Luka se despertó , envuelto por la penumbra, y sintiéndose desorientado. El frío de su habitación chocó contra su piel, un recordatorio brutal de la realidad.
"¿Cuánto tiempo he estado aquí?" pensó mientras intentaba orientarse en la oscuridad. La referencia del tiempo se había desvanecido, y ahora le costaba distinguir si era la mañana o la tarde.
"¿Serán las seis de la mañana?" calculó. Tenía sed y el estómago vacío, un vacío que iba más allá del físico. La incomodidad le apretaba el pecho, como si la falta de alimento representara algo más profundo que solo hambre. ¿Qué más se puede perder aquí? Se sintió atrapado en un laberinto de pensamientos distorsionados y recuerdos difusos que parecían deslizarse entre sus dedos como arena, dejándolo vacío.
Mientras su mente divagaba, revisó su memoria para precisar cuánto tiempo había pasado en El Hoyo. ¿Unas 8 horas? ¿Más? La falta de luz y las paredes de cemento, siempre tan frías y humedecidas, parecían absorber el paso del tiempo.
Debo haber perdido la noción, reflexionó. "¿Realmente existe el tiempo aquí?" Cada día se siente igual. Si tan solo hubiera un rayo de luz, algo que me indique que esta agonía tiene un fin.
La desesperanza lo envolvía como una nube gris, teñida de confusión. En esos momentos, su mente pulsaba como un reloj estirado a lo largo del infinito. Esa sensación, de ni siquiera saber cuándo era el siguiente día, lo consumía. Y sentía como si los ecos de su propia voz reverberaran en su mente, repitiendo preguntas que no tenían respuestas claras. "¿Realmente merezco estar aquí? ¿Qué hay más allá de estas paredes?"
En esos recuerdos sombríos, revivía la angustia de su hermano Niko y lo que había dejado atrás. Prometió protegerlo, pero ¿cómo podría cumplir esa promesa si su propio espíritu se desvanecía en la oscuridad? La vida sigue, en alguna parte.
Fuera de estas rejas, mis responsabilidades esperan. Y mientras pensaba en eso, Luka sintió que una pequeña chispa se encendía en su interior. No puedo dejarme ir. No aquí. No ahora.
Con un profundo suspiro, se recostó contra la pared fría, decidido a aferrarse a su mirada hacia el futuro. La certeza de que sus pensamientos, aunque oscuros, no podían romper su determinación. Tendría que luchar. Tendría que resistir. Cada segundo en El Hoyo contaba, y él se rehusaba a ser solo un eco más en el olvido.
El estómago de Luka comenzó a gruñir con fuerza, una señal clara de que el hambre se instalaba en su ser. "¿Me traerán desayuno?" Esa pregunta giraba en su mente como un eco, una esperanza alimentada por el anhelo de un simple trozo de pan. "¿O será esto parte del castigo?" La angustia se entrelazaba con su deseo, y la expectativa se sentía como una broma cruel en ese lugar. Cada momento, la incertidumbre crecía, y su mente se llenaba de dudas.
"¿Cuántos días más puedo estar atrapado en esta jaula?" Se preguntaba, mientras el frío le calaba hasta los huesos. Recordó a Rodrigo "El Toro", el cual había pasado cuatro días en El Hoyo. ¿Serán más días? Se sintió como un prisionero en una tormenta sin fin, incapaz de discernir entre la vigilia y el sueño, entre la esperanza y el desánimo.
Las memorias de su infancia emergieron en su mente, como una ola de calor en medio de la tormenta. Recordó los desayunos con su madre, Ana. Las tostadas con manteca, calientes y recién hechas, el té con leche que siempre parecía tener el suficiente sabor para calentar el alma. Las risas de su hermano Niko llenaban la habitación en esos momentos.
Los recuerdos de aquellos desayunos se entrelazaban con el tormento que ahora enfrentaba. Ese calor, esa seguridad, desaparecidas detrás de muros gélidos; la risa del pasado se desvanecía en el eco del presente. Las paredes del Hoyo se cerraban, y con ellas, la esperanza empezaba a desdibujarse.
Se esforzó por sacar fuerzas de esos recuerdos, aferrándose a su significado. Esto no puede ser el final. Comprendía que si podía mantener vivo el recuerdo de esos días luminosos, tal vez también podría resurgir de esta oscuridad. Por cada segundo que pasaba sin desayuno, cada momento de incertidumbre, su determinación crecía.
De pronto, Luka escuchó el sonido de pasos en el pasillo; sus instintos se agudizaron y se alertaron. La puerta chirrió y un guardia apareció, rompiendo el silencio con la brusquedad de su presencia. Con un movimiento somnoliento, dejó una bandeja de desayuno en una pequeña abertura con pasador, y Luka sintió cómo la luz del pasillo entraba en su celda, un destello que iluminaba su alma permeada por la oscuridad. Cada rayo era como un susurro de libertad que se adentraba en su mente.
Cuando el guardia se alejó, Luka se acercó presuroso al espacio de la bandeja. Aunque el pan estaba frío y duro, y el té tibio ya se había enfriado por completo, no le importó. Tenía hambre; necesitaba alimentarse, y este improvisado banquete de prisionero parecía un festín. Tomó un bocado del pan y sintió la miga quebrada desmoronarse en su boca. Aquel simple alimento lo unía con el mundo exterior, un mundo del cual anhelaba ser parte nuevamente.
Mientras masticaba, su mente viajaba, haciéndolo recordar cada pequeño momento con su madre y su hermano. La simple imagen del desayuno familiar se entrelazaba con la amargura del presente. El ruido de sus risas resonaba en su cabeza, y Luka se preguntó si algún día experimentaría de nuevo esos instantes de paz. "Los desayunos de los domingos" murmuró en voz baja, y un pequeño suspiro de nostalgia salió de sus labios. Era un contraste doloroso ver cómo ese recuerdo se enfrentaba a su actual soledad.
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Editado: 22.03.2026