Luka había comenzado a encontrar su lugar en Valle Verde nuevamente. Después de un par de semanas colmadas de incertidumbre y sombras, la rutina se había establecido de manera gradual en su vida. Las nuevas clases de carpintería lo mantenían ocupado, enseñándole a convertir tablas de madera en piezas aprovechables. Se encontró sorprendentemente ágil con las herramientas; la vibración de la sierra y el aroma de la madera fresca se sentían reconfortantes, como un regreso a casa. Los días soleados de primavera trajeron consigo una nueva oportunidad de sumergirse en la huerta orgánica. Trabajaba junto a otros internos, sembrando todo tipo de semillas, riendo en medio de apodos y bromas . El color vibrante de las plantas contrastaba con los grises monótonos de la correccional. Las clases de literatura regresaron después de un largo parón. Luka se acomodó en la pequeña sala, rodeado de compañeros que compartían sus sueños y desilusiones a través de cuentos. Clara, la profesora, inspiraba a los jóvenes con historias de esperanza, convirtiendo el aula en un refugio donde podían dejar caer sus murallas. Sin embargo, una parte de Luka quedaba atrapada en el recuerdo del hoyo. Lo inquietante de su experiencia regresaba en ráfagas: los ecos de risas burlonas durante las noches oscuras, el murmullo de sombras sin rostro. En esos momentos, se encontraba luchando por deslizar esas memorias por el enrejado de su consciencia. La risa de Anto y Mati, mientras recordaban momentos tontos, lo sacaba del abismo momentáneamente. Pero las memorias eran persistentes, a veces despertando en medio de la noche, cuando todo era oscuro.
Una tarde, mientras estaba en la sala de la carpintería , un guardia le da aviso que tiene una llamada en el teléfono público de la correccional . Era "el Profe". Luka contestó, su voz se encendió al escuchar el saludo familiar. Le habló de su recuperación, de cómo estaba en reposo tras una fiebre primaveral que lo tuvo a mal traer durante varias semanas. Pero lo que más lo tranquilizó fueron las noticias sobre su madre y Niko.
—Ana está casi lista para salir del centro de rehabilitación. Está mejorando, Luka. Muy pronto la verás. — La voz del Profe traía consigo un aire de alivio.
—¿Y Niko? ¿Cómo va en la escuela? —Luka no pudo evitar preguntar.
— Él está bien. Siempre habla de ti. Se destaca en matemáticas.— La voz del profe sonaba alegre, y el simple hecho de escucharlo gratifico a Luka en maneras que no imaginaba.
Esa misma tarde la biblioteca de la correccional se había vuelto un refugio extraño. Las mesas de madera oscura estaban dispuestas en filas, salpicadas con libros desgastados y volúmenes de relatos olvidados. La luz del sol de primavera se filtraba a través de las ventanas, creando un mosaico de luces y sombras que jugueteaban sobre las páginas amarillentas. El aire olía a papel viejo y tinta, impregnado del eco de susurros pasados. Por un momento, Luka sintió que podría perderse en ese ambiente, disfrutar de la paz que brindaba. Pero en su interior, una inquietud persistía. Las risas de los otros internos resonaban como un murmullo lejano, casi ajeno a su mundo. Mientras se sentaba en una esquina de la biblioteca, un nudo en el estómago le recordaba el pasado y la carga que aún llevaba. Sus pensamientos comenzaban a divagar hacia el oscuro laberinto del hoyo: luces parpadeantes y ecos desconocidos se entrelazaban en su mente. Clara , su profesora de literatura, había notado la distancia en Luka. No era el mismo de antes, lo percibía en sus ojos apagados y en su silencio ensordecedor. Sitios donde antes había brillo, ahora solo había sombras . Esa tarde, justo después de la clase, Clara se acercó a él mientras los otros compañeros abandonaban lentamente la biblioteca.
—¿Luka? — dijo, sentándose junto a él con una sonrisa casi maternal. Su presencia era un faro de calma, imbuido de la luz que entraba a raudales por las ventanas.
Luka giró la vista hacia ella, incapaz de sostener su mirada. Sus palabras se entrelazaban en su mente, flotando, pero no encontraba la forma de articular una oración. Finalmente, Clara rompió el silencio.
— He notado que no estás bien. Si quieres, estoy aquí para escuchar lo que necesites compartir.
Luka se encogió de hombros, asintiendo lentamente. El calor de la vulnerabilidad lo ahogaba, pero la mirada comprensiva de Clara lo alentaba a abrirse, a liberar lo que había estado acumulando.
— No sé... — comenzó, su voz temblando. — No sé si todo fue real... o solo parte de mi locura.
Clara permaneció en silencio, esperando pacientemente mientras él continuaba tejiendo sus recuerdos. A cada fragmento que compartía, las imágenes del hoyo se hacían más vívidas, como si volviera a estar allí.
— Había sombras... a veces escuchaba voces. Gritos y gemidos de alguien resonando en la oscuridad. Y luego, cosas que no podía entender, como si todos las voces del mundo se hubieran reunido allí dentro… en esa oscuridad había algo más conmigo— sus palabras eran desalojadas, vacías, aún tratando de darle sentido a lo que había vivido.
Anto y Mati, que habían permanecido en un rincón observando, se acercaron al oír el murmullo de Luka. Sus rostros mostraban preocupación; Clara podía ver cómo el corazón de sus amigos latía al compás del sufrimiento de Luka. Siguió, con la voz aún quebrada.
— Ya no sé si en el hoyo había otros... o si eran solo productos de mi mente.... En cada rincón oscuro, había algo que se movía...
Anto, al escuchar las palabras de Luka, involuntariamente se apretó las manos. El horror que emanaba de su voz la hizo sentir un escalofrío recorrer su espalda. Observaba atentamente, atenta a cada palabra, como si cada confesión fuera un ladrillo en la pared que, una vez derribada, permitiría que Luka se alzara. Mati se acercó un poco más, su rostro mostraba una seriedad andante. A medida que Luka compartía su experiencia, la tensión se acumulaba en el aire.
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Editado: 27.05.2026