El chirrido oxidado de la cerradura rasgó el silencio como un grito. Luka se incorporó de golpe, el corazón martilleándole las costillas. La rutina del Hoyo había grabado en sus huesos la expectativa del desayuno, ese mísero trozo de pan que se convertía en su único ancla con el paso del tiempo.
Pero la bandeja que deslizaron por la ranura no olía a pan rancio ni a avena aguada. El aroma que llegó hasta sus fosas nasales era pesado, terroso ; guiso de lentejas recalentado, el mismo que servían en el comedor al mediodía. Sus dedos palparon la textura fría de la bandeja metálica, confirmando lo que su estómago ya presentía: aquello era el almuerzo o en su defecto su cena.
Un vacío helado se extendió desde su plexo solar hasta la garganta.
"¿Cuántas horas había perdido? ¿Cuánto había dormido?"
El tiempo, ese concepto abstracto que fuera de estas paredes se medía en relojes y campanas, aquí se había vuelto una sustancia elástica y traicionera. Su mente repasó los ciclos de sueño fragmentados.
"¿uno? ¿dos?", pero solo encontró neblina y ecos de pesadillas que se mezclaban con la vigilia.
De pronto, la celda pareció encogerse. Las paredes de cemento, antes meros límites físicos, ahora se inclinaban hacia él con una presión tangible. El techo bajo goteaba sombras que se arrastraban por el suelo como insectos ciegos. Respiró hondo pero el aire espeso no llenó sus pulmones, sabía a encierro, a miedo antiguo, a sudor frío de demasiadas almas rotas.
Una presencia invisible se posó a su espalda, era intangible. No era un guardia, no era un sonido, era el peso de décadas de desesperación acumulada en el hormigón.
Sintió cómo los pelos de su nuca se erizaban, cómo la piel de sus brazos se ponía de gallina. La oscuridad dejó de ser ausencia de luz para convertirse en algo vivo, palpitante, que observaba desde cada rincón.
Se llevó las manos a la cabeza, los dedos enterrándose en el cabello grasiento.
"¿Estaría perdiendo la cordura como aquellos de los que hablaban las leyendas? ¿O el Hoyo simplemente le estaba mostrando su verdadero rostro, un organismo que se alimentaba de la sanidad mental, dejando solo cáscaras vacías que gemían en la penumbra?"
El eco de sus propios pasos resonaba como si alguien más caminara junto a él.
La confusión inundó su mente como una marea negra. El tiempo se deslizaba entre sus dedos, líquido e inaprensible, dejándolo suspendido en un limbo de incertidumbre absoluta. Sus movimientos se volvieron erráticos, torpes, como si su cuerpo ya no respondiera a las órdenes de una mente fracturada. Al girar bruscamente, su pie chocó contra la bandeja de metal que aún olía a lentejas.
El estruendo fue atronador en el silencio opresivo. Mil estallidos metálicos resonaron contra las paredes de cemento, amplificados por la acústica cruel de aquel espacio claustrofóbico. Luka se llevó las manos a los oídos con un movimiento espasmódico, los dedos presionando con fuerza contra el cráneo como si intentara aplastar los sonidos que amenazaban con reventar sus tímpanos.
En la penumbra vibrante, las sombras comenzaron a agitarse con vida propia.
Pequeñas rendijas de luz filtradas desde el pasillo proyectaban un espectáculo demente de siluetas danzantes. Figuras grotescas se retorcían en las paredes, elongándose y contrayéndose en un ballet macabro que jugaba con los últimos vestigios de su cordura.
Luka entrecerró los ojos, tratando de discernir la realidad de la pesadilla. Las sombras parecían tomar forma de rostros conocidos, Anto con su mirada suplicante, Mati con su sonrisa torcida, el Profe con sus manos extendidas, pero siempre se deformaban en muecas grotescas antes de desvanecerse. Sus dedos, aún presionando sus sienes, sentían el latido acelerado de su sangre como tambores de guerra en la noche.
Un susurro rasgó el aire, tan tenue que podría haber sido imaginación.
"¿Luka?"
La voz sonó como el crujir de hojas secas, proveniente de la esquina más oscura de la celda. Giró la cabeza bruscamente, pero solo vio las sombras bailarinas burlándose de él desde las paredes sudorosas.
El frío del cemento se le trepó por la espalda. Ya no sabía si aquellas visiones eran producto del hambre, del encierro o de algo más profundo que se estaba quebrando dentro de él. Las líneas entre la vigilia y la locura se difuminaban como la humedad en las paredes, dejándolo varado en una realidad que se desmoronaba minuto a minuto.
Una risa aguda y estridente retumbó dentro de su cráneo, un coro de burlas que no provenía del pasillo sino de las propias paredes sudorosas. Eran risas que conocía demasiado bien, la de Mauri con su soberbia aceitosa, la de El Toro cargada de desprecio, incluso la de su propio padre abandonándolo en la memoria, todas mezcladas en una cacofonía que le taladraba los tímpanos.
Luka se frotó los brazos con desesperación, sintiendo cómo algo invisible le recorría la piel con patas de insecto. Pequeños escalofríos le subían por la nuca en oleadas, cada uno más intenso que el anterior. Las sombras en los rincones comenzaron a espesarse, tomando consistencia gelatinosa que se arrastraba hacia él por el suelo de cemento.
La oscuridad ya no era simple ausencia de luz; se había vuelto una sustancia palpable que le oprimía el pecho. Cada inhalación le costaba un esfuerzo titánico, como si el aire mismo se hubiera convertido en alquitrán espeso. El vértigo lo mareaba, haciendo que las paredes giraran lentamente alrededor suyo en un baile asfixiante.
Intentó gritar pero solo le salió un quejido ronco. Las sombras bailarinas se multiplicaban, sus contornos oscilando entre lo familiar y lo monstruoso. Por un instante creyó ver los ojos de Anto suplicando ayuda desde la penumbra, pero al extender la mano solo tocó el frío implacable del cemento.
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Editado: 22.03.2026