja caída.

En el rincón más oscuro, Rodrigo "El Toro" Rivas observaba el libro con ojos vacíos, como si las palabras no pudieran tocarlo. Mati, siempre irónico, susurró:

-Parece más perdido que un perro en misa.

Luka, absorto en la mezcla de versos de Neruda y el aire cargado de poesía que Clara desbordaba, desvió la mirada hacia el imponente figura de El Toro. En su expresión había algo inquietante, un abismo profundo en el que nadaba la confusión.

-Mira su mirada, parece que atraviesa paredes -comentó Luka, con una mezcla de curiosidad y cautela, asegurándose de que el desprecio de Rodrigo no se dirigiera hacia él-. No da la impresión de que se haya tomado esto en serio. "¿Qué lo atormenta tanto?", pensó Luka, sintiendo un nudo en el estómago.

Anto se sumó a la observación, enroscando un mechón de cabello entre sus dedos .

-Quizá no lo entiende. Puede que no sepa ni qué es el amor...

Luka asintió, sintiendo la tensión entre el interés y la compasión.

-La gente como él... supone que el mundo se siente solo a través de los golpes. -Las palabras caían de sus labios con la certeza de la experiencia, porque Luka conocía de toda la desconfianza y la rabia que a veces ocultaba el dolor-. Olvidan que hay otras formas de resistir.

Anto lo observó con una mezcla de tristeza y entendimiento. En sus ojos había un brillo que luchaba contra las sombras.

-O a lo mejor, nunca le enseñaron que hay caminos para salir... -su voz era un eco de anhelos que resonaban en cada rincón de la correccional.

Mientras hablaban, los ojos de El Toro se siguieron posando sobre el libro, como quien se encuentra atrapado entre dos mundos. Sordo a las bromas y los murmullos. Luka sintió un escalofrío.

-A veces, me pregunto qué le pasó esos días en El Hoyo -murmuró Luka.

Anto asintió. La incertidumbre en su mirada se sumó a la de Luka.

El silencio entre ellos se tornó en reflexión, las palabras de Neruda flotando como ecos lejanos, mientras El Toro seguía sumido en su propio desierto emocional.

De golpe, un guardia ingresó en la sala, se acercó a Clara e inclinando la cabeza, le susurró algo al oído. La expresión de Clara cambió al instante; su rostro, que momentos antes irradiaba calidez y pasión por la literatura, se tornó pálido como un lienzo en blanco. Sus manos temblorosas recogieron rápidamente los libros, y en un susurro casi inaudible, dijo:

-Mi hijo se lastimó... debo irme... Lo siento chicos.

Así, en un suspiro, la maestra abandonó la sala, llevándose consigo el eco de sus palabras y el aura de inspiración que había creado entre los internos. El silencio se instaló con un peso palpable, un vacío dejado por su repentina partida.

Mati miró a Luka, entornando los ojos hacia la puerta por donde Clara había salido.

-¿Te has fijado en su cara? -murmuró, casi en un tono conspiratorio-. No parecían buenas noticias.

Luka asintió, inquieto por el cambio en el ambiente.

-No, no lo parece-respondió.

El murmullo del aula se había apagado casi por completo, los internos mirándose unos a otros, algunos con expresiones de preocupación, otros aliviados de la separación momentánea de la rutina de la clase.

Entre la bruma de la incertidumbre, Luka sintió el deseo de saber más, de entender el mundo que Clara había dejado atrás. Pero las paredes de Valle Verde parecían cerrarse nuevamente, las preguntas latentes flotando sin respuesta.

-No sé... -murmuró Luka, llevando la mirada a la ventana de la biblioteca donde las luces comenzaban a apagarse-. Solo espero que su hijo esté bien.

Anto, que había permanecido en silencio, rompió su reserva.

-Si algo he aprendido aquí -dijo, su voz suave como un susurro-, es que siempre hay algo más en juego de lo que vemos.

La atmósfera en la biblioteca de Valle Verde aún se sentía tensa tras la partida de Clara, como una cuerda estirada al límite. Para aliviar la pesadez, Mati rompió el silencio.

-¿Jugamos al ahorcado con versos de Neruda? -bromeó, abriendo los brazos con un aire dramático que obtuvo una sonrisa instantánea de Luka.

-Claro, así podemos poner a prueba nuestro amor por la poesía... y nuestras habilidades matemáticas, que ya parecen estar a la par de nuestro fútbol -respondió Luka, dejando caer la cabeza hacia atrás y haciendo una mueca burlona.




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