Entre Muros y Sueños

Capítulo 26: El Ingreso a la Oscuridad

El murmullo de voces se desaceleró tras él hasta desaparecer, dejando solo el eco de sus pasos resonando en el lúgubre pasillo. Luka, rodeado por dos guardias que lo arrastraban sin contemplaciones, sentía cómo el frío y la oscuridad se infiltraban en su alma. Cada brazada, cada giro defensivo durante la pelea con el Mauri había quedado atrás, y ahora, bajo las luces parpadeantes, se abría un abismo. Los zumbidos de las lámparas estroboscópicas marcaban un compás errático en su mente; las paredes cubiertas de humedad y moho lo rodeaban como un abrazo siniestro.

Luka mantenía la cabeza gacha, pero sus ojos se fijaban en el suelo del pasillo. Crujía y gemía bajo su peso, como si estuviera cargado de mil historias sombrías, de sufrimientos acumulados en incontables años. Su respiración entrecortada mezclaba el miedo y el coraje, mientras su mente navegaba entre los recuerdos de las historias que había oído sobre El Hoyo.

—¿Qué es ese ruido? —se preguntó Luka, al escuchar el chasquido distante del agua goteando. La humedad se pegaba a su piel, haciéndole estremecer y recordándole que aquel lugar no solo guardaba cuerpos, sino también almas apagadas.

—"El Toro... ¿cómo logró aguantar esto?"—, pensaba Luka, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Recordaba los murmullos de las tardes en el patio, cuando los chicos hablaban en voz baja sobre el tiempo que Rodrigo había pasado allí. Decían que era como estar enterrado vivo, sin ventanas, sin noción del tiempo. Un castigo que no solo afectaba el cuerpo, sino que erosionaba la mente, descomponiendo poco a poco la cordura de cualquier chico o chica que osara desafiar la autoridad.

Los pensamientos lo invadían, fragmentados, saltando como chispas en la bruma de su mente:

—"No puedes ceder ahora, no puedes dejarte vencer por esto..."

—"Ella aún está allá afuera esperando que resistas..."

—"Niko. Piensa en Niko. Él necesita que sigas luchando..."

Cada paso que daban acercaba a Luka a un destino incierto, mezclando el temor con la determinación. La oscuridad del pasillo lo envolvía como una sombra omnipresente que pretendía devorar cada fragmento de su humanidad, cada rastro de su voluntad.

Las lámparas parpadeaban, proyectando sombras temblorosas. Luka sintió cómo la humedad calaba en sus huesos, mientras las risas apagadas y los gemidos de aquellos que habían pasado por El Hoyo resurgían en su mente como un coro espectral.

Los guardias se detuvieron frente a una puerta de metal oxidado. Uno de ellos hurgó en un llavero hasta encontrar la llave correcta. La cerradura emitió un chirrido prolongado que agrieto el silencio. La puerta se abrió lentamente, revelando la oscuridad total del interior.

Adelante, García —dijo uno de los guardias, su voz sin matices, desprovista de cualquier emoción—. Aquí es donde terminas por hoy.

Luka sintió cómo las voces en su mente se alzaban en un grito colectivo de resistencia al dar el primer paso hacia la penumbra. El aire frío y viciado le golpeó el rostro, y un escalofrío incontrolable le recorrió la espina dorsal.

El segundo guardia lo empujó sin ceremonias, y Luka tropezó, sosteniéndose apenas en las paredes rugosas y húmedas de la celda. La puerta se cerró tras él con un eco atronador, y el silencio absoluto se posó como una manta sobre su ser.

La oscuridad era absoluta. Luka se esforzó por ajustar sus ojos, por encontrar un rayo de claridad donde antes había luz artificial. Pero no había nada. Sólo la negrura, el vacío cerrándose a su alrededor.

Respiró profundamente, sintiendo cada inhalación como un pequeño acto de desafío. Este no sería el lugar donde se quebraría. Aunque las historias de El Hoyo eran reales, y aunque su mente se tambaleará al borde de la desesperación, encontró una pequeña llama dentro de él, una chispa nacida de la memoria de Anto y de la promesa de seguir luchando.

Luka se sentó en el frío suelo y abrazó sus rodillas, cerrando los ojos como si eso pudiera alejar la oscuridad. En esa negrura, buscó los recuerdos de las risas compartidas, de los versos de Clara, de la esperanza sembrada por su madre y Niko. Era un acto de resistencia.

Luka se encontraba en el suelo frío y húmedo , su mente atrapada en una maraña de temores y recuerdos. La oscuridad lo envolvía como una segunda piel, mientras su corazón latía al ritmo frenético del miedo. Se sintió como una marioneta atrapada en una red de pánico. Recordó el rostro de "El Toro" Rivas cuando salió de ese mismo lugar, la mirada descompuesta que había hablado de una pena dura, más allá de la que el cuerpo podía soportar.

—¿Qué le habrá pasado aquí? —se preguntó, su mente saltando de historia en historia. Rodrigo había sido fuerte, por lo menos eso creía, pero sentir tal terror en este lugar no era algo que se olvidará fácilmente. Luka pensó si él, también, correría ese destino sombrío.

Los ecos de los murmullos que había escuchado en la correccional regresaron a su mente, llenos de advertencias y habladurías, sobre lo que realmente ocurría aquí. Hablaban de abusos y torturas, de fragilidad mental deteriorándose paulatinamente, de chicos que sus nombres fueron olvidados lejos de la luz. Eran rumores como sombras, que oscurecían los pasillos y helaban la sangre, pero también le generaban dudas.

—¿Serán reales? —se dijo a sí mismo en susurros, mientras su mente buscaba respuestas. ¿O serán inventos, leyendas urbanas que giran en torno a un lugar olvidado en los mismos rincones oscuros de la correccional? Cada historia de horror que escuchó, cada complicidad perdida en la penumbra, lo obligaba a cuestionar su propia resistencia.

Luka abrazó sus rodillas, sintiendo que el frío penetraba hasta sus huesos. Se preguntaba cuánto tiempo estaría encerrado allí. ¿Acaso pasaría las próximas semanas preguntándose si sus miedos eran infundados, si podrían hacerse reales?




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